Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Diálogo

Diálogos perversos (I)

Esta es la primera de un artículo en tres partes

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Si la inteligencia emocional permite captar los sentimientos en el mismo momento en el que están ocurriendo, debería existir algo así como una inteligencia psicológica que nos provea de los instrumentos idóneos para detener la estupidez en el instante exacto en el que está a punto de seducirnos. Convendría también que concurriera un tipo de inteligencia púdica que, combinada con las inteligencias anteriores, nos paralizara justo a la entrada de la cadena sublime de actos cuya ingenuidad los sitúa en el límite externo y peligroso de la frontera moral.

Veinte años después de haberla escuchado por primera vez, debo admitir que la propuesta de diálogo con el castrismo, un tipo específico de estupidez en la que fui atrapado, pone en peligro la coexistencia necesaria de esos tres tipos posibles de inteligencia; imprescindibles para la vida, sobre todo política. Mi único consuelo sería que gente inteligente, con experiencia y alto vuelo político fue también abducida, cada una en su momento, por la tentación griega de la comunicación racional entre diferentes. Desde el ex presidente español Felipe González hasta el supernegociador estadounidense Bill Richardson, pasando por la lumbrera de Henry Kissinger, el duro ex secretario de Estado Alexander Haig, el audaz ex presidente mexicano Vicente Fox y uno de los hombres más nobles que ha parido el sur de Estados Unidos: el ex presidente Jimmy Carter.

Sin embargo, amén de constituir una derrota psicológica, el consuelo sirve de poco para comprender los propios errores de percepción. Hay que saber captar por qué el fracaso de una operación pública está inscrito en su preámbulo, y por qué perseveramos, no obstante la experiencia acumulada, en construirle castillos al error.

¿Por qué?, me pregunto. La filosofía académica y el sentido común —que es la filosofía aprendida por tanteo— coinciden en un punto crucial: no hay diálogo viable donde no se comparten las premisas de partida. Como en toda comunicación compleja, las premisas de partida suelen ser, para aquel propósito, relativamente sencillas: actuación racional que nos coloque en una dimensión impersonal, y estructura ética que delimite el comportamiento posible.

En ausencia de actores racionales cabe arriesgarse a un diálogo siempre y cuando exista una estructura ética compartida. O a la inversa. Se puede crear una comunicación ética si se actúa racionalmente. Lo que no se debería hacer es iniciar una aventura incierta de comunicación en ausencia de ambas premisas, tal y como ha sucedido —y sucederá hasta el final de los tiempos— con todo intento de aproximación razonada y decente al castrismo.

El punto de partida ético es, de entre ambas premisas, el fundamental. La ética es la relación más completa de medio a fin, no al revés: nunca hay ética cuando se parte del fin para llegar a los medios. Y el diálogo es la mejor expresión de esa ética porque es la única base de igualdad civilizada entre diferentes: igualdad, no en poder sino de condición.

Pero en términos éticos, el castrismo constituye un salto revolucionario al medioevo. Algo así como un aggiornamento regresivo donde el hombre se divide por estamentos y no puede alcanzar la igualdad si no ha nacido o es situado, por un golpe de azar, en los estamentos superiores. Para apreciar esa división estamental solo hay que entender las lógicas detrás de la cartilla de racionamiento (libreta de abastecimiento según el eufemismo), que distribuye hacia abajo bienes escasamente producidos, y de la obligatoriedad, para gente adulta, de pedirle permiso al Estado con el fin de viajar fuera del país. Estas lógicas son las propias de la desigualdad estamental entre hombres considerados desiguales para definir su propio lugar en una relación humana. Y una relación estamental así construida supone que los de abajo deben agradecer a los de arriba su propia existencia, y comportarse correctamente para satisfacer un derecho fundamental de la condición pos infantil: la libertad de movimiento.

El intento de reconstruir la igualdad ética de los diferentes en un escenario de desigualdad estamental desemboca de tal manera en la destrucción de todo el lenguaje de comunicación civilizado, trabajosamente erigido sobre siglos de encuentro y desencuentro culturales. Entonces la rebelión ética de los desiguales por la igualdad de condición nos convierte automáticamente en enemigos execrables, ratas indignas, gusanos malagradecidos, seres humanos deplorables y excrecencias humanas. El típico lenguaje con el que los estamentos superiores del medioevo se referían a los que vivían con ciertas inquietudes fuera del muro de los castillos. En este sentido, si se quiere saber algo sobre el particular oficio de sustituir la discusión intelectual de los argumentos por la denigración verbal del adversario es recomendable leer al semiótico medievalista Humberto Eco.

En el fondo de todo esto reside un dato histórico importante. El castrismo, apropiándose de la metódica revolucionaria, considera a los hombres iguales en relación con los ideales pero irremediablemente desiguales frente a sus palacios. Nada distinto a la Iglesia Católica, que nos postula a todos iguales ante Dios y muy diferentes en las afueras del templo. Un punto de coincidencia que explica, epistemológicamente, por qué es posible un diálogo entre Iglesia-Estado en Cuba, y no un diálogo Iglesia-sociedad y Estado-sociedad.

¿Puede construirse un diálogo social o político desde aquella doble perversión ética? Sí, al interior de la utopía. No, dentro de la realidad política. Por eso no es extraño que todo intento de avanzar en un diálogo con el castrismo no tenga alcance estratégico para ninguno de los actores, y sí implique un desgaste emocional, psicológico, y en no pocas ocasiones moral, para aquellos que se involucran racionalmente.

En estas condiciones solo parecen posibles dos tipos de diálogos: un diálogo de besugos en el que las partes se comportan, conózcanlo o no, como simples necios; o el típico Diálogo del Salvador: ese evangelio dirigido al bautismo que postula la superioridad del señor Jesús como maestro de sabiduría dentro de una comunidad de creyentes. Como es de suponer no hay dentro de ella relación de igualdad, y no se puede derivar de esta comunidad una acepción moderna de diálogo social en la que el poder abandone su idea de imperium frente a los ciudadanos.

Es esa idea de imperium la que obstruye estructural, política, cultural y moralmente el diálogo con el castrismo. Razón por la que se pervierte todo diálogo o conversación concretos con el Gobierno cubano o sus representantes. Toda perversión nace del divorcio entre los medios, las intenciones declaradas y la mentalidad. Imaginemos que un fanático nos diga que está dispuesto al diálogo. Probablemente nos reiríamos hasta la micción frente al singular despropósito, manteniendo sabiamente las distancias.

Bueno, el castrismo es un fanatismo encubierto que solo intenta ganar tiempo, obtener ventajas y descolocar a sus adversarios cuando se ve obligado por las circunstancias a sentarse a la mesa del diálogo. Y aunque la sabiduría aconseja tomarse muy en serio todo delirio disimulado, pienso que, por su lado, las autoridades deben disfrutar mucho estas pantomimas dialógicas, riéndose de la seria ingenuidad de sus interlocutores. El asunto es que el castrismo parte de una supuesta ética de los fines que nos dice que todos los medios son legítimos, incluso el diálogo, para el supremo de sus fines: el poder. Por eso no se debe dialogar con ellos, colocando un Amazonas de distancia.


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