ELPEQUEÑOHERMANO: “La memoria entre escombros”, por Ernesto Morales
Pensé decirle, por puro espíritu conversacional, que llevaba muy poco tiempo en este país. Pensé decirle, quizás, que este era mi primer “Yellow Cab”, o que esta vista de rascacielos y mar que en este segundo veía, me seguía resultando deslumbrante. Pensé decirle tantas cosas que no dije, porque entonces él me dirigió su mirada por unos segundos, abandonó irresponsablemente la carretera, y dijo en un español peor que su inglés:
- Yo quiero mucho a los cubanos. Los cubanos salvaron a una parte de mi familia. Salvaron la que pudieron.
Y ya nada volvió a ser lo mismo. Fugaces, intrépidas, se sucedieron las imágenes de la muerte y el horror; recordé aquel Haití triturado por la furia natural, lacerado, carcomido bajo los escombros, infectado de cólera: un Haití pestilente y putrefacto. El infierno donde miles de hombres, de los más pobres del planeta, habían terminado aplastados, o habían muerto de disentería, y a donde un pequeño ejército de médicos cubanos había acudido con su misión protectora.
En Miami hay demasiados cubanos, pero el taxista no se refería a ellos. Por eso, espoleado por aquella revelación, pregunté una vez más:
- ¿Qué hicieron los cubanos por su familia?
- Le cosieron la cabeza a mi hija –respondió ahora sí con una velocidad sobrecogedora: acababa de tocarle una fibra muy sensible-. Perdió un ojo, y el golpe no la dejó volver a hablar, pero se habría muerto desangrada si no la cosían, señor. Le cayó la pared de su escuela encima. Los médicos cubanos también le amputaron la pierna a mi madre. Tenía tres días con una herida abierta que, me contaron después –y se persignó al decirlo- empezaba en el muslo y le llegaba casi a la cadera, y tenía bichos, señor, tenía bichos. Los médicos cubanos intentaron salvarla, le cortaron la pierna. Pero mi madre estaba medio podrida, me dijeron.