Actualizado: 15/12/2017 17:30
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Cuba, Elecciones, Disidencia

Máscaras políticas: movimiento propositivo

En la más rancia tradición castrista, el abstencionismo se suma al bando opositor como consuelo frente al bajo voto antigubernamental, que debería ser el foco de la atención

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Para pícaros y habilidosos
ya tenemos bastante con Fidel Castro
Francisco Chaviano, 2011

Los lidercillos (jet set) de la oposición pacífica cuadraron el círculo de la política. En vez de hacerla con y para eso que llaman pueblo, se dedican a hacerlo con y para ellos mismos, junto a unos cuantos allegados de relleno. No andan callandito entre cubanos tratando de convencerlos para que al menos voten contra el gobierno. Esta acción directa y unificadora no es política para ellos; sí lo es, en cambio, andar con bulla mediática desfogándose en graforreas y logorreas[1] que acumulan innumerables encuentros y reuniones, proyectos y campañas, llamados, cartas abiertas y demás performances en papel o en persona sin arrojar ningún resultado práctico.

Ninguno pide a eso que llaman pueblo hacer algo más allá de echar una firmita aquí, por favor, siempre con intención de ir a arrastrarse ante el gobierno a pedirle leyes. Incluso las marchas domingueras se asocian a una petición —ley de amnistía— que, como es usual, se dirige sin respaldo popular a la dictadura revuelta y brutal que desprecia a los peticionarios.

Según el Dr. Juan Antonio Blanco, el “movimiento propositivo” habría tenido su “momento de mayor madurez” en aquel Camino del pueblo (2011) que hasta Rosa María Payá dejó por vereda para urdir la campaña Cuba decide (2014) con la misma psicopatía de recoger firmas y exigir —sugestión maníaca por solicitar sin posibilidad alguna de concesión— un plebiscito que solo la asamblea nacional puede convocar y ningún diputado apoyará.

Además de abogar por “un plebiscito vinculante”, más de 100 dirigentes de 23 organizaciones del archipiélago y 32 del exilio fijaron en la Declaración de San Juan [de Puerto Rico], como cierre del llamado Primer Encuentro Nacional Cubano, una serie de principios no negociables. Ya no es tanto la sonsera contrafáctica del plebiscito que jamás se convocará y la negociación que nadie del gobierno entablará, sino más bien la pose de actor político en pasarelas mediáticas del ultramar con peticiones rastreras a la dictadura, ya que jamás podrán arrancarle concesiones sin antes ganarse a eso que llaman pueblo.

Disidencia azorada

Los lidercillos sin masas de la oposición pacífica se azoran con la lucha electoral y encuentran hasta justificación del desdén hacia la acción política directa de votar contra el gobierno en artículos como “Los ‘cerrojos’ del sistema electoral cubano”, que la Dra. Marlene Azor no pergeñó con ánimo de proveer ganzúa, sino de pasar pestillo.

Ante la premisa factual de que las elecciones periódicas no son libres ni secretas, se concluye facilito qué hacer: “es necesario transformar la Ley Electoral”. No se dice cómo, pero a menos que ocurra una revuelta popular o un milagro, transformar la ley electoral presupone transformar la asamblea nacional y pacíficamente esto podría hacerse ya solo si sus escaños son ocupados por bastantes diputados contrarios al régimen, quienes irremediablemente tendrían que ser elegidos conforme a la propia ley electoral que es necesario transformar.

Este problema de la oposición pacífica se elude al repasar los problemas de la ley electoral vigente[2] desde la confusa perspectiva que amalgama —a pesar de estar bien discernidas por el jurista opositor René Gómez Manzano[3]— las elecciones generales y parciales. De este modo se incurre en el error vitando de que “la ‘elección’ de los candidatos que se someten a la votación popular son designados por las Comisiones Electorales Nacional, Provincial, Municipal y hasta las Comisiones de Circunscripción (…) Quien propone no es ‘el pueblo’ sino una serie de personas escogidas por las máximas instancias de dirección estatal y partidarias”.

Dualismo electoral

Hay que leerse bien la ley para encontrar ganzúas en vez de pasar pestillos. Las comisiones de circunscripción no designan candidatos, sino que elaboran la lista de los candidatos (Artículo 29.c) nominados en las asambleas generales de electores (Artículo 78), en las cuales “el pueblo” propone a quien desee, ya que todo elector tiene derecho a proponer candidatos, y entre los propuestos resulta nominado quien obtenga mayor número de votos (Artículo 81) en votación directa y pública uno a uno en el mismo orden en que fueron propuestos (Artículo 83.e).

En las pasadas elecciones parciales ningún lidercillo fue propuesto por sus vecinos, como sí lo fue el opositor de a pie Yuniel Francisco López, ni se propuso a sí mismo, como Hildebrando Chaviano. Ambos casos echan por tierra la justificación de que el voto directo y público “exige de los ciudadanos una simulación de acuerdo, intimida a los electores y limita la propuesta de otros candidatos porque aprobarlos a mano alzada significa retar a las autoridades”.

