DILETANTESINCAUSA: “¡Oh, Israel!”, por Roberto Madrigal
(Impresiones perceptuales de un viaje que realicé a Israel, gracias a la generosidad de mi hija, en estas navidades de 2011).
Primer indicio de que uno visita un país asediado. En la escala en Munich para alcanzar la terminal de El Al, hay que salirse brevemente del aeropuerto y hasta obtener visa de entrada en Alemania, pues la terminal de la aerolínea israelí está aparentemente separada de las demás y no dejan llegar los vehículos de transporte público del aeropuerto hasta allí. Hay que caminar más de un kilómetro y uno es entonces recibido por un jovial policía que enarbola un Uzi. Tras responder a preguntas de rutina, obtener el boleto de abordaje, pasar el equipaje por los rayos-X, esperar que abran el equipaje y lo revisen, pasar el cacheo individual y chequear nuevamente los documentos, todo en un espacio de menos de 10 metros cuadrados (pero en realidad hecho con más eficiencia y menos tensión que como lo hacen los ineptos TSA que abundan en nuestros aeropuertos), uno tiene que esperar un autobús que tras ser chequeado por un agente de la Mossad para asegurarse que no hay ninguna bomba, le conduce al avión que está en el medio de la pista. Luego, si uno es observador, se da cuenta de que el avión es escoltado por un vehículo blindado con una ametralladora en su compuerta superior, que llega hasta la pista de despegue.
Gatos. Tras aterrizar en el moderno Ben Gurión, tomamos un taxi que en menos de veinte minutos nos deja en la puerta de nuestro hotel, en el centro de Tel Aviv. La primera sorpresa es la gran cantidad de gatos que uno ve deambulando por toda la ciudad. Los gatos circulan por aceras, pasillos, plazas y hasta entran en restoranes y cines sin ser molestados. Nunca antes había visto yo una cantidad tan grande de gatos callejeros.