INFOLATAM: “Maestros de la espera”, por Alejandro Armengol
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959. El día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. La revolución como un dios arbitrario. Un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y la clase media baja; que les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Que nutrió el sadismo latente en los desposeídos y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, pero que al mismo tiempo intensificó su masoquismo, al establecer como principio la aniquilación del individuo en el Estado, y vio en ello satisfacción y gozo.
Un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios. Una patria que sólo ofrece a sus hijos la satisfacción emocional que se deriva del embrutecimiento, la envidia, el odio y el delito compartido. Una ideología que alimenta el patriotismo como un sentimiento de superioridad, pero que en cambio practica la entrega total del país al mejor postor. Un intento despiadado de manipulación masiva, de no darle tiempo a nadie de percatarse que su vida ha sido empobrecida cultural y económicamente.
Un país cuya mayoría de la población actual ―que aún no había nacido el primero de enero de 1959― siempre vivió bajo el poder de un padre putativo, dominante y despótico, pero también sobreprotector y por momentos generoso: el Estado cubano, que se ejemplificó y concretó en una figura, un hombre, un gobernante. Padre al que se trató no sólo de complacer en ocasiones, sino de obedecer siempre. Al menos de aparentar esa obediencia.