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PENÚLTIMOSDÍAS: “Elsa y Genaro”, por José Manuel Prieto

— ¿Ve esa mesa preciosa allá, al fondo de la sala? Por allí aparece el marido cuando Elsa se está besando con Genaro en el recibidor: ¡unas incrustaciones bellísimas! Ella le dice: “¡te amo!” y hay un travelling muy bueno que atraviesa la sala y en el que por poco salgo, pues observaba toda la escena desde aquí donde estoy parada.
Genaro se va. Elsa se le queda mirando a través de las persianas y el esposo se le acerca por detrás. En el bolsillo de su gabán, ¡1925!, apretaba un revólver. Genaro era pianista, animaba películas silentes, y Elsa rica, ¡imagínese! El puñal —¡digo yo!—, el revólver, en la mano de su esposo. Un close-up de la nuca de ella, el ligero vello que se agita por el resoplar del marido hecho una furia. Ella se da vuelta (¿Usted no tiene prisa, verdad? Porque seguro que también la vió) y muy valiente lo reconoce todo. Las aletas de la nariz le temblaban del genio. El marido, un buen hombre, rompe a llorar y se lleva las manos a la cara. En su anular, un magnífico anillo de nuestra colección de arte decorativo, siglo XIX. Uno ve ese anillo y se dice: ¡Tiffanys por lo menos! ¡Qué hombre, qué riqueza, qué casa! Y todo puesto en juego por un pianista loco que distraído va caminando de regreso a casa, pensando en la mujer de su vida.

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