ELPAÍS: “La Habana sin gladiolos”, por Yoani Sánchez.
El domingo amanecía otoñal y lluvioso. Una mujer -debajo de su paraguas- caminaba de un lugar a otro en busca de flores, sin poder encontrar justo las que quería. Entre las rosas, los claveles y las azucenas apenas se veía algún que otro gladiolo, ya marchito y descartado por otros que madrugaron antes o que no pegaron un ojo en toda la noche. Desde la tarde del 14 de octubre decenas de cubanos se lanzaron a comprar tantas de esas espigas de tallo alargado y pétalos delicados que los proveedores privados no daban abasto. Laura Pollán, la mujer que se había establecido en el imaginario popular vestida de blanco y con un gladiolo entre sus manos acababa de morir, era el momento pues de ofrendarle su propio símbolo. A falta de él, los amigos y conocidos le dedicaron entonces lirios, jazmines, mariposas y se fueron con ellos en las manos hasta la humilde casa de la calle de Neptuno, 963. Dentro, el ambiente era una mezcla de polen, sollozos y velas encendidas. Muchas de las otras mujeres que cada domingo la acompañaron en sus peregrinaciones por la Quinta Avenida estaban ahí, mientras afuera la lluvia no paraba de caer sobre La Habana.