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ELPEQUEÑOHERMANO: “Benedicto en su laberinto”, por Ernesto Morales

A la ya hirviente caldera que aguardaba a Benedicto XVI en la Isla tropical que visitará en marzo próximo acaba de sumársele otro ingrediente definitivo: una muerte demasiado posible. Lamentablemente probable.
Si complejo era pisar un suelo mexicano donde, según cifras oficiales, 47 mil 515 personas han perdido la vida desde que en 2006 Felipe Calderón le declarara la guerra al narcotráfico, al menos el Papa tenía una realidad como asueto: se trata de una democracia. Y en las democracias, lo mismo se puede rezar por las víctimas, que llamar a la paz, que criticar al presidente de turno. Sin mayores complicaciones.
Otro gallo canta cuando la visita papal llega a tierras de dictadores. Ahí el mundo afina los oídos, alista los ojos, husmea, cuestiona, y observa el santo proceder con interés de feria. Y Su Santidad sabe que aquello que diga o deje de decir será urgentemente utilizado por los dictadores, o por los detractores de estos.
A la convulsa realidad de un país donde centenares de prisioneros políticos claman justicia desde las cárceles, donde mujeres son apaleadas sin escrúpulos por fuerzas policiales vestidas de uniforme o de civil; donde demasiadas muertes controversiales han acontecido en un par de años (Zapata, Juan Wilfredo, Laura), se le suma ahora lo que podría ser un heraldo negro de su visita, demasiado escandaloso para ser obviado por el Vaticano: el santiaguero Wilmar Villar Mendoza, a punto de morir en este segundo.

Pero por elemental oportunismo práctico, no sé quién desearía más que este joven recuperara a última hora la salud triturada por una huelga de hambre: si los sátrapas de mi país, o Benedicto XVI.

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