EDUARDODELLLANO: “Festibar (notas)”
El Festival, lo dicen todos, resultó anémico, abúlico y caótico.
En algún momento debió parecer una buena idea que la gente entrara a la sala oscura en cola apretada, de uno en uno, escurriéndose sobre la pared como un chorrito de líquido hacia una sola puerta, aunque el cine tuviera tres o cuatro. El objetivo supremo, seguramente, era el orden ciudadano. La misma razón debió aconsejar que la gente saliera, terminada una función, por las puertas laterales, para no obstaculizar la entrada de quienes disfrutarán la próxima tanda. Claro que razonamientos como esos, en manos de un colectivo humano tan refractario a la operatividad y el sentido práctico como es la policía, se convierten en metodologías absolutas, no importa si el público son sesenta personas o dos mil que llevan dos horas esperando. De ahí la fascinación por la molotera a que se refiriera Pineda Barnet en la presentación especial de su película Verde, verde el lunes 12.
En comparación con años precedentes, vino poca gente, y pocas figuras de primera fila. Tampoco es que las experiencias y el trato generen entusiasmo y ganas de repetir. Osvaldo Montes, el compositor, multi instrumentista y productor argentino autor de la banda sonora de Vinci (y de un montón de clásicos del cine latinoamericano) vino a ofrecer un concierto ensamblado a partir de trozos de la música de esos mismos clásicos. Terminó haciéndolo… en el Pabellón Cuba, un sitio apropiado para exposiciones, ferias y conciertos de salsa, pero desde luego no para una presentación multimedia que debía competir con los ruidos de la calle y las luces del recinto. Y además, me dijo que nunca pudo quejarse a ninguna autoridad del Festival, porque eran invisibles.
El bar Esperanza, este año en el Carmelo junto al cine Riviera, es, además de ubicuo, inoperante. Ese sitio es un restaurant, tiene ese espíritu, y no el de un bar bohemio para que los artistas se reúnan.