Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Crisis económica internacional

El ADN de la crisis (I): La codicia

La crisis de 2008, que aún perdura, es, en buena medida, la crisis de la codicia, como coinciden en afirmar dos personas de ideologías tan opuestas como Oliver Stone y Mario Vargas Llosa

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“Lo que importa es el dinero, el resto es conversación”.
“Si quieres un amigo, te compras un perro”.
Gordon Gekko en Wall Street, de Oliver Stone, 1987

Según un estudio del ADN mitocondrial de varias poblaciones indígenas africanas publicado por Doron Behar y otros en la revista American Journal of Human Genetics, hace 150.000 años, al parecer por causas climáticas, la especie humana se redujo a unos 2.000 individuos, es decir, corrió inminente peligro de extinción, según Spencer Well, jefe del The Genographic Project. Los supervivientes se separaron en pequeñas partidas que emigraron al sur y al norte, y vivieron aislados durante los siguientes 100.000 años.

¿Qué salvó a nuestra especie de la extinción? A pesar de que aquellos ancestros medían apenas un metro veinte y eran cazadores-recolectores de segunda sin garras ni colmillos, en un mundo poblado por tigres dientes de sable cuyo tamaño duplicaba el de los actuales leones, poseían una cualidad que los distinguía: la ambición. Sin ella no se habrían inventado la rueda o la flecha, nadie habría escrito el Quijote, escalado el Everest o pisado la Luna. Esa cualidad pudo salvarnos, pero en conjunción con otra que no es exclusiva de nuestra especie y a la que me referiré más tarde.

La ambición (del latín ambitĭo, -ōnis) se define como “un deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. Y también de lograr metas más altas, sean económicas, artísticas, deportivas o científicas. Si la codicia y su hermana la avaricia son siempre perversas, la ambición suele estar acompañada por el deseo de ser mejor.

Entre la ambición y la avaricia (del latín. avaritĭa), ese “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas” hay una gradación cromática, una suerte de sfumato de límites difusos. La ambición legítima del alpinista por alcanzar la cima se torna avaricia de gloria cuando por conseguirlo abandona a su compañero en peligro. La ambición del empresario que intenta colocar en el mercado un producto único y perfecto se degrada cuando apela a cualquier medio para hundir a sus competidores y seducir a los clientes.

La ambición pudo contribuir a la salvación de nuestra especie. La avaricia, no.

La codicia

En el teatro clásico, desde Aristófanes y Tito Marcio Plauto hasta Goldoni, Moliere, Giovan Battista Faginoli y Valle Inclán, la avaricia es recurrente, aunque su hermana la codicia esté más presente en la vida cotidiana.

Pecado mortal en todas las religiones, la codicia es para los budistas una conexión errada entre lo material y el sentido de la felicidad. El hinduismo promete un nirvana donde la codicia desaparece. Y la Biblia invita repetidas veces a la compasión hacia los más débiles. A pesar de ello, Saraswathi, el más poderoso de los cinco Shankaracharya hindúes, está acusado de desviar 5.000 millones de dólares, y Bernard Madoff, judío practicante, estafó 50.000 millones. Andrew Carnegie, cristiano, hablaba de la competencia como una ley biológica que mejoraba al género humano. Y John D. Rockefeller sostenía que el crecimiento de un gran negocio es el resultado de una ley natural y de una ley divina, santificadas por la plusvalía. Al parecer, todos han conciliado perfectamente devoción y codicia.

Herbert Spencer ya se refería en el siglo XIX a “la supervivencia del más apto” y negaba cualquier obligación del apto hacia el no apto. Según él, la naturaleza se esfuerza continuamente para borrar del mapa a los pobres (perezosos, incapaces, faltos de espíritu emprendedor). De ahí parten los defensores del darwinismo social, como el Gordon Gekko de Wall Street, quien calificaba como “espíritu evolutivo” a una lucha sin cuartel donde los triunfadores están destinados a aplastar a los perdedores. Y en otro parlamento afirmaba que “la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena; es necesaria y funciona. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de evolución. La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amor, de dinero; es lo que ha marcado la vida de la humanidad”.

Por su parte, Ayn Rand —una de las mayores influencias de su vida, reconoce Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal— sostenía que la única obligación de cualquiera es consigo mismo y elevó el egoísmo a la categoría de virtud.

Para Milton Friedman la responsabilidad social entra en conflicto con la libertad. Si los directivos de las empresas aceptaran cualquier responsabilidad social que no fuera ganar para sus accionistas tanto dinero como pudieran, ello, según él, socavaría los cimientos de la sociedad libre.

