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PENÚLTIMOSDÍAS: “Vlácav Havel sin falsas envolturas”, por Yoani Sánchez

Venía forrado cuidadosamente con una página del periódico Granma, pero no guardaba ninguna relación con el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba. Aquel aburrido envoltorio era sólo el camuflaje, la máscara bajo la cual se escondía un ejemplar de El poder de los sin poder de Václav Havel. El amigo que lo trajo por primera vez a nuestra casa llevaba décadas defenestrado, purgando su castigo en algún olvidado departamento de una biblioteca pública. Al igual que el dramaturgo y político checo, nuestro suministrador de “bibliografía prohibida” había mostrado su molestia por la entrada de los tanques soviéticos a Checoslovaquia en 1968. A Havel tal postura le costó la prohibición de su obra, el hostigamiento y hasta la cárcel, mientras nuestro conocido tuvo más suerte y sólo perdió un ascenso, el posible auto Lada que le tocaba y una esposa que no soportó vivir con alguien sin privilegios. De ese calvario compartido brotaba quizás la simpatía que profesaba aquel habanero cincuentón por quien llegaría a ser el primer presidente de la República Checa. Hablaba de él como si hubieran compartido espacios en la revista Tvar o en la Carta 77, con la camaradería de quien estuvo celda con celda, escudilla con escudilla. Los sancionados políticos tienen esa predisposición inmediata a la solidaridad entre iguales, se reconocen en la distancia y se admiran. Así que más de una vez, en tertulias y conversaciones informales, el relegado bibliotecario nos declamaba fragmentos de Las ideas democráticas: armas de la libertad. Era su obsesión y pasó a ser también la nuestra.

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