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Funcionarios, Represión

¿Atracción fatal?

Los aparatchiks cubanos buscan refugio en el extranjero, a buen recaudo de cualquier defenestración que ronde por la Isla y al amparo académico en México o República Dominicana

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Entre Cuba y República Dominicana han existido relaciones históricas y culturales muy fuertes. Una parte del procerato cubano procede de alguna manera de RD, y los dominicanos siempre recuerdan que fueron cubanos quienes reiniciaron la producción azucarera en el siglo XIX. Los orientales cubanos tienen con los dominicanos afinidades culturales y lingüísticas sorprendentes, y de hecho cuando Francisco Henríquez y Carvajal (el hermano de Federico y padre de Camila, Pedro y Max) fue nombrado presidente en 1916, estaba dando clases en una escuela santiaguera. Tuvo que embarcarse a todo vapor para llegar a su país antes que los marines gringos, quienes finalmente ocuparon la media isla pocos meses después y por ocho años.

Pocos recuerdan que el mayor partido nacional, el Partido Revolucionario Dominicano, fue fundado en La Habana y debe su nombre a su afinidad con el Partido Revolucionario Cubano (auténtico). Lo fundó Juan Bosch, quien vivió varios años en nuestro país, se casó con una cubana y nos dejó un libro excelente titulado La isla fascinante, cuya lectura hace algunos años me ayudó a comprender mejor qué yo era.

Por todo ello, es entendible que cubanos y dominicanos sigan siendo ingredientes de una misma olla, y lo proclamen con orgullo. Y que los intercambios intelectuales sigan produciéndose en beneficio de ambas sociedades. Intercambios que ciertamente han sido muy intensos en los últimos años, bajo el gobierno del presidente Leonel Fernández. Eso es meritorio para el Gobierno de Fernández, así como el hecho de que fue bajo su primer mandato que se produjo el restablecimiento de relaciones diplomáticas con la mayor de las Antillas. Pero se me ocurre que hay una arista escondida que pudiera decirnos mucho de los motivos de estos intercambios y de la pasión de algunos cubanos por estudiar la historia reciente dominicana.

A manera de hipótesis, se me ocurre que aquí pudiera estar sucediendo de ambas partes una suerte de retorno de “lo reprimido” en forma de derivados freudianos del inconsciente. Algo complejo, subterráneo, que obviamente no omite otros intereses menos inconscientes dados en ese amplio abanico que va desde la sobrevivencia hasta la autorealización intelectual.

Del lado dominicano los derivados del inconsciente se asocian con los remanentes izquierdistas que quedan en el PLD, muchos de cuyos dirigentes de alguna manera han vivido un capítulo cubano. Para ellos —en la actualidad protagonistas de un gobierno elitista, conservador y derechista— el jugueteo con los cubanos, directamente o a través de la neoliberal/paretiana Fundación Global (FUNGLODE) del presidente Fernández, es un asunto de compensación sicológica. Los cubanos son así una suerte de ducha izquierdista en medio de la orgía conservadora que han protagonizado, prohibiendo constitucionalmente el aborto, privatizando las playas, recortando el gasto social, concentrando el gasto público en obras monumentales urbanas y practicando políticas anti-inmigrantes francamente bochornosas. Son una oportunidad para hablar del pasado ido sin bajar totalmente la cabeza. Y para ello han fomentado la creación en la Universidad de La Habana de una Cátedra Juan Bosch presidida por un diligente funcionario que durante muchos años fue una suerte de secretario personal del entonces ministro sempiterno Vecino Alegret.

Dentro de este torrente de visitantes cubanos hay algunos que me llaman la atención.

Uno de ellos es el conocido historiador Salvador Morales, quien posee una meritoria obra investigativa relacionada con el siglo XIX cubano y una más discutible obra periodística, fervorosamente partidaria de todo cuanto hace el gobierno cubano, no importa el tema. Y que nunca afecta a Morales, quien disfruta desde hace muchos años una próspera vida de profesor universitario en el lejano Michoacán.

Hace dos años, Morales publicó un libro sobre la dictadura de Trujillo (1930-1961) y en particular sobre un personaje real, José Almoina. El libro se titula Almoina: un gallego contra la dictadura Trujillista. Se trata de un gallego exiliado, líder de segundo rango del Partido Socialista Obrero Español, quien en República Dominicana se puso al servicio de Trujillo, fue su secretario particular y preceptor del intratable primogénito Ramfis Trujillo. Más allá de lo formal se involucró en todas las querellas malsanas de la Era, y fue parte del clan de poder que lideraba la esposa del dictador. Fue tan sucio, que finalmente el PSOE lo expulsó de sus filas.

