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NEOCLUBPRESS: “José Lorenzo Fuentes o la expansión de la conciencia”, por Armando Añel

La contagiosa serenidad, y la elegancia, de José Lorenzo Fuentes, constituyen una escuela, y su literatura no necesita presentación. Autor de varios clásicos de la cuentística cubana, escritor de múltiples intereses, ha publicado, entre otros libros, Después de la gaviota, El hombre verde, Brígida pudo soñar y Meditación. Su última entrega, Las vidas de Arelys, novela que se lee de un tirón, confirma otra vez que estamos en presencia de uno de los escritores más relevantes de Cuba y su exilio.
La siguiente entrevista, que José Lorenzo Fuentes tuvo la gentileza de concedernos, gira precisamente en torno a sus múltiples intereses y la excelencia de su escritura.
Armando Añel. Permítame hacerle directamente la pregunta que una vez formulé en una reseña sobre sus relatos: ¿Cuál es la función de la buena literatura, si la hubiera? ¿Enternecer? ¿Entretener? ¿Enseñar? ¿Una mezcla de todo ello?
José Lorenzo Fuentes. Responder a la pregunta de por qué una obra literaria no envejece, por qué sigue apasionando a los lectores con el paso de los años, es una tarea difícil, a la que William Somerset Maugham no pudo encontrarle una explicación convincente en su libro “Diez novelas y sus autores”, publicado en 1954.
A pedido del editor de la revista Redbook, Somerset Maugham hizo una lista de las que para él eran las diez mejores novelas del mundo. Más tarde un editor norteamericano le sugirió la idea de reeditar esas diez novelas en una forma abreviada, con un prefacio que él debía escribir. Entonces cayó en la cuenta que no era desafortunada la idea de relatar sucintamente la trama de cada una de esas novelas, prescindiendo de aquellos pasajes que el tiempo ha despojado de su valor. Al escribir el prefacio del libro, Somerset Maugham se explayó en describir todas las variantes del arte de novelar, pero insistió en su idea fundamental: la novela no tiene como fin instruir sino agradar, entretener. Por esa razón incluyó en su libro “Orgullo y prejuicio”, la encantadora novela de Jane Austen, porque ningún lector, cautivado por el interés que provocaba su lectura, podía saltarse alguna de sus páginas. En cambio, desestimó a “En busca del tiempo perdido”, la fastuosa novela de Marcel Proust, de gran perfección formal, porque a menudo se tornaba aburrida.

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