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PENÚLTIMOSDÍAS: “Christopher Hitchens in memoriam”, por Juan Carlos Castillón

Sabes que un pensador es inteligente cuando desafía tus ideas y te obliga a pensar. Pero sabes que además es sincero cuando se atreve a hacerlo empleando palabras que cualquiera puede entender. Sabes que un escritor es bueno cuando es claro y sabes que es claro cuando traducirlo primero y leer después lo traducido no es un trabajo sino un placer.
Las grandes ideas no necesitan de grandes palabras. Son las pequeñas ideas, las ideas confusas, los sofismas, los que necesitan de grandes términos para esconder su mezquindad o su falsedad, y en el peor de los casos una combinación de ambas cualidades. Las grandes ideas no temen al humor porque saben que no podrán ser ridiculizadas. No es, pues, una sorpresa saber que Hitchens, que nunca empleó una palabra fuera de lugar y supo buscar en todo momento el matiz correcto de cada expresión, fue sin embargo un enemigo de las grandes palabras, de las construcciones difíciles y los sofismas. No es tampoco una sorpresa el saber que disfrutó de un gran sentido del humor.
La claridad es el prólogo del pensamiento correcto, y el humor un complemento perfecto del pensamiento inteligente, y por pensamiento correcto no me refiero al “pensamiento políticamente correcto” que tantas veces nos meten a la fuerza —ese pensamiento Hitchens lo contradijo en numerosas ocasiones—, sino a aquel pensamiento que descansa en el análisis y no se deja cegar por los convencionalismos ni el odio al contrario. Yo, que tantas veces me dejo arrastrar por el rencor y rara vez soy objetivo a la hora de hablar de mis amigos, he apreciado a lo largo de los años el placer de tener que traducir a alguien con mejores virtudes.

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