En 1947 abandonó RD y se radicó en México —como Morales— donde escribió simultáneamente libros anónimos contra Trujillo, y firmados elogiando al Benefactor. En 1960, sospechando infidelidad, Trujillo le envió par de sicarios que lo asesinaron. Curiosamente los asesinos eran cubanos, pero residentes en Miami.

El libro de Morales es una pieza bien escrita, abundantemente documentada, pero terriblemente parcial. Omitiendo cualquier condena al historial nefasto de Almoina y a su oportunismo, Morales se empeña en presentarlo como un digno conspirador aplastado por las circunstancias y a su muerte como un martirologio. Toda su complicidad es silenciada o justificada cuando es imposible de silenciar. Emilio Cordero Michel, un prominente historiador dominicano y además un hombre de una sola pieza intelectual y moral, tuvo a su cargo la presentación y no dudó en criticar duramente al libro y a un autor que “no debió exaltar a la proceridad al que fue un hombre cobarde y servil”, y a continuación relató algunas de estas iniquidades de Almoina durante su triste paso por la historia dominicana. ¿Por qué esta omisión en un historiador del calibre de Morales?, ¿acaso un derivado tramposo del inconsciente?.

Pero Morales no es el único caso distinguible en esta peculiar parcela. Según las crónicas periodísticas en 2010 vino a RD Eliades Acosta, un aparatchik que gozó de altas posiciones en la política cubana, llegando a ser secretario del Partido Comunista para asuntos culturales, hasta su amortiguada defenestración en 2008. Con frecuencia se le vio enrolado en los escándalos que las delegaciones cubanas organizan en las ferias del libro, en México y en Santo Domingo. Pero nunca fue un “duro de la ideología”, y posiblemente por eso y porque era demasiado intelectual para ser aceptado como miembro de una nomenklatura que no permite esas debilidades, fue remitido a un centro de investigaciones directamente sometido al Departamento Ideológico del Partido. Una condición a la que es imposible escapar sin arañazos.

Pero ahora, en este viaje, todo fue diferente. Según dicen, vino invitado para dar un curso sobre el original tema del imperialismo en el siglo XXI. Pero fue tanta la emoción cuando constató la riqueza del “yacimiento informativo” sobre la Era de Trujillo que había en RD, que corrió a la oficina del director del Archivo Nacional —el mismo que cobijó a Morales— para pedirle vivir y trabajar por un tiempo en RD. Y así ha sido hasta hoy.

Los periodistas dominicanos, que extraen su información de la patéticamente omisa ECURED, no dudan en calificarlo como “…uno de los más acreditados y renombrados historiadores cubanos”, y lo acompañan en sus conferencias, siempre amparadas por el poder, en el Archivo Nacional o en la faraónica FUNGLODE. Finalmente un periódico gratis publica cada sábado un fragmento de algo así como una novela sobre la Era que está escribiendo en sus momentos de insomnio. Otro partisano del Estado autoritario cubano fascinado por el totalitarismo del Generalísimo.

En una entrevista, Eliades Acosta afirmaba que posee una tesis de grado doctoral inédita debido al peso crítico de sus afirmaciones. No sé qué dice exactamente la tesis, pero imagino al joven Acosta tratando de convencer a sus tutores rusos de la necesidad del cambio, y a los tutores frunciendo el ceño, como esperando el momento de despedirse de un estudiante molesto y de una tesis herética. Pero eso fue antes. Ahora Acosta ataca, con ideas y con turbas organizadas, a los que piensan diferente a él, y así debió hacerlo cuando ostentó altos cargos en la estructura política y administrativa cubana. Por muy soft que se sea, es imposible hacerlo de otra manera en Cuba.

Quizás pudiera aplicársele algo que escribió en uno de sus relatos sabatinos: “nada cambia más el carácter humano que la contemplación impotente de la injusticia”. Y quizás una manera de mirarse al ombligo sin remordimientos sea esto de narrar epopeyas ajenas, justificar la traición y creer que finalmente, antes y no muy lejos, hubo algo peor a eso que estamos viviendo, aunque sea en la lejanía.


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