El gen egoísta

En su libro El gen egoísta, el etólogo y zoólogo británico Richard Dawkins intenta explicar las relaciones sociales, desde la guerra hasta el altruismo, mediante un “darwinismo genético”. De acuerdo con su teoría, los individuos altruistas terminan por extinguirse en beneficio de los egoístas, dado que un gen es “bueno” si permanece muchas generaciones, y para ello debe velar por sí mismo, incluso a costa de otros, que disminuirán o desaparecerán. De modo que el comportamiento está regido por el egoísmo de los genes de cada organismo, no por el altruismo o la empatía del individuo respecto al resto de su especie. Y Dawkins elabora el concepto de “meme”, responsable de la transmisión cultural, análogo al gen, y sujeto a las mismas reglas evolutivas movidas por el egoísmo.

Jeff Skilling, director general de Enron Corporation y asiduo lector de Richard Dawkins, aplicó a rajatabla su interpretación de El gen egoísta: fomentó una competencia despiadada dentro de la empresa (lo que provocó una guerra de engaños, fraudes y zancadillas, pulverizando todo espíritu de cooperación entre los directivos) y aplicó el “todo vale” mientras diera beneficios. El resultado es bien conocido. Skilling está en prisión, y la empresa pasó de facturar 111.000 millones en 2000 a la quiebra en 2001.

Siete años más tarde, el mundo se enfrentaría a un Enron global.

La crisis de la codicia

La crisis de 2008, que aún perdura, es, en buena medida, la crisis de la codicia, como coinciden en afirmar dos personas de ideologías tan opuestas como Oliver Stone y Mario Vargas Llosa.

Aunque según George Soros, “el estallido de la crisis económica de 2008 puede fijarse oficialmente en agosto de 2007 cuando los bancos centrales tuvieron que intervenir para proporcionar liquidez al sistema bancario”, fue en 2008 cuando estalló la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, con la consiguiente crisis crediticia e inmobiliaria. Se produjo la quiebra de medio centenar de bancos y entidades financieras, desplome de los valores bursátiles, la quiebra de Lehman Brothers, la caída de las inmobiliarias Fannie Mae y Freddie Mac, y la aseguradora AIG, de modo que el Gobierno tuvo que acudir al rescate. En una economía globalizada, de inmediato la crisis cruzó el charco.

Inside Job, la película de Charles Ferguson, analiza en detalle los pavorosos mecanismos de la crisis, que se gestó treinta años antes, con la desregulación del mercado financiero y, en la práctica, la abolición de los controles. Progresivamente, las agencias de calificación empezaron a trabajar para las grandes corporaciones a quienes vendían, literalmente, la triple A, lo que indujo confianza a los inversores que compraron masivamente hipotecas subprime y valores basura. Al tiempo que se deslocalizaba buena parte de la gran industria de los países desarrollados tras caer las cortinas de hierro y, muy particularmente, la cortina de bambú, en el sector financiero, que debía ofrecer un servicio a sus inversionistas, los directivos comenzaron a trabajar solo para sus bonificaciones a corto plazo, incluso a costa (o apostando contra) sus clientes. El resultado fue una orgía de codicia desatada (o “una extraordinaria película de terror”, en palabras del crítico de El País Carlos Boyero) que descendió de los bancos y las inmobiliarias a los consumidores. Y el sector se ha vacunado contra todo intento de control creando el mayor lobby de presión en Washington: unos 5.000 cabilderos a sueldo, más el incesante reciclaje de ejecutivos hacia y desde el Gobierno, sea demócrata o republicano.

El resto es conversación

La espiral de toma de riesgos (con el dinero ajeno) para maximizar los beneficios estuvo acompañada de una indecente irresponsabilidad social que ha permitido a Goldman Sachs, por ejemplo, repartir 13.000 millones de dólares en 2009, casi el triple que en 2008, según The Wall Street Journal, tras recibir 10.000 millones de dólares en fondos del Programa de Alivio de Activos en Problemas en 2008 y 12.900 millones de dólares como contrapartida de la compañía aseguradora AIG que ellos mismos ayudaron a quebrar. Algo perfectamente explicable dado el sistema de reciclaje de Goldman Sachs: Henry Paulson, secretario del Tesoro durante el Gobierno de George W. Bush y creador del Programa de Rescate de Activos en Problemas fue director general de Goldman Sachs. Robert Rubin, secretario del Tesoro bajo la presidencia de Bill Clinton y muchos otros políticos de ambos partidos también fueron altos ejecutivos de la empresa. Práctica que ha continuado en la Administración Obama.

El humorista Andy Borowitz informó que Goldman negociaba la compra del Departamento del Tesoro. Un supuesto portavoz del Tesoro anunciaba que la fusión ya estaba muy avanzada dados los empleados y el capital que fluye entre ambas entidades. Lo más complicado sería calcular qué partes del Tesoro aún no son propiedad de Goldman.

Una crisis hipotecaria convertida en crisis financiera ha terminado siendo una crisis de credibilidad, una crisis ética de la que no se salvan ni empresarios, ni políticos, ni agencias de calificación. A pesar de lo cual, ni un solo ejecutivo importante ha sido encarcelado.

