LAPUPILAINSOMNE: “Juan de los Muertos: Los zombies en La Habana no se curan con VampiSol”, por Antonio Enrique González Rojas
Siempre se prende fósforos justo al borde de las suelas del cine cubano, que lo sobresaltan a buena hora, con llamaradas renovadoras (al menos vivificantes), de su común transcurrir por la cuerda tragicómica y minimalista. Pues cuando el intimismo autoral es norma, la grotesca espectacularidad se revalida como signo de ruptura, de arte puntero.
Entre los más recientes sacudones propinados a los meros fundamentos de la fílmica nacional, clasifica la cinta Juan de los Muertos (Alejandro Brugués, 2011), traspolación al contexto cubano de los códigos visuales y resortes dramáticos distintivos del muy prolífico cine de zombies, y de la estética gore o splatter. Es un nuevo y loable intento por indagar los potenciales estético-conceptuales que el cine de género puede ofrecer para la pantalla cubana, como ha sucedido con el western (sólo mencionar Las aventuras de Juanquinquín, de Julio García Espinosa, 1967), el policiaco noir (El extraño caso de Rachel K, de Oscar Valdés, 1983 y Kleines Tropicana, de Daniel Díaz Torres, 1997), las cuales han proporcionado buenas dosis de oxígeno a la cinematografía criolla, y con el terror propiamente dicho, con las previas incursiones lideradas por la inefable franquicia de ¡Vampiros en La Habana! (Juan Padrón, 1986 y 2003), y otras realizadas desde los márgenes indies criollos, por Jorge Molina (Molina´s Culpa, 1993, Molina´s Fantasy, 2009 y Molina´s Ferozz, 2010), y Arturo Infante (CDR 666, 2010), logradas todas con un rigor artístico, muy por encima del facilismo mimético.