Lo que sucede es que los lidercillos andan en otra política. Para nada importa que las turbas castristas dieran actos de repudio a Chaviano y López, porque los lidercillos están acostumbrados a recibirlos por cualquier otro motivo, ni que las comisiones de circunscripción, encargadas de circular y exponer las fotos y biografías de los candidatos (Artículo 29.d), apostillaran que Chaviano y López eran contrarrevolucionarios. Así propiciaron más bien que hasta los electores más despistados supieran que no eran candidatos del gobierno.

Las elecciones parciales se celebran cada dos años y medio para elegir a los delegados a las asambleas municipales. Quien propone y nomina a los candidatos es “el pueblo”. Por el contrario, en las elecciones generales —para delegados de las asambleas provinciales y diputados de la asamblea nacional— las candidaturas vienen impuestas a rajatabla desde arriba. La oposición pacífica no tiene ya la opción de proponer candidatos. Tan sólo puede convencer a la gente de que votar por cualquier candidato es votar por el gobierno e instar al único voto posible en contra del gobierno: dejar la boleta electoral en blanco o anularla.

La justificación de que “el pueblo” ni siquiera es libre al entrar a una cabina opaca para enfrentar —a solas y lápiz en mano— a los candidatos del gobierno que aparecen en boleta impresa, se viene abajo con que en las pasadas elecciones generales 94.808 electores anularon sus boletas y 364.576 optaron por dejarlas en blanco. Pero los lidercillos no están interesados en sudar la camiseta para que esas cifras crezcan hasta deslegitimar al gobierno.

Estadísticas picarescas

De ahí que en el artículo sobre los cerrojos “el centro del problema se encuentra en la cifra de los electores inscritos (…) Según la página digital del Granma nacional del lunes 4 de febrero, la cifra de inscritos una hora antes de cerrar la votación el domingo 3 de febrero, era de 8 868 597 electores (…) Los resultados finales redujeron el número de inscritos en 200 140 votantes”. Semejante escándalo merecería llevarse a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pero quien se atreva a hacerlo terminaría siendo el hazmerreír de la audiencia.

El sábado 2 de febrero, la Comisión Electoral Nacional (CEN) notificó por todas las bandas que “ocho millones 631 mil 836 cubanos” estaban convocados a las urnas. El domingo 3, día de los comicios, los partes oficiales de la CEN refirieron “más de 8 600 000”[4]. El lunes 4 aparecen sólo en Granma 8.868.597 en vez de 8.668.457 electores inscritos, que fue la cifra final del padrón electoral. Aparte de mentir, Granma comete errores tipográficos, como 8.868.597 en vez de 8.668.457, pero es mejor agarrarse de la cifra errada —que jamás apareció en ningún parte de la CEN ni en ninguna otra nota de prensa— para epatar con que “la Comisión Nacional Electoral y los medios de información pública hicieron desaparecer 200 140 votantes inscritos”.

El padrón electoral final de 8.668.457 electores muestra 36.621 más que el padrón inicial de 8.631.836, porque siempre hay inscripciones de última hora que las mesas electorales agregan en el momento de la votación conforme a la ley: verificando “a través del Carné de Identidad o documento de identidad de los institutos armados y mediante el testimonio de algunos de los electores presentes que el interesado, atendiendo lugar de residencia y por no conocerse algún impedimento legal, puede ejercer el derecho al voto” (Artículo 109).

Luego de transfigurar un desliz periodístico en “el centro del problema” electoral, la magia negra del anticastrismo puede hacer más por la causa. Como los electores inscritos no son aquellos reportados por la CEN, sino los 8.868.597 que una sola vez aparecieron por error en Granma, se procede a restar la cifra oficial de votantes [7.877.906] para espantar que “un total de 990 691 no acudieron a las urnas”. Enseguida se agregan los 364.576 que dejaron sus boletas en blanco y 94.808 que optaron por anularlas para llegar a 1.450.075 y concluir así que “casi un millón y medio de cubanos dijeron NO, de la manera que el sistema electoral lo permite”.

En la más rancia tradición castrista, el abstencionismo se suma al bando opositor como consuelo del más bajo voto antigubernamental, aunque se sabe que la apatía electoral favorece al status quo. Y sin querer salta la liebre de que los cubanos tienen cierta manera de decir NO, así que las campañas opositoras por un plebiscito resultan superfluas, además de irracionales. No obstante, lo más triste es que 7.418.522 cubanos dijeron SÍ.

Coda

Esos casi siete millones y medio de cubanos propician al movimiento propositivo la cuadratura del círculo. La inmensa mayoría está en contra del gobierno, pero vota a favor porque son rehenes del Estado totalitario y no tienen libertad ni siquiera para votar a solas dentro de una cabina, ergo no vale la pena hacer campaña a puertas cerradas y en susurro para que voten contra el gobierno. Lo que hay que seguir haciendo —con bombo y platillo— es largar llamados a “todos los cubanos” por Internet para que respondan unos cuantos, casi todos residentes en ultramar; o poner delante de quienes viven dentro algún panfleto a firmar con peticiones de ley, para que sirvan de relleno a lidercillos obsesionados con arrastre ante el gobierno para pedir algo que nunca dará y así ganarse un premio u otra asignación de fondos; o convocar desde marchas hasta lecturas, sin importar para nada que, en la primera vuelta de las elecciones parciales de este año, 715.781 rehenes se sintieron a solas tan libres que votaron contra el gobierno[5].



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