Actualizado: 19/02/2020 22:29
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Símbolos, Comunismo

Gritos, gestos y emblemas

El nacionalismo es gritón por naturaleza. Nace en la trompa de Falopio para morir en la trompa de Eustaquio

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La historia política de América Latina parece ajena al silencio. Basta repasar algunas fechas patrióticas. En Cuba tenemos el Grito de Yara y el de Baire, en Uruguay, el Grito de Asencio; en México, el Grito de Dolores; en Puerto Rico, el Grito de Lares; en Brasil, el Grito de Ipiranga… Con semejante tradición de alaridos no es extraño que Munch se haya inspirado en una momia peruana para concebir al personaje andrógino de su cuadro El Grito.

El nacionalismo es gritón por naturaleza. Nace en la trompa de Falopio para morir en la trompa de Eustaquio. La independencia y la soberanía son aquí conceptos mensurables en decibelios estresantes. En el siglo XIX era comprensible tanta vocinglería, lo malo es que esos atavismos se han prolongado hasta nuestros días, sobre todo entre políticos demagogos y populistas que mitificaron aquellos gritos históricos reiterándolos en ociosas liturgias. Casi todos aúllan tanto en sus discursos que ignoran la frase de Leonardo da Vinci: “donde se grita no hay verdadera ciencia”.

Pasamos así del pandemónium al diálogo de sordos, entre otras razones, porque en América Latina gusta mucho la peor oratoria, esa labia pegajosa que fluye como la resaca de un bolero trasnochado. Algunos hasta suspiran y entornan los ojos oyendo a tantos gritones.

Kant desenmascaró a la oratoria acusándola de “coartar el libre ejercicio del entendimiento”, pues en su afán de persuasión recurre al chantaje emocional. Sócrates también arremetió en Gorgias contra la retórica, rebajándola de su supuesta condición de arte a la de actividad culinaria, agradable pero sin profundidad. Platón despotricó contra los discursos grandilocuentes de los sofistas porque, en vez de buscar la verdad, solo aspiran a inculcar ideas en un auditorio pasivo.

Mientras más inculto es un pueblo, mayores éxitos cosechan los sofistas. Ramón Grau San Martín decía: “el pueblo de Cuba sigue al que más grita”. Lamentablemente sigue teniendo razón.

Muchas veces me he preguntado por qué Fidel Castro gritaba tanto en sus discursos si tenía hasta cinco micrófonos en la tribuna.

Que Demóstenes corriera gritando por las playas para ejercitar sus pulmones a fin de poder pronunciar discursos al aire libre, se entiende, porque en su época no había megafonía. Que se llenara la boca con piedras y se pusiera un cuchillo afilado entre los dientes, se entiende también, porque era tartamudo.

Pero Fidel nunca tuvo ninguno de esos problemas. Entonces, ¿por qué se ha pasado cinco décadas bramando filípicas? En cada uno de sus kilométricos discursos vociferaba hasta quedarse ronco, o incluso mudo, como en agosto de 1962.

Más allá de ciertas técnicas retóricas —estilo elevado y declamación—, aprendidas por él en la Escuela de Derecho, su gritería tenía mucho que ver con la voz de mando arengando a la tropa. Nunca fue un gobernante ante sus ciudadanos, sino un jefe ante batallones de subordinados. Así, el grito deviene una forma de coacción que busca fanatizar a la masa aniquilando al individuo. Ese terrorismo acústico fue muy usado por Hitler y por Mussolini.

En la película de Chaplin, El gran dictador, el Führer profiere una soflama contra los judíos y grita tanto que uno de los micrófonos, aterrado, empieza a doblarse hacia atrás.

“¡Bochinche, bochinche. Esta gente no saber hacer sino bochinche!”, exclamó Miranda cuando fue arrestado por sus propios compatriotas, entre los cuales estaba Bolívar.

Chávez también ha gritado a los cuatro vientos confirmando el proverbio: “de aquellos polvos vienen estos lodos”. No solo se desgañita, sino que de vez en cuando alza el puño. Como marionetas de guiñol, lo imitan Correa, Morales, Ortega, Lula… el gesto se repite en el zimbabuense Robert Mugabe, en el iraní Mahmoud Ahmadinejad, en el libio Gadafi. Líderes sindicales, jefes de partidos separatistas europeos y miembros de organizaciones terroristas también adoptan ese mimetismo gesticular.

Menos grave es cuando quienes alzan el puño son cantantes y deportistas que se dejan contagiar, ya sea por frivolidad o por desinformación. Incluso Lennon y Yoko Ono levantaron sus puños durante una protesta antibelicista.

