Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Crisis

Las virtudes de la crisis

La sociedad ha comenzado a cobrar conciencia de la ilimitada codicia e irresponsabilidad financiera a costa del bien ajeno

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Hace poco llegó un amigo de Cuba y al día siguiente acudimos a la calle Cardenal Cisneros, donde se alinean las mejores cervecerías de Madrid. Cada una con su propia personalidad, su carta más o menos extensa de abadías belgas y alemanas, y todas llenas a rebosar de parroquianos enarbolando sus copas y sus jarras. ¿Y ésta es la famosa crisis?, preguntó mi amigo. Trabajo me costó explicárselo entre el estruendo de las conversaciones, pero sí, esta es la crisis, aunque a veces no lo parezca. Sobre todo viniendo de Cuba, instalada en una crisis permanente, y donde la asidua lectura del diario Granma sugiere al viajero que encontrará en la Puerta de Alcalá una legión de famélicos parados que engrosarán en breve los campos de refugiados de La Castellana.

Aunque no sea la que el Granma sugiere, la crisis existe, sobre todo para los 4.910.200 de parados españoles que en el primer trimestre de 2011 sitúan la tasa de desempleo en el 21 % de la población activa. Miles de familias han perdido sus casas al no poder hacer frente a las hipotecas y millones de personas han reducido drásticamente sus expectativas desde que en 2007 la crisis hipotecaria en Estados Unidos dio el pistoletazo de salida a la que ya es una crisis global, sobre todo desde el desplome mundial de las bolsas en 2008.

Tras la caída del comunismo entre 1989 y 1991, nos han repetido que el modelo de capitalismo globalizado en boga es lo más sublime para el alma divertir, y que nuestra única función es consumir desaforadamente para mantener en movimiento la maquinaria económica. Las virtudes que contribuyeron a crear en Occidente y Japón los grandes polos de desarrollo —abnegación, ahorro, laboriosidad, disciplina, educación, honradez, perseverancia, prudencia, responsabilidad— pasaron de moda. El ahorro fue sustituido por el despilfarro; la prudencia, por el consumismo; la honradez, por la malversación y lo que en España llaman la cultura del pelotazo: enriquecimiento relámpago a costa de lo que sea. Ante la oferta de trabajos bien pagados, muchos jóvenes abandonaban sus estudios (su futuro) para poder disfrutar (ahora, hoy mismo) de coche nuevo y las mejores etiquetas en sus jeans. Las familias incurrieron en hipotecas que rozaban sus límites de solvencia. La ingeniería que construye máquinas y puentes perdió protagonismo ante la ingeniería financiera que empaquetaba hipotecas basura y valores dudosos en papel de regalo y los vendía y revendía sabiendo que algún día se abriría el precioso envoltorio y los incautos descubrirían una burbuja de aire, pero ya por entonces las ganancias estarían a buen recaudo. La codicia fue enaltecida como un nuevo modelo de sabiduría. Más nos valía ser listos que inteligentes.

Nos convencieron de que no había nada de qué preocuparse. Los Estados no tenían que intervenir. El mercado, regido por los gurús de las finanzas, se regulaba solo. Las agencias de calificación —Standard & Poor’s, Moody’s, Fitch— y los grandes gabinetes asesores —Ernst and Young, Accenture, Deloitte, McKinsey, Boston Consulting Group, KPMG— velaban por nosotros. Tanto, que no fueron capaces de prever ni la caída de Lehman Brothers. Pero cuando se hubo consumado la catástrofe, los mercados y los bancos clamaron por la intervención de quienes antes no tenían que intervenir: los Estados, es decir, el dinero de los contribuyentes. En nuestro nombre se inyectaron billones a los bancos para evitar la quiebra del sistema. Y los bancos, tan solidarios como de costumbre, no convirtieron esa liquidez en créditos a la pequeña y mediana empresa para reactivar la economía, sino en inversiones de alta rentabilidad que multiplicaran sus ganancias. Y en eso estamos. Inmersos en un sistema global en que, al menos en los países democráticos, los ciudadanos votan a los líderes que una vez electos serán gobernados por los mercados o, en el mejor de los casos, gobernarán más atentos a las agencias de calificación y los vaivenes de la bolsa, que a sus electores. El resultado de esa espiral enloquecida es que, al tiempo que se desploman los ingresos de la mayoría, crecen y se consolidan las grandes fortunas, como si los pobres subvencionaran a los ricos. Incluso a nivel global. China y Brasil salen al rescate de la deuda europea ante el temor a quedarse sin clientes.

Pero la crisis también tiene sus virtudes.

Una generación que parecía adormilada entre el hedonismo y el desinterés, sale a la calle indignada. El movimiento 15M, que se ha replicado en toda Europa, exige la puesta al día de valores olvidados: igualdad, progreso, solidaridad, sostenibilidad ecológica y desarrollo, el bienestar y la felicidad de las personas; el derecho a la vivienda, al trabajo, a la cultura, a la salud, a la educación, a la participación política, al libre desarrollo personal, y contra una “dictadura partitocrática” que, según ellos, no nos representa. Apuestan por una democracia más demos y menos crática, sustentada en la universalidad de la palabra, la opinión y la participación, gracias a las nuevas tecnologías.

