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VERCUBA: “Ni dar ni oír consejos (I)”, por Zurelys López Amaya (Entrevista a Fernando Pérez)

La obra de Fernando Pérez destaca dentro de la cinematografía cubana por su singularidad. Es casi un lugar común decirlo, pero filmes como Clandestinos (1987), Hello Hemingway (1990), Madagascar (1994), o el más reciente, José Martí, el ojo del canario (2010), dan fe de un modo de ver y decir propio, reconocible en obras tan diversas como La vida es silbar (1998), donde el discurso se torna metafórico, poético en su afán de representar la compleja realidad cubana actual, o Suite Habana (2003), donde ese mismo afán se expresa a través de un estilo más próximo al documental. Una constante búsqueda, una mirada ingenua y profunda, ese empeño por descubrir los resortes ocultos del comportamiento humano en circunstancias más o menos adversas, más o menos cotidianas, pero sin renunciar a ciertos valores esenciales, a cierta “calidad del espíritu” sin la cual -parecen decirnos sus obras- nada tendría ya sentido; eso es, creo, lo que distingue al cine de Fernando Pérez.
¿Dónde comenzó el deseo de ver realizados sus sueños de hacer cine?
Recuerdo la primera vez que fui al cine. No estoy seguro de la edad, pero tendría seis, siete, quizás ocho años. Mi papá, que era cartero, era muy imaginativo, muy fantasioso. Recuerdo que estuvo como una semana en la casa donde vivíamos en Guanabacoa, poniendo papelitos por las paredes que decían “El indio Jerónimo”, cosas así, cautivantes y misteriosas. Mi hermana y yo preguntábamos, ¿y eso qué es? Y él nos decía: “Ya verán, ya verán”. Fue entonces cuando nos llevó al cine Ensueño. Allí vi la primera película que se llamó, justamente, El indio Jerónimo, un oeste norteamericano, con los indios, los vaqueros, la mujer rubia a quien amenazaban con cortarle el cuero cabelludo. Recuerdo la película en blanco y negro, y vienen a mi mente las imágenes y la emoción que aquello a mí me causó, porque hasta ese momento veía y leía mucho los muñequitos impresos, los cómics, como le llamaban, historietas como el Súper Ratón, El Llanero Solitario, mi héroe en aquella época, todo eso era en colores, pequeños libros, pero para mí eran como películas dibujadas, cuando leía y veía esas historietas las veía con el movimiento, y descubrir el cine fue para mi inolvidable. Para mi hermana no lo fue tanto, recuerdo que esa noche no durmió, y tengo la imagen de mi mamá dándole tilo porque se puso nerviosa con los indios y los cadáveres que quedaban después de cada encuentro. A partir de ahí mi papá me llevaba mucho al cine, como dos o tres veces por semana. Recuerdo que en las tardes, después de que yo hacía las tareas, él iba al cine conmigo, al cine Ensueño y al cine Carral, veíamos muchas películas, a él le encantaba el cine. Ésa fue para mí la pasión por el cine como entretenimiento, pero yo no tenía idea ni conciencia de que detrás de todo aquello había directores, para mí solo eran los actores y la acción los que me incitaban a ver películas. Hasta que un día, con doce años, por el año 1958, vimos en el cine Ensueño, El Puente sobre el río Kwai, de David Lean, una película que había ganado el Oscar, una película extraordinaria y muy seria. Recuerdo que cuando salimos del cine sentimos que a los dos nos conmovió, nos gustó muchísimo. Fue la primera vez que tuve conciencia de que detrás de ella había un director, porque mi papá me dijo al salir del cine: “Esta película está muy bien dirigida”. Le pregunté por qué. Él no me supo decir bien, pero yo tomé conciencia de que era alguien detrás de la cámara quien hacía la película. Empecé a preocuparme por cómo se podía construir una película. Ya yo empezaba también a dibujar historietas como la de los comics, como si fueran películas, con títulos de películas, con nombres de actores ficticios en inglés como si fuera una película, y eso fue creciendo en mí hasta que después, ya con catorce o quince años, empecé a leer críticas de cine, ya lo veía con otro interés. Cuando en 1959 se funda el ICAIC ya ese sueño, esa ilusión de estar cerca del cine se hizo una realidad. Ése fue el germen, el punto de partida, de inspiración para seguir por ese camino. De hecho ya dibujaba películas.

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