Actualizado: 26/10/2021 10:28
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Milton Friedman, Economía

Homenaje cubano a Milton Friedman

Ahora que se cumplió un centenario del nacimiento del célebre economista, vale la pena volver sobre sus ideas y aplicarlas a la situación cubana

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El pasado 31 de julio se cumplió el centenario del natalicio de uno de los economistas más legendarios del Siglo XX, Milton Friedman. En relación al vínculo entre mercado y libertad, Friedman, premio nobel de 1976, fue el heredero intelectual del economista austriaco, premio nobel de 1974, Friedrich Hayek. En su libro El Camino a la Servidumbre, Hayek sostuvo que la intervención estatal en los mercados, incluida la propuesta por el más grande economista del pasado siglo, John Maynard Keynes, creaba una pendiente deslizante de restricciones a las libertades, para caer finalmente en el totalitarismo. Para Hayek, quien en términos de modelar y defender su pensamiento con evidencias no dogmas ideológicos, siempre quedó por debajo de Keynes; era inevitable que la intervención estatal se volviera ilimitada, y que el poder del gobierno sofocara al mercado imponiendo la tiranía política y económica.

Para finales de los sesenta, Friedman, profesor de la Universidad de Chicago, se convirtió en el adalid de las políticas neoliberales y las prescripciones del estado mínimo, tratando de desmontar no solo el Estado de bienestar general sino también sus premisas intelectuales. Aunque las posiciones de Friedman no convenzan en muchas áreas, frente a los argumentos de los premios nobeles Joseph Stiglitz y Paul Krugman, sus teorías impresionan por su rigor, prosa clarísima y coherencia.

Friedman explicó una relación directa positiva entre mercado, libertad individual y democracia. Mientras más libres fueran los mercados y los individuos; más éticos y económicamente eficientes serian los resultados obtenidos por las sociedades y las políticas públicas. La premisa de que los funcionarios fuesen corruptos o buscaran reducir derechos no era necesaria. Friedman fundamentó que incluso los gobiernos mejor intencionados en promover el bienestar, la democracia, el patriotismo y otros ideales terminaban por generar ineficiencia y la captura de las instituciones reguladoras por intereses ajenos al bienestar de la sociedad. A esas situaciones las llamaba “la tiranía del status quo”. Eran estaciones en “el camino a la servidumbre”. Se creaban —según su perspectiva— cada vez que los gobiernos pretendían suplantar la libertad individual y el mecanismo mercantil de precios con políticas que limitaban la capacidad del ciudadano para escoger cómo, cuándo, qué y dónde trabajaba, invertía, ahorraba o consumía.

El complemento de la crítica de Friedman y Hayek a las limitaciones a la libertad de escoger era su denuncia contra impuestos confiscatorios para usos más allá de las funciones del estado mínimo. El gobierno excesivo no solo limitaba las libertades de escoger de los ciudadanos sino también creaba un ejército de burócratas, reguladores y policías a cuenta del erario público, que implica impuestos explícitos e implícitos, con los cuales el bolsillo ciudadano pagaba los sueldos, y la infraestructura de los limitadores de su individualidad.

La experiencia cubana demuestra que no hay que suscribir el credo neoliberal ni concordar con la visión ideal sobre mercados bien comportados de Friedman para entender la verdad que sus teorías poseen. Una economía de mercado es indispensable a cualquier democracia moderna. Una democracia cubana y un estado de derecho han sido imposibles dentro de la economía de comando. Las políticas anti-mercado y contrarias a la existencia de un sector privado conectado con el resto de la economía han dejado un sendero destructivo de la infraestructura y la cultura económica del país. Incluso las conquistas sociales y políticas de la revolución nacionalista están en peligro por la ausencia de un modelo económico sustentable y el apego a mecanismos comunistas de distribución y producción.

No me malinterprete el lector, como ha demostrado el gran politólogo de la Universidad de Yale Robert Dahl, todas las democracias modernas son en principio economías mixtas. Los mercados necesitan regulaciones para garantizar una plataforma mínima de derechos económicos, sociales y culturales para todos sin la cual la igualdad política, base para la democracia es una mera ficción. El gobierno tiene un legítimo papel más allá del Estado protector de libertades civiles y derechos de propiedad. Como han demostrado los trabajos sobre la economía de la información de Joseph Stiglitz, los mercados frecuentemente tienen fallas, y generan asimetrías de información y poder, legando desigualdades extremas que pueden descarrilar la estabilidad política necesaria para que funcionen.