La sociedad cobra conciencia de las malas políticas económicas, la falta de regulaciones, escasa supervisión y la ilimitada codicia e irresponsabilidad financiera a costa del bien ajeno. Se exige el cese de la impunidad, de la delincuencia política y financiera, y ya se ha sentado en el banquillo, acusado de negligencia grave, el ex primer ministro islandés Geeir H. Hardee. Pero deberían ser muchos, muchos más.

Aunque la globalización es ya imparable, habrá que replanteársela en otros términos, en particular en lo que respecta a la coordinación entre los Estados para el control y la supervisión de la economía financiera y la abolición de los paraísos fiscales. Derivar la economía productiva hacia la economía financiera —en Estados Unidos ella constituye el 8,5 % del PIB y un 30 % de los beneficios— puede ser tan peligroso como caminar sobre un pavimento de humo. La riqueza de los países no proviene de la prestidigitación financiera, sino de la innovación y el trabajo. Los ingenieros de máquinas y puentes deberán recuperar protagonismo frente a los ingenieros de nubes. Y recordar a Albert Einstein cuando enunció que “el pensamiento que ha creado la crisis no puede ser el mismo que va a solucionarla”.

Se cobra conciencia de que un modelo basado en una espiral de consumismo y sobreendeudamiento progresivo es, simplemente, insostenible. Grecia, Portugal, Italia y España son testigos. Y Estados Unidos, donde la transferencia de la deuda privada hacia la deuda pública elevará el endeudamiento del Estado a un 80 % de su PIB. Puede que esto sirva para regresar a la antigua virtud del ahorro desde las familias hasta los países. Y eso puede derivar en el restablecimiento de las dinámicas a largo plazo en las decisiones económicas frente a la mentalidad del aquí y ahora y la cultura del pelotazo.

Si no lo hacen los poderes financieros, los Estados tendrán que imponer al capital normas y valores más allá de la pura codicia. El resultado último de la evolución es el hombre, no el dólar. Schumpeter y Hayek ya enunciaron que la economía también tiene que sustentarse sobre valores, más allá de los tipos de interés.

La explosión de la burbuja inmobiliaria, que ha dejado a media España en el paro —se construía como si todos los jubilados del continente se fueran a mudar a la península—, también tiene sus lados buenos. Y no son pocos. Con el aumento del desempleo, muchos inmigrantes han regresado a sus países con sus indemnizaciones, transfiriendo no solo capital, que ya está fomentando el desarrollo, sino experiencia. Aumenta la tendencia de los jóvenes al alquiler de viviendas, no a la compra, lo que favorece la movilidad laboral. El abaratamiento de la vivienda podría redundar en un incremento de la natalidad, lo que a su vez contribuiría al mantenimiento del sistema de pensiones. Y, sobre todo, la explosión de la burbuja demuestra que España está obligada a reconsiderar su modelo de desarrollo, que no puede descansar en el turismo y el ladrillo, sino en la sociedad del conocimiento. Y a eso contribuye el que, ante la escasa oferta laboral, muchos jóvenes que habían abandonado sus estudios, reingresan en procesos de formación y se recalifiquen.

Pero no es la única burbuja que ha estallado con la crisis. La burbuja del neoliberalismo como verdad suprema también se ha desvanecido. El mundo está abocado a una economía más racional y tangible, basada en la producción y el consumo responsable. Y junto a ésta, la burbuja mediática y política de los vendedores de ilusiones. O la burbuja de una buena parte del “arte contemporáneo” —ya Sotheby's ha tenido dificultades para concluir muchas de sus subastas—, al no representar valores seguros, valores refugio para la riqueza desmedida de una oligarquía mundial. Posiblemente el arte de los próximos años valore más el virtuosismo, la imaginación y las ideas que el exabrupto snob.

También los modelos de negocio han evolucionado con la crisis. No sobrevive el más fuerte ni el más grande, sino el que mejor se adapte y evolucione con racionalidad ante las nuevas circunstancias: innovación, contención del gasto, mejor relación calidad/precio, productividad y una atenta observación de las necesidades del cliente.

La crisis tiene, incluso, sus virtudes ecológicas. El consumo responsable comienza a sustituir la filosofía del usar y tirar. Se racionaliza el empleo de los recursos. Se acelera la carrera por las energías renovables (basta visitar los últimos salones del automóvil). Se recicla con más entusiasmo y, ante la imposibilidad de perpetuar el plan renove de elecrodomésticos y automóviles, ha reaparecido en los diccionarios una palabra olvidada: reparar.

Y la ecología social: Se racionaliza la proliferación de funcionarios e instituciones redundantes o simplemente innecesarias que se multiplicaron alegremente al amparo de los contribuyentes. Aunque aún distamos de poner coto al despilfarro de políticos.

Alejo Carpentier ya observaba que los siglos no se ajustaban exactamente al calendario y que, por ejemplo, el siglo XIX había comenzado con la Revolución Francesa y el siglo XX con la Revolución de Octubre. Desde esa perspectiva, el siglo XXI comenzaría con la caída del muro de Berlín, aunque muchos cifran ese inicio el 11 de septiembre de 2001, con la caída de las Torres Gemelas. Pero este siglo XXI debería comenzar el 15 de septiembre de 2008, con la quiebra de Lehman Brothers, cuando empezamos a preguntarnos si este es el modelo de sociedad que deseamos legar a nuestros hijos.


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