Actualizado: 19/07/2019 13:12
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María Cristina Herrera

La fundadora del Instituto de Estudios Cubanos fallece en un momento en que renacen las esperanzas de que al fin se inicie ese diálogo entre cubanos por el que siempre abogó

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En una esquina de Coral Gables, en la confluencia de dos calles que no sé cuales son, María Cristina Herrera fundó un templo para la tolerancia.  Allí tuve la oportunidad de quedarme varias veces y visitarla otras.  Cada vez fue una oportunidad para conocer gente de muchos tipos que constituyen ese mundo variado de lo que llamamos el exilio cubano en Miami. Y también para conocer mejor a María Cristina, sin lugar a dudas una de las personas más activas y atractivas de ese exilio.

Esta mañana, cuando recibí la noticia de la muerte de Maria Cristina quise recordarla por su obra. Pensé en su activa participación en aquel lejano diálogo  con el gobierno cubano en los 70s, que abrió una primera grieta a la separación antinatural de las familias cubanas en el marco de los extremismos de todas partes y que le ganó un bombazo en la cochera de su casa y muchas amenazas. También pensé en su calor especial al Instituto de Estudios Cubanos, un espacio pluralista de debate y contactos académicos de los “cubanólogos” de todas las orillas.  Luego recordé su obra escrita y en particular esos testimonios inspiradores llamados algo así como el vuelo de una mariposa. Una colección de escritos que nos recuerdan que una persona y una convicción son siempre el inicio de hermosas historias.

Pero prefiero recordarla por su templo, donde acostumbraba a reunir decenas de personas en unas conversaciones desordenadas en que reía y lloraba. Eran reuniones sin odios ni exclusiones, propio de una anfitriona que confesaba tener como cubanos preferidos a Maceo y a Lecuona. De una persona que declaraba como elemento esencial de su existencia ser “una mujer de la iglesia”, pero que acogía a toda esa gama de colores y matices que hoy llamamos la alteridad. De una persona que no sabía cocinar resentimientos a pesar de que había sido condenada al ostracismo por el odio irracional de una élite que hizo de la separación y el ostracismo un vulgar instrumento de la política. Desde su templo, María Cristina era exactamente lo que un día dijo que eran los boricuas: como la ranita coquí, aparentemente débiles, pero muy fuertes; no se les ve, pero siempre se les oye.

La última vez que la vi fue durante mi última visita a Miami hace apenas dos meses. Estaba recluida en su templo con tremendas dificultades respiratorias, pero siguiendo minuto a minuto no recuerdo que acontecimiento político mundial. Junto a otros dos amigos —Siro del Castillo y Juan Antonio Blanco— conversamos de muchos temas, y entre ellos sus ideas para continuar relanzando el Instituto de Estudios Cubanos.

Nos fuimos de su casa convencidos de dos cosas. Una que su estado de salud era terrible y había que esperar un desenlace en un plazo no muy lejano, que ya llegó. La segunda, que iba a esperar su plazo sin descansar.

Y ojalá que así sea siempre, que no descanse. No tiene derecho, ella, que nos obligó a muchos a pensar en reconciliaciones y re-encuentros, como si fueran cosas fáciles. Y se va justo cuando más falta hace. A lo sumo se le otorgaría un permiso para que vuele a Santiago de Cuba, donde nació hace 76 años y al que nunca pudo regresar sino de puntillas. Y desde allí nos siga brindando humildemente la grandeza de su templo.


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