Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Censura, Intelectuales

La censura contra los intelectuales en Cuba (I)

Primera parte de una serie de dos

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Utilizando una categoría del sociólogo Pierre Bourdieu, el campo intelectual y artístico en Cuba ha estado sometido a una “doble heteronomía”. Las prohibiciones políticas que coartan la producción intelectual y artística dentro de la Isla han empobrecido, prohibido y muchas veces invisibilizado las capacidades analíticas, críticas y creativas de los intelectuales cubanos.

El campo intelectual y artístico en Cuba desde el inicio de lo que fue la Revolución, ha sufrido una doble censura: la subordinación a los imperativos de la política oficial cubana y la subordinación a la política de enfrentamiento entre Cuba y EEUU. La dirección política del país, en el medio siglo transcurrido, ha prohibido los análisis críticos de casi todas las zonas de la realidad por considerarlos un riesgo de fractura a la unidad monolítica interna frente a su adversario.

Es bien conocida la consigna “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” que definió una supuesta política cultural desde 1961. El asunto es que nunca se dejó claro en qué consistía la “Revolución”, y los artistas e intelectuales aprendieron en la práctica, que la revolución era el discurso oficial de turno y que su único genuino emisor era Fidel Castro.

Desde esa fecha temprana se produjo la nefasta fusión entre “Revolución” y “líder máximo” como conceptos intercambiables, y quien criticara cualquier aspecto de la realidad, no incluido en el discurso oficial, recibiría además de la censura y la represión, algunas de las etiquetas de turno: “revisionista ideológico”, “hipercrítico” “contrarrevolucionario” “quinta columnista” y seguramente otras más que no recuerdo.

“El caso Padilla” confirmó que los poetas no podían tener una visión más crítica de la realidad que la del “líder máximo”, y la revista Pensamiento Crítico, clausurada también en 1971 junto al Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana en la época, hizo evidente que las Ciencias Sociales eran rehenes a merced de la dirección política del país.

El movimiento cultural e intelectual de la segunda mitad de los ochenta, de creadores e intelectuales nacidos en el período revolucionario, y con un fuerte sentido liberador desde el arte y el pensamiento, fue censurado y muchos de los integrantes compulsados a emigrar. El caso CEA 1996, cerró definitivamente la posibilidad de analizar los problemas de la realidad cubana aún respetando la trilogía de “la santísima trinidad política cubana”: el monopartidismo, el líder máximo, y la política de confrontación con EEUU.

Más reciente aún, la llamada “guerrita de los emails” demostró una vez más que “dentro de la revolución” se puede criticar algo del pasado, pero circunscrito al llamado “quinquenio gris” —en los años 70—. Cuando aparecieron los intelectuales que plantearon la censura y la represión a la cultura y a la creación intelectual como un problema persistente en los últimos cincuenta años, las autoridades culturales y políticas prohibieron la continuación del debate y obligaron a cerrar la discusión.

He mencionado solo los casos más sobresalientes, la punta del iceberg. Aún desconocidos o en fase de investigación, otros muchos proyectos grupales o individuales han sido reprimidos.

Las consecuencias prácticas para el intelectual que no respete los límites de la censura son: la expulsión del campo intelectual, la pérdida del trabajo y el ostracismo, quedando como única posibilidad —si llega a lograrlo— el destierro.

El hilo conductor de esta lamentable madeja es por una parte mostrar que la política de censura y represión contra el campo intelectual cubano ha sido sistemática y continua en el tiempo hasta la actualidad y por otra, hacer evidente las consecuencias de esta política para la producción intelectual, especialmente para las Ciencias Sociales cubanas.

La doble censura contra las ciencias sociales en particular ha tenido como consecuencia una limitación de los temas posibles a tratar, pero también ha condicionado una especie de rutina en las maneras posibles de hacerlo.

En el primer caso, las zonas imposibles de cuestionar han sido: las figuras políticas históricas de la revolución cubana, el monopartidismo, la lectura oficial de la historia revolucionaria y republicana, la manera de tratar el diferendo entre EUU y Cuba, la comparación entre el sistema de Socialismo de Estado de la ex URSS y los países de Europa del Este y su copia en Cuba, la ausencia de publicación del resultado de las investigaciones sociológicas sobre las desigualdades sociales, la pobreza, las generaciones, la juventud, la validación positiva de la política en curso y la no publicación de análisis críticos sobre ella en el momento en que se está implementando, la imposibilidad de proponer nuevos derechos y prácticas democráticas alternativas a las realmente existentes.

También ha sido prohibido utilizar corrientes de pensamiento diferentes a las marxistas y dentro de la tradición marxista han sido prohibidos los que han hecho o hacen en la actualidad análisis críticos de experiencias similares a las cubanas o que tengan un enfoque crítico sobre Cuba.

De esta manera se han permitido determinados autores y otros no, determinadas tradiciones de pensamiento y otras no, algunas discusiones y otras no, reduciendo la posibilidad de pensar y escribir sobre la realidad social y hacer propuestas de soluciones a los problemas.

Por toda esta censura, la producción sociológica en Cuba es muy reducida y no se publica. Hacer encuestas o entrevistas para una investigación, exige permisos especiales del Comité Central del Partido o de su departamento ideológico, evaluar los problemas de la realidad social solo es posible gracias a la tenacidad de los investigadores que no verán publicados sus estudios porque se consideran “secreto de Estado”.

Maniatadas las Ciencias Sociales, la producción intelectual se ha sumido en ciertas rutinas y maneras de enfocar los temas y de analizar la realidad que descubriremos en la segunda parte de este artículo.


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