Una pinacoteca al alcance de todos
El Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad acoge una exposición de Eduardo Muñoz Bachs, considerado el cartelista por excelencia del cine cubano.
Creador de un universo muy particular
Sara Vega Miche ha comentado que en sus carteles Muñoz Bachs creó un universo muy particular, poblado de simpáticos personajes y de una profusa vegetación. En sus carteles "aparecen sombreros de los que nacen flores, leones buenos y amables calzados con viejas botas, payasos vestidos de miles de formas, elefantes con trompas multicolores y una y otra vez lunas de todo tipo y ciudades formadas por edificios con innumerables ventanas". Asimismo en esa iconografía ocupa un espacio destacado su recreación de Charlot, el inolvidable personaje al que Charles Chaplin dio vida en la pantalla. Muñoz Bachs comenzó esa serie con La quimera del oro (1960), a la que luego agregó Los inicios de Charlot y El circo.
Muñoz Bachs además cubanizó a Charlot, al convertirlo en símbolo de la cinematografía cubana a través de afiches como el del documental Por primera vez, uno de sus trabajos más celebrados. En su último trabajo como diseñador, Havana FilmFestival (2001), volvió a utilizar el personaje. Éste ha adoptado la postura de la Estatua de la Libertad. En la boca luce un cubanísimo habano y de la antorcha, en lugar de llamas, salen cintas de celuloide de diversos colores. Al referirse a esa imagen recurrente en su obra, Muñoz Bachs expresó: "Chaplin es un símbolo claro y comprensible del cine: integra el humor, lo patético, lo social, lo poético, lo tierno, lo ingenuo. Es un compendio plásticamente muy usable".
Se pudiera pensar que esa lectura plástica de los filmes, que rebosa fantasía, encanto y poesía, es más adecuada para ilustrar libros y revistas que para diseñar carteles. Pero para desmentirlo, ahí están esas 2.200 piezas, por no hablar de los numerosos premios nacionales e internacionales con los que fue galardonado (en dos ocasiones diseñó el afiche de la Quincena de Realizadores, una de las secciones paralelas del Festival Internacional de Cine de Cannes). Se hallan, en primer lugar, los afiches que mejor acogen la estética de Muñoz Bachs, por pertenecer a géneros como la comedia, el cine para niños o el de aventuras. Los ejemplos son muchos, pero para mencionar algunos de los más logrados, cabe recordar los de Los ratones y el patibulero, Vampiros en La Habana, Humo de Londres, Hola hermanito, Maravilla con trenzas largas, Seisosos y el payaso, La vil seducción, Aventuras de Juan Quinquín, La balada del desierto, Los pájaros tirándole a la escopeta, La supercamiseta de Sammy, Contrólese, doctor, No hay sábado sin sol, Un rapto a la caucasiana, El gran robo deltren de San Trinián, Fantomas contra Scotland Yard, Hibernatus y Los tres mosqueteros (éste era uno de los preferidos de su creador, junto con los de Cría cuervos y Por primera vez).
A pesar de que él mismo declaró que fue un poco más complejo, aunque no particularmente difícil, Muñoz Bachs diseñó con similar profesionalismo afiches para películas históricas, románticas y de temáticas sociales. Aparte del ya mencionado largometraje de Carlos Saura, a él se deben los carteles de La difunta, Nikolai Bauman, Cuba baila, Tarahumara, El cura y la muchacha, Manuela, El escudo y la espada, Viento negro, Un comisario solo, Ella y él, El fin del barón Ungern, No hay regreso para Johny, Los hermanastros, Vertical, Niños deudores, Monólogo, Amada, Otra vez salto sobre los charcos, Nido de hidalgos. En esos casos, su trazo se despoja de parte de su ingenuidad, se hace un poco más sintético y sobrio, o bien incorpora elementos simbólicos que obligan al receptor a colaborar en la lectura. Incluso y a pesar de que lo suyo era el cromatismo expresivo, probó que también podía trabajar con dos o tres colores, como hizo en Bala sin nombre, La vida provisoria, La vieja dama indigna y Trópico.
Mas aunque la exposición que se puede ver en el MUVIM sólo cubre esa actividad, Muñoz Bachs desarrolló además una importante labor como ilustrador de libros para niños. En una entrevista que le realizó su hijo Fabián, contestó así a la pregunta de qué le reportó ese oficio: "Una posibilidad de extender toda mi fuerza imaginativa, todas mis habilidades plásticas. Mi creación como afichista parte de una esencia de ideas que requiere de una imagen sintética a la cual se arriba mediante depuraciones. Por esto, ilustrar un cuaderno para niños representa una liberación artística que me exige un desbordamiento de ideas; me invita a equipararme con la fantasía del muchacho".
Sobre esto volvió en otra entrevista, la que le hizo Sergio Andricaín y que se publicó en la revista En julio como en enero. Allí expresa que valora esa actividad como una forma de expresión artística personal, a tal punto que es el trabajo que más disfruta. Respecto a su concepción de las ilustraciones, apunta: "La ilustración es primordial en el libro infantil. Debe tener, al menos, la misma importancia que el texto, aunque hay libros en los que la imagen gráfica es lo fundamental, sobre todo los dirigidos a los niños más pequeños. La ilustración es el primer elemento de agarre que ofrece un libro al muchacho: constituye una invitación a la lectura".
Dijo en algunas ocasiones que nunca quedó plenamente satisfecho con las ediciones. En esa misma entrevista, al preguntarle de Andricaín sobre las dificultades que confrontaba como ilustrador respondió: "Te piden que ilustres un libro con la mayor brevedad posible y después demoras años en verlo impreso. Como si eso fuera poco, quedan muy mal, porque se usan materiales que no reúnen la calidad necesaria. A veces te proponen libros sin tomar en consideración si van con tu estilo o no. El trabajo de ilustrador no se respeta lo suficiente; muchas veces los diseñadores utilizan los dibujos como se les ocurre. Pero, además, los originales casi siempre se pierden, y si acaso logras recuperarlos, están en muy mal estado".
Esas dificultades, sin embargo, no le impidieron ilustrar una veintena de títulos que figuran entre los más hermosos publicados en la Isla. Los autores reconocieron y agradecieron lo mucho que sus textos ganaban con el aporte gráfico de Muñoz Bachs. Para comprenderlo, basta hojear Monigote en la arena, Caminito del monte, El monte en el sombrero, Cuentos de animales, Los Payasos, El circo en la ciudad, Juan Ligero. De dos de los libros ilustrados por Muñoz Bachs es autor Antonio Orlando Rodríguez, quien gentilmente redactó este breve texto: "Tuve la inmensa suerte de que Abuelita Milagro, mi primer libro para niños, lo ilustrara Muñoz Bachs, y de que, unos años después, ilustrara también Cuentos de cuando La Habana era chiquita. Muñoz Bachs tenía el don de recrear lo esencial de cada obra y de aportarle una imaginería y un sentido del humor únicos".
Probablemente, cuando escogió el que iba a ser su oficio Eduardo Muñoz Bachs no se detuvo a pensar en lo efímera que es la memoria de los artistas que plasman su trabajo sobre el papel. Lo más seguro es que ni entonces ni después le diera ninguna importancia a la celebridad y a la perdurabilidad de su trabajo. De hecho, no fue obstáculo para que diseñara carteles de cine e ilustrara libros para niños con la misma dedicación con que un pintor hubiese creado sus cuadros (a propósito, Muñoz Bachs también pintaba, aunque es una faceta suya que nunca se ha divulgado). Y es que, como apuntó el narrador y crítico Rogelio Riverón, también hay una callada manera de ser grande.
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