Actualizado: 22/01/2022 2:37
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Carisma, Weber, Fidel Castro

El culto mediático

Mahatma Gandhi y Nelson Mandela fueron siempre líderes carismáticos

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Siempre me ha parecido que “el culto a la personalidad”, es una forma de embrutecer a la ciudadanía. Se exageran méritos, se ocultan errores y represiones, se endiosan a funcionarios públicos que lejos de servir a sus naciones, se convierten en seres intocables cuya palabra está por encima de la ley y al margen de ella. Dictadores de derecha e izquierda en el siglo XX, han utilizado el culto a sus propias personas, para erigir en voluntad “nacional” una práctica política sin el consenso de sus ciudadanos. Los resultados son siempre una inmensa mayoría “perdedora” y una exigua minoría vencedora y sin escrúpulos que acapara la riqueza y los mandos de la nación.

El procedimiento mediante el cual surge el culto a la personalidad es trastocar todas las instituciones de la democracia representativa. Cuando estas no existen como en el caso ruso, las estructuras monárquicas se trasladan a la etapa histórica siguiente. Bajo el culto a la personalidad no hay elecciones, o si estas existen, están seriamente afectadas en la pluralidad de partidos, en los ataques contra el voto secreto, el no acceso o acceso desigual a los medios masivos de comunicación y la imposibilidad de asociarse legalmente.

La persecución contra los candidatos adversarios al gobierno termina por eliminar las alternativas posibles al statu quo. Sin alternancia política ni contrapartida al poder centralizado del dictador —los parlamentos son simples figuras decorativas—, el poder se ejerce por la fuerza, unido a la mordaza contra los medios de comunicación nacionales y las operaciones de intimidación y represión a la ciudadanía por parte de los órganos de la seguridad del Estado contra grupos e individuos que intenten enfrentar este calvario de restricciones.

En 1997, defendía yo mi doctorado en la Universidad de la Habana por segunda vez y un militar coronel de las FAR que formaba parte del tribunal de grado, negaba con su cabeza que Fidel Castro fuese un líder carismático según la definición de Max Weber. Cuando interrumpí mi disertación y le pregunté al coronel por qué negaba con la cabeza, me respondió que él se guardaba sus criterios. Los militares no deben ser sinodales de un doctorado en la Universidad de la Habana, si no pasan primero un examen de conocimientos mínimos de Ciencias Sociales, para que logren entender algo de lo que deben juzgar como parte de un tribunal de grados.

Las diferencias entre el concepto de carisma de Weber y el culto a la personalidad de los dictadores, son abismales. Mientras el líder carismático logra trastocar todo el orden anterior y proponer “un orden de felicidad” a futuro con gran apoyo popular en sus inicios, el culto a la personalidad es el resultado de la propaganda desarrollada por una inmensa maquinaria estatal creada al efecto y que se reproduce —de manera simultánea— con la más absoluta represión física, económica y política a la opinión discrepante.

Hitler, Mussolini, Mao Tse Tung, Muamar el Gadafi, Fidel Castro, fueron todos en sus inicios líderes carismáticos, pero una vez en el poder todos crearon el culto a la personalidad con sus maquinarias de propaganda respectivas y sus eficaces órganos de represión ciudadana. Stalin saltó del anonimato al culto a la personalidad directamente.

Al final, el coronel tenía razón pero no por las ideas que él negaba con la cabeza. Yo me explicó su negativa porque Max Weber era leído en Cuba como un “sociólogo burgués” y por lo tanto “un enemigo” no puede ser utilizado en una tesis de grado en Cuba a no ser para “destruirlo” como teórico.

En 1997, yo debí precisar que Fidel Castro fue un líder carismático en los primeros años de los 60, y luego convirtió su poder en un burdo culto a la personalidad con las respectivas maquinarias de propaganda y represión para brutalizar a la población cubana. Sí, me faltó esa precisión y ahora se la devuelvo al coronel, “custodio de la ideología” él víctima también, del culto a la personalidad con sus correlatos de ignorancia y fundamentalismo.


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