ICRARIZA: “Banquete de talento”, por Baltasar Martín.
Únicamente quien ha vivido bajo el imperio de una libreta de “desabastecimiento” en un régimen de propiedad estatal sobre los medios de producción y servicios –léase socialismo al duro y sin guante– puede entender el odio del “jerarca” al apetito del “conglomerado”, así como su consigna de “no se dejen confundir por el sonido de sus tripas”, en esta lúcida y cruda alegoría sobre la lucha “obrera” por el poder que es la obra teatral El banquete infinito, de Alberto Pedro, donde, más que un banquete, estamos en presencia de una verdadera orgía de metáforas brillantes y excelentes actuaciones.
Aunque ya Orwell abordó de manera genial en su Rebelión en la granja –donde los cerdos acaban siendo “más iguales” que el resto de los animales y que las personas destronadas– el tema del comportamiento de los líderes mesiánicos una vez que se apoderan del poder, ya sea por las buenas o por las malas, El banquete infinito sorprende, en primer lugar, por haber sido escrito por el autor en Cuba –donde los árboles pudieran no haberle dejado ver el bosque– , y en segundo, por su clarividencia y vigencia, pues Alberto Pedro ha partido la chirimoya al medio, dándole un matiz universal a una tragedia que pudiera parecer local para los nórdicos, pero no para los auditorios latinoamericanos, hartos de Evitas enjoyadas, piñatas sandinistas, derroches de Chávez y orgías consumistas de la nomenclatura revolucionaria castrista.