En fotos de juventud vemos a Felipe González y a Alfonso Guerra con el puño en alto. Últimamente Zapatero ha reincidido en ese ademán. Salta a la vista que ese puñetazo al cielo pasó del comunismo a la socialdemocracia, haciendo las veces de cordón umbilical.

Para suavizar esas afinidades, los socialistas europeos añadieron una rosa a la mano cerrada de su logotipo. La rosa es delicada, pero el puño la oprime. Más que una rosa, semeja un coágulo de sangre. El mensaje del símbolo está claro: “o aceptas la flor que te ofrezco o te doy un puñetazo”.

Según las malas lenguas, esa rosa socialdemócrata procede de los rosacruces, aunque algunos piensan que es un homenaje a Rosa Luxemburgo. Por mi parte, recuerdo aquella rosa del afiche de la canción protesta que diseñó el cubano Alfredo Rostgaard en 1967. La flor cianótica mostraba una espina con una gota de sangre. Siempre veremos sangre en la semiótica de izquierda.

Hace poco, Fidel y Raúl alzaban los puños al concluir el sexto congreso del partido. Parecían un réferi levantando el brazo del boxeador vencedor. Es difícil saber qué victoria celebraban después de haber admitido públicamente que el país está al borde del abismo, que la revolución se hunde y que se les cae la cara de vergüenza.

Por lo visto, no importa el cúmulo de fracasos, pues ellos seguirán estirando los brazos con sus reflejos condicionados cada vez que oyen aplausos. Cargados de “electricidad animal”, son como esas ranas galvanizadas que aun después de muertas insisten en sacudir las patas.

Cuando alzó el puño, Raúl lanzó alguna estentórea consigna y, en la foto, su boca abierta remite otra vez a la momia de Munch. Ese mismo grito y ese mismo puño ilustran cada día la cabecera de la primera plana del periódico Granma con la foto recortada de los guerrilleros en el Pico Turquino.

A mediados de los sesenta, durante la revolución cultural china, los guardias rojos también padecieron estos espasmos musculares. Aquejados de los calambres ideológicos de los batracios, alzaban sus puños airados mientras escupían, pelaban, golpeaban o increpaban a los pobres defenestrados con capirotes de cartón. Actos de repudio asiáticos que los camaradas cubanos no tardarían en copiar.

Los medios condenan sin cesar la violencia doméstica o el bullying escolar —lo cual está muy bien—, pero no leo ni una palabra, ni veo una sola imagen, reprobando ese puño en alto que entraña tanta violencia y odio, tanto chantaje y coacción, y que es impunemente practicado por gobernantes reconocidos por las Naciones Unidas.

Se pudiera objetar que es tan solo un gesto simbólico, una candorosa seña de identidad ideológica. Pero sucede que en política se pasa rápidamente de la potencia al acto. Se empieza por lo simbólico para enseguida organizar turbas que golpean, insultan o vapulean a los opositores pacíficos en la calle, incluyendo mujeres arrastradas o alzadas en volandas. Internet rebosa de fotos y videos donde vemos esos “actos de repudio” que avergüenzan y repugnan por su zafiedad a cualquier cubano de bien.

Una variante criolla de esas gesticulaciones fue la inventada por aquel efímero canciller que gritaba en cualquier acto masivo: “¡el que no salte es yanqui!”, y todos empezaban a brincar, como cuáqueros temblorosos en una carrera de sacos. Esa psicosis colectiva señala la decadencia de cualquier proceso, es la historia como histeria o —para citar a Marx— la historia que se repite “primero como tragedia y después como comedia”.

Todos esos aspavientos simiescos y vocinglerías de primates segregan selvática agresividad. El puño en alto amaga con golpear a quien piense distinto, es represión en estado latente, y solo debería estar permitido al final de las peleas de boxeo o en las coreografías de las cheerleaders. En países como Alemania e Italia el saludo nazi está prohibido acarreando multas y arrestos. ¿Por qué no se persigue con la misma tenacidad el violento puño izquierdista? ¿Acaso porque Churchill y Roosevelt posaron sonrientes junto a Stalin en Teherán y en Yalta?

De entonces a esta parte han pasado 66 años y, mientras tanto, ese puño crispado ha costado millones de vidas, cientos de miles de personas enviadas a campos de concentración, colectivizaciones forzadas, culto a la personalidad, torturas, hambrunas, éxodos, familias separadas por muros y mares, invasiones… para no hablar de innumerables catástrofes económicas.