El premio Nobel de Economía Joseph Stirglitz afirmó a The Huffington Post (16 de septiembre de 2008) que “La caída de Wall Street representa para el fundamentalismo mercantil lo que la caída del Muro de Berlín representó para el comunismo: le dice al mundo que este modo de organización económica ha resultado ser insostenible”.

Y llegados a ese punto debemos echar la vista atrás, al 20 de enero de 1937, cuando el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt sentenció: “Siempre hemos sabido que el interés desconsideradamente egoísta era inmoral; ahora sabemos que también es antieconómico”.

Ladrillos y castañuelas

En España el mayor impacto de la crisis se lo ha llevado el sector inmobiliario. Se construían más viviendas que en Francia, Alemania y Gran Bretaña juntas, y el país tenía la mayor cantidad de grúas del continente, como si todos los europeos se fueran a mudar a la península. Los ayuntamientos llenaron sus arcas recalificando terrenos, la mayor fuente de corrupción. Bancos y cajas, en connivencia con las agencias de tasación, muchas de su propiedad, inflaron el coste de la vivienda —Carabanchel a precios de Manhattan— y repartieron hipotecas sin garantías. Los beneficios inmediatos hacían las delicias de grandes y chicos, como decía un presentador de la tele. La codicia de constructores, políticos, inmobiliarias y banqueros, y de los ciudadanos, que incurrían en créditos que no podrían pagar, no se detuvo ni ante la perspectiva del estallido. Los directivos se bonificaban con cifras de escándalo. Algunos políticos, sin escándalo.

La desregularización ultraliberal del mercado financiero hizo el resto. Las entidades financieras vendían humo envuelto en papel de regalo. Los mismos que trucaron las cuentas de Grecia para que entrara al euro, ahora especulan con su caída. Las agencias de calificación que dieron la triple A a Lehman Brothers una semana antes de su quiebra, ahora son tan sensibles como señoritas de escuela católica para beneplácito de los especuladores, que han pasado de comprar empresas en rebajas a comprar países, gracias a la crisis de la “deuda soberana”.

Psicópatas y sociópatas

Cuando escuchamos esos términos, pensamos de inmediato en el Dr. Hannibal Lecter, “El Caníbal”, de El Silencio de los Corderos. Paul Babiak y Robert Hare, en Snakes in suits: when psychopaths go to work (2006) nos alerta sobre otro tipo de psicópatas y sociópatas igual de siniestros: los psicópatas empresariales. Se definen como aquellos que no solo codician riquezas y poder, sino que disfrutan, sobre todo, al usurpar o arrebatar a otros cuanto puedan. Obtenerlo mediante el trabajo honesto es tan aburrido como el sexo consentido para un violador. Ya lo decía Gordon Gekko en Wall Street: “Yo no creo riqueza. Yo poseo”.

Los economistas clásicos, desde Adam Smith en el siglo XVIII hasta Keynes en el XX, presuponía que el empresario administra la producción y el capital mediante criterios racionales para conseguir el máximo beneficio. Las neurociencias han comenzado a desmentir este dogma.

Un experimento realizado en 2006 en la Universidad de Stanford demostró que, enfrentados a una inversión arriesgada, los brokers “cobayas” no activaban el córtex prefrontal (racional, planificador), sino el sistema límbico (emocional, inmediato). La codicia y el dinero provocan una euforia semejante a la del sexo y las drogas, y activan las mismas zonas del cerebro. El consumo de drogas y prostitutas entre los hombres de Wall Street está tan documentado que entre dinero, cocaína y prostitutas podría decirse que se pasaban el día colgados.

Se cree que el comportamiento sociopático es producto de malformaciones en el lóbulo frontal del cerebro, un área que se relaciona también con el miedo. O afecciones en las amígdalas, situadas cerca de la base del cerebro, que controlan la agresión, la sexualidad y la imprudencia.

Hannibal Lecter terminó el prisión. Bernard Madoff y Jeff Skilling son las excepciones de una ley no escrita: los sociópatas financieros gozan de inmunidad dineraria. No necesitan estar por encima de la ley. Les basta estar al margen.

Y eso es extraordinariamente grave en países como Estados Unidos, la antigua gran potencia industrial, cuyo sector financiero acaparó en el tercer trimestre de 2009, según el economista Dean Baker, el 34 % de todas las ganancias privadas del país. Alemania, que ha preservado su tejido industrial sobre el que basa el grueso de su economía, es el país del euro que mejor ha soportado la crisis.

Si en el ADN de la crisis está inscrita la codicia, para su remedio la humanidad deberá apelar a otras pulsiones no menos innatas, sino más, que un día permitieron sobrevivir a nuestra especie. A ellas me referiré mañana.


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