DOMINIOPÚBLICO: “Cuba: cosas que llegan y que no”, por Leonardo Padura.
Bajo el sol inclemente del agosto cubano, tres jóvenes grafiteros intervienen una pared que da a una céntrica avenida. Los transeúntes los observan curiosos, extrañados, algunos quizás molestos por lo que consideran un embarre de pintura sin sentido. Los jóvenes intercambian con algunos que les preguntan por el significado de esas letras extrañas, que forman una palabra ilegible que ha resultado ser el apellido, escrito al revés, del fundador del movimiento de grafiteros independientes al que pertenecen estos muchachos.
Lo significativo es que el responsable del taller de reparación automotriz al cual pertenece la pared dio su autorización para la intervención de los jóvenes, pues él no tiene recursos para pintarla. Lo más curioso es que, a lo largo de las seis horas de labor que les lleva “la obra”, han pasado varios policías a pie y en autos oficiales, y ninguno de ellos se ha acercado siquiera a preguntarles a los pintores qué hacen, qué dice su pintada.
Mientras los jóvenes grafiteros realizan una faena que en el resto del mundo se hace con nocturnidad y alevosía, en un templo protestante de La Habana un grupo de alrededor de sesenta fieles, seguidores de un expastor excluido de su denominación religiosa, se han encerrado, según se dice en la calle, a esperar el proximísimo fin del mundo anunciado por su líder. La Policía, sí convocada en este caso, rodea el sitio con el argumento expreso de evitar incidentes. Lo que ocurra dentro de las paredes de la iglesia se ha dejado a la decisión del pastor excomulgado y sus fieles.