PENÚLTIMOSDÍAS: “En la pupila del Kremlin (Fragmento)”, por Álvaro Alba
Jaime Ramón Mercader del Río Hernández es el único vínculo histórico y material que une a dos personajes históricos: al georgiano Iosef V. Stalin y al cubano Fidel Castro Ruz.
El asesinato de Trotski durante un día caluroso del verano mexicano de 1940, en su plácida residencia en Coyoacán, fue una operación largamente planificada por el NKVD. Era el cumplimiento de uno de los deseos más anhelados de Stalin, la eliminación física de su archirival. Trotski simbolizaba a los ojos de Stalin la negación de su propio poder, la crítica más certera y contundente, proveniente de un bolchevique de la vieja guardia. El fundador del Ejército Rojo se había convertido, incluso en el exilio, en el más acérrimo de sus enemigos, el más fuerte polemista, con una pluma ácida y cortante que ponía en entredicho y hacía dudar ante los ojos de otros revolucionarios, de cualquier plan o discurso de Stalin. Nadie conocía mejor a aquel ex seminarista de Tiflis que el que fuera un estudiante de una escuela luterana en Odessa.
La rivalidad empezaba en el conocimiento de idiomas extranjeros, pues Trotski dominaba a la perfección hebreo, yídish, ruso, ucraniano, alemán, inglés, francés y al final de su vida asimiló en México el español; mientras Stalin, además de su natal georgiano, sólo dominaba el ruso, que toda su vida lo habló con fuerte acento. La pluma de Trotski era tan aguda como su verbo en el debate, mientras que Stalin se caracterizaba por discursos escolásticos donde el principal argumento proviene siempre de la autoridad de quien lo dice. A pesar de esas posibles deficiencias intelectuales de Stalin con relación a Trotski, Stalin se impuso. Batalló con mayor astucia, supo disponer de los mecanismos políticos y estatales para liquidar a su adversario.