¿Hasta cuándo se va a respetar aquella alianza que fue meramente estratégica y coyuntural? ¿Hasta cuándo va a durar ese pacto contra natura entre sociedades democráticas y regímenes totalitarios? Ciertamente, la Unión Soviética prestó un gran servicio en la guerra contra Hitler. Pero los favores tienen fecha de caducidad. La Segunda Guerra Mundial se cerró en falso. Se destruyó a un totalitarismo, pero se dejó al otro intacto, ampliado y robustecido.

El puño en alto es, como mínimo, despótico. Equivale —a escala política y gubernamental— al hombre que amenaza con golpear a una mujer, o al guapetón de esquina que se rasca los testículos ostentosamente para dar a entender quién manda en el barrio. Tal es el impúdico mensaje que algunos gobernantes y políticos envían a sus pueblos.

En cuanto al saludo nazi, es más arcaico que el puño proletario, pues procede del saludo romano, como se ve en tantas películas de Hollywood. En el cuadro de David titulado Juramento de los Horacios aparece el brazo extendido con la palma hacia abajo. Desde mucho antes, ese ademán militar ya se dejaba ver en la Columna de Trajano. Diversos relieves y estatuas de la antigua Roma reproducen esa gestualidad marcial. En su afán por resucitar el Imperio Romano, Mussolini rescató ese saludo. Hitler se lo copió al Duce y el contagio gesticular llegó hasta la España de Franco.

Ahora bien, ¿dónde se originó la manía de levantar bravuconamente el puño? El primer fósil del puño marxista figura en el emblema del Rotfrontkämpferbund (o Rot Front), organización paramilitar del Partido Comunista Alemán creada en 1924. Durante la República de Weimar, en aquel clima de violenta confrontación entre las SA (“camisas pardas”) y la Liga de los combatientes del Frente Rojo, surgió el puño en alto como respuesta al saludo hitleriano.

De los gestos pasamos ineludiblemente a los emblemas. Los nazis tenían su cruz gamada, que no es un diseño de Hitler como algunos piensan, sino herencia iconográfica de las tribus indoeuropeas. Cuando yo vi en la India tantas esvásticas me quedé perplejo. Luego la descubrí en cerámicas griegas, en el museo romano-germánico de Colonia, en mandalas tibetanos y hasta en el pecho de Buda. La historia de ese símbolo se pierde en la noche de los tiempos. Más tarde, Hitler haría la asociación con los arios en su entelequia de la “pureza racial”.

La insignia correspondiente al otro totalitarismo del siglo XX es la hoz y el martillo. Procede de la cruz cristiana, que es el potro de tortura donde los romanos clavaban y dejaban morir a sus prisioneros. Los comunistas tomaron la idea de los dos maderos cruzados, sustituyéndolos por la hoz y el martillo en alusión a la alianza obrero-campesina.

El emblema proliferó en los países comunistas durante la Guerra Fría con la excepción de la RDA (República Democrática Alemana), donde reemplazaron la hoz por un compás. El compás tiene una escala semicircular entre los dos brazos cuya curva sugiere o recuerda la silueta de la hoz. Aunque también hace pensar en la masonería, este instrumento de precisión representaba a la intelectualidad. Tal vez los alemanes orientales lo incluyeron entre sus blasones porque sin duda eran los más desarrollados del antiguo campo socialista. Quizá estaban sugiriendo que eran más inteligentes que sus “hermanos” rusos, búlgaros, checos, rumanos, polacos, húngaros…

El compás devino así un avatar del instrumento para segar. Pese a sus pretensiones intelectuales, no deja de ser un utensilio punzante, o sea, capaz de herir, igual que una hoz o un martillo. Y lo que es peor, no se trata de un inofensivo compás escolar, sino de un compás geométrico militar.

Dicen que Lenin diseñó la alegoría de la hoz y el martillo. Otros —más fantasiosos— afirman que el martillo es un préstamo del dios Thor y que la hoz pertenece a Saturno. Por mi parte, tengo casi la certeza de que las dos herramientas superpuestas se inspiraron en la cruz ortodoxa de ocho brazos. Si nos fijamos en el travesaño inferior de esa cruz tan peculiar, veremos que está inclinado, rompiendo la simetría. Ese elemento atravesado equivale al martillo en la “cruz” atea de los comunistas.

El travesaño inferior de esta cruz tan presente en Rusia sirve para clavar los pies separados de Jesús a diferencia de la cruz latina donde ambos pies están sujetos por un solo clavo. Además, ese madero está sesgado porque también representa la balanza del Juicio Final. Por esa razón uno de sus extremos apunta hacia arriba (el Paraíso) mientras que el otro se dirige hacia abajo (el Infierno).