Todo eso es cierto, pero Friedman tenían razón al explicar la naturaleza opresiva de la planificación centralizada, la derogación de los derechos de propiedad, y la abolición de los mercados. La democracia y la prosperidad económica requieren un mínimo de libertad e independencia del estado que no es lograble en las condiciones comunistas. Mas que reeditar las batallas del pasado discutiendo sobre la preeminencia del mercado o el estado, la reforma económica cubana debe discutirse con menos ideología, buscando la forma y la capacidad óptima del estado para establecer una economía mixta, de mercado, eficiente. En ese sentido, no es inconcebible un nacionalismo de izquierda, que abogue por privatizaciones en sectores como la pequeña y la mediana propiedad, que liberen al estado de ineficiencias, en áreas donde la confluencia de dueño y propietario evitan los problemas de contratos incompletos o de separación de intereses entre el agente y el principal (dueño).

En su libro “Capitalismo y Libertad”, el profesor judío-americano criticaba como cierta izquierda intelectual pretendía abogar por el pueblo mientras respaldaba las políticas que le quitaban las libertades a los individuos. Lo curioso es que en el caso cubano tal crítica no es aplicable solo a cierta “izquierda intelectual”, sino a toda la derecha pro-embargo. Si alguna política norteamericana ha demostrado que la regulación estatal del comercio y las libertades individuales hace más daño que bien es las sanciones norteamericanas, bilaterales y extraterritoriales contra Cuba. La derogación de las libertades individuales de los norteamericanos ha venido acompañada de gastos millonarios de impuestos del contribuyente. El Departamento de Tesoro ha perseguido no solo operaciones comerciales sino a viajeros repartidores de biblias, y abuelas bicicleteras. Igualmente ilógica fue la revelación que la Oficina de Control de activos extranjeros estaba usando en 2004 más de veinte oficiales para perseguir los viajes hacia Cuba mientras solo tres monitoreaban las acciones económicas de Osama Bin Laden y Saddam Hussein juntos.

Una paradoja sugiere que Milton Friedman fue el economista más mentado y a la vez menos leído en las transiciones desastrosas de la antigua Unión Soviética, mientras que en el Este de Asia era al revés, la libertad de escoger fue menos mentada pero más estudiada y promovida. Una comparación entre los resultados de estas experiencias es ilustrativa. Los nuevos países industrializados no renunciaron a intervenir en sus economías pero lo hicieron sin suplantar el mercado, y aceptando su primordial importancia en la difusión de información sobre el comportamiento de los actores económicos en el manejo de recursos escasos.

Tanto en la discusión de las reformas económicas cubanas, como de la política norteamericana hacia las mismas es importante entender las lógicas emancipadoras asociadas a la promoción de mecanismos de mercado a partir de los puntos originales de una economía de comando. Igualmente es vital la relevancia del ejemplo y la consistencia de las políticas públicas con los valores que dicen proclamar. No es casual que el mismo Milton Friedman que fustigó con sarcasmo y acuciosidad los excesos y abusos de las economías de comando, incluyendo la cubana, firmara varios documentos condenatorios al embargo y las limitaciones a viajar como obras maestras de inconsecuencia y falta de racionalidad.

Por lo menos los comunistas cubanos no invocan el nombre de Milton Friedman para abogar por lo contrario a lo que el mismo promovía. Las limitaciones de viajes, comercio e inversiones son un anatema en el libro de Friedman, en la ausencia de una lógica de seguridad. ¿Si Cuba está creando un sector no estatal que debe llegar para el 2015 a casi la mitad de su economía, cuál es la lógica liberal capitalista para oponerse a las inversiones o comercio con el mismo? En China, Friedman alabó cada medida para definir mejor los derechos de propiedad (Por ejemplo, pasos similares a la creación del mercado inmobiliario en Cuba en el otoño de 2011) y la apertura de mercados como un paso hacia la libertad. Se puede discrepar de sus inferencias, pero la defensa de la libertad de mercado, del comercio libre, del estado mínimo, del respeto por los derechos individuales fue consistente, basada en una racionalidad con principios identificables. Friedman fue un intelectual honesto y brillante. Un ejemplo de coherencia que, por lo menos, los cubanos de derecha deberían imitar.


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