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PENÚLTIMOSDÍAS: “Las ciudades perdidas de René Vázquez Díaz”, por Juan Carlos Castillón

“Supongo que la gente estará molesta por mi libro…” me comentó alguna vez René Vázquez Díaz en la Librería Universal poco después de publicar La isla del Cundeamor (Alfaguara). Y yo, que practico la insobornable honestidad del librero, le tranquilicé: “No te preocupes, no hay nadie molesto. Nadie lo ha leído”. Al margen de mi evidente mala leche, le estaba diciendo la verdad. A pesar de su prestigiosa editorial, y de una crítica favorable en El Nuevo Herald, no vendí más de media docena de ejemplares del libro —biblioteca pública incluida. No me extrañó a mí, no le extrañó al dueño de la librería y no debió haber extrañado al autor. Era un libro artificial sobre una ciudad que el autor no conocía bien, escrito desde lo que me pareció el desprecio, y para escribir desde el odio y el desprecio hay que tener, por lo menos, el talento de Céline. Y RVD no es Céline.
Aquel libro fue un poco posterior a un evento internacional convocado en Estocolmo, que juntó a autores cubanos de la Isla y del Exilio, en cuya organización intervino el autor de manera muy destacada —y polémica. En aquel momento necesitaba ser, parecer, tal vez incluso creerse él mismo —porque si tus mentiras no te engañan a ti ¿a quién van a engañar?—, alguien equidistante entre un gobierno de extrema izquierda, bajo el que a fin de cuentas había decidido no vivir, y un exilio que aborrecía. Lo extraño es que siendo RVD un hombre de izquierdas, bastante más a la izquierda a juzgar por este nuevo libro que la mayor parte de los socialdemócratas españoles, su obsesión parece ser encontrar, inventar en realidad, ese inexistente centro por el cual vagar como el “lobo solitario de la literatura cubana”, etiqueta que le endosó un oscuro crítico y que el autor, complacido, no se cansa de repetir.
Ciudades junto al mar, su último libro, son unas memorias truncas, que hilan las circunstancias de un periplo vital en cuatro escenarios: Cuba, Polonia, Suecia y EE UU. Empiezan cuando el autor está a punto de desertar del paraíso, retrocede a una infancia llena de nostalgias —como suelen serlo todas en todas partes del mundo— y concluye, de forma demasiado abrupta e inexplicable, en la década del setenta, con la promesa del autor de que siempre será un enemigo jurado del Miami cubano.

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