Pero hay más. En una visita al Kremlin me llamaron la atención las cúpulas doradas de algunos templos ortodoxos coronadas por cruces que tienen medialunas en la parte inferior. ¿Qué hacía al pie del símbolo cristiano algo tan propio de la fe musulmana? Esa medialuna era un símbolo cristiano de Bizancio pues simbolizaba un ancla siguiendo un símil de San Pablo para expresar la firmeza de la fe cristiana, ya que toda iglesia es una nave: el Arca de Noé. La cruz ancorada tiene otro origen en las catacumbas romanas, por ser también símbolo de San Clemente, quien fue atado a un ancla y arrojado al mar por orden del emperador Trajano.

En cualquier caso, el ancla se fue estilizando y tras la toma de Constantinopla por los turcos se fusionó con la medialuna otomana. Otra versión, acaso más verosímil, sostiene que en el siglo XVII, cuando Rusia le ganó la guerra a Turquía, apareció una medialuna a los pies de la cruz como el signo de la victoria sobre los musulmanes.

Sea como sea, estas hibridaciones icónicas del cristianismo orientalizado sirvieron de inspiración para el emblema de los comunistas. ¿Habrá en el cielo algo más parecido a una hoz afilada que una Luna en cuarto creciente?

Esta transición que va de los símbolos cristianos a los atributos ateos subraya el triunfo de la nueva fe —el marxismo leninismo— sobre los escombros de la religión.

Queda por examinar otro elemento de la heráldica comunista: la estrella roja que suele acompañar a la hoz y el martillo. Es otra colaboración involuntaria del “opio de los pueblos”. Los bolcheviques también se la robaron al cielo. Se trata de la estrella de Belén que irradia en tantas cruces ortodoxas y que tachona las cúpulas azules en forma de cebollas. Es una estrella de Belén ensangrentada.

Esa estrella sanguínea cayó en Cuba hacia 1962 coagulándose en el logotipo de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Nuestra isla no podía dejar de hacer alguna que otra contribución a la panoplia bolchevique. Una de las puntas de la estrella de la UJC se alargó aguzándose hasta evocar la pata puntiaguda del compás de Alemania oriental. Además, la parte inferior del distintivo (donde están las siglas) recuerda una regla curva, lo cual nos remite una vez más al compás para, de paso, sugerir el contorno encorvado de la hoz.

Otro aporte tropical a este repertorio de imágenes es el emblema de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución) donde un muñeco diabólico, con sombrero y machete en alto, nos recuerda que la misión primordial de esta organización es la vigilancia permanente, o sea, el espionaje entre vecinos.

En Cuba la hoz se trocó en machete: herramienta fundamental en el cañaveral, pero también arma favorita de los mambises para degollar españoles en la guerra de independencia. Siniestra y ubicua, la alegoría del CDR surge en cada cuadra, ora en forma de cartel, ora como grafiti, ora como banderola, también prolifera en caricaturas, en historietas y hasta en sellos postales. Es como el ojo de un dios vengativo que todo lo ve y todo lo sabe, que no pierde pie ni pisada a los supuestos enemigos de clase.

¿Cuál es el denominador común de este inventario de gritos, gestos y emblemas? La amenaza. El puño anuncia puñetazos, la hoz amenaza con decapitarnos, el martillo amaga con machacarnos, la estrella ensangrentada espanta, los gritos coaccionan y el machete tuvo hace poco un funesto protagonismo en el genocidio de Ruanda.

Ahora bien, la hoz es la hermana menor de la guadaña, ese instrumento letal que empuña el clásico esqueleto de la Muerte que, ataviado con su capucha negra, va segando almas. De manera que estos símbolos no son casuales, ni ingenuos. El martillo, obviamente, sirve para forjar a martillazos al “Hombre Nuevo”, pero también puede pulverizar a quienes se resistan a entrar en tan incómodo molde. De hecho, en el lenguaje oficial los tildan de “escoria”.

Por doquier vemos amenaza, represión, coacción. Y todo esto ha estado gravitando, consciente o inconscientemente, durante más de cinco décadas, sobre la psiquis de tres generaciones de cubanos, desde que nacen hasta que mueren. ¿Cómo extrañarse entonces de que la gente en la Isla tenga miedo?

Pero también los gobernantes tienen miedo. En el logotipo del único partido que existe en Cuba aparecen más machetes y fusiles. ¿Cuánto miedo e inseguridad han de sentir los comunistas en el poder que solo son capaces de conservarlo infundiendo desde la infancia un minucioso terror psicológico en sus súbditos mediante estos y otros símbolos?

Como decía hace más de veinte siglos el cáustico escritor romano Decimus Laberius: “Necesse est multos timeat quem multi timent”, o sea, “aquél al que muchos temen, debe tener miedo”.


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