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PENÚLTIMOSDÍAS: “El hombre, el lobo y el bosque nuevo”, por Orlando Luis Pardo Lazo

Yo no quería volver a Cuba. No me importaba el destino de esa imitación de país. No quería que nadie me contara cosas ni por correo electrónico. Cero noticias, cero chismecitos de chat. Cero ilusión de un cambio que no ocurre nunca en las calles y mucho menos en los corazones, como pidió el Papa polaco en plena Plaza de la Revolución. Cero blogs de una contrarrevolución aburrida entre embajadas y arrestos. Cero recogedera de firmas para que liberen a los héroes prisioneros del Imperio o le inyecten un suero al huelguista de hambre de turno en Villa Marista. Cero Cuba, espero se entienda esto desde el inicio.
Tampoco me quedaba familia allá. Acaso un par de ex-amores cauterizados en ex-amigos. Desde el siglo y milenio pasado no sabía ni media sílaba de Germán, por ejemplo. Mucho menos de David. Y de Nancy, la intuición me decía que era mejor no averiguar demasiado.
Tampoco me hacía falta conservar a nadie allá. El exilio es ancho y ajeno. La vida está en cualquier otro país. Cuba no puede ser una carencia a la vuelta de veinte años sin Cuba. Veinte años lejos de aquella provinciana ciudad con hache, que quiso tirarse el peo revolucionario más alto que su culito burgués: Habanada nuestra que estás bajo el cielo…

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