Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Represión, Opositores, Cambios

Perspectivas de la democratización: Dos cursos de acción

El comunismo asiático, con sus casos emblemáticos de China y Vietnam, ha dado evidencias del error que constituye el aplicar un molde conciliatorio con el totalitarismo

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La neutralización de toda coordinación opositora es una tarea obligatoria y prioritaria del despotismo. Diferencias cualitativas agudizan esa promoción de ineficacia. Las dictaduras de dominación total presentan un problema considerablemente más profundo a las ansias de democratización. Estas diferencias han sido, por lo general, ignoradas en cuanto a los formularios democratizadores que se han implementado o/e intentado. Las campañas más exitosas en promover la democracia dentro de regímenes no-democráticos y las que han sido un fracaso, dan testimonio de nuestra aseveración.

Factores internacionales presentados como conflictos o/y guerras, acontecimientos regionales, procesos de descolonización, alianzas, corrientes de solidaridad, intereses multinacionales, acuerdos comerciales, etc., han influenciado notablemente la exitosa materialización de cambios de regímenes desde que se graba la historia (directa o indirectamente). El advenimiento de la democracia, como modelo socio-político operacional, capturó muy rápido la imaginación global. Su aplicación, sin embargo, ha tenido un camino más tortuoso. La ejercitación democrática se ha propagado más en la discursiva, la imaginativa y lo teórico que en la práctica concreta. Más de dos siglos y un cuarto después de que la revolución estadounidense y la francesa marcaron la entrada de la democracia funcional moderna, existe sólo una tercera parte del mundo con democracias plenas establecidas. Un gran número de politólogos se han referidos a las corrientes históricas que vienen reflejando como olas, las inclinaciones hacia la democracia.

Esta noción tuvo a Samuel P. Huntington como su original promotor. El célebre politólogo norteamericano, postuló en un libro que publicó en 1991, que ha habido tres olas[1] (hay quienes argumentan que la Primavera Árabe es la cuarta). La idea de conceptualizar el proceso como olas obedece a que este fenómeno marino viene con manifestaciones de reflujos (tipificados en el caso de Huntington como reversiones), lo que facilita la visualización de los casos que no lograron perdurar como democracias. Según la premisa consensuada (pero no sin críticos), la primer ola ocurrió a principio del siglo XIX y duro hasta 1922. Esta ola vio el florecimiento de veintinueve democracias, de la cual, tras el reflujo vinculado, hacia 1944 sólo quedaban doce. La segunda ola abarcó el periodo de 1945 a 1962. Esta segunda agrupó, según la propuesta de Huntington, treinta y seis democracias, de las cuales seis fueron revertidas, dejando la suma de treinta democracias consolidadas. La tercera ola, surgida en 1974, trajo un saldo de más de cien democracias en determinados momentos. No existe un consenso en cuanto al arribo del reflujo final de la tercera ola. Algunos apuntan al año de 2002 (ataque del 11 de septiembre) como ese punto. Este periodo incluyó el gran proceso de democratización en Europa del Sur, América Latina y Asia de las décadas de 1970 y 1980. También incorpora la caída del comunismo soviético que repercutió en Europa Oriental y la extinta Unión Soviética a finales de la década de los años de 1980 y 1990. Esta tercera ola ya ha demostrado su faceta de reversión democrática cualitativa.

El punto aquí no es debatir los méritos o no de la propuesta de Huntington y su utilización generalizada en el entorno académico libre. Lo concreto que se puede extrapolar de la tesis, es el hecho de que el proceso democrático referenciado en ese periodo (formalizado o incipiente), ha visto una reversión significativa al despotismo (o fuertes trazos de la misma). Aquí es donde unimos la base de este libro enfatizando el diferencial cualitativo de dictaduras, como punto de partida a priori, para ejecutar premisas democratizadoras apropiadas al modelo en cuestión. Es como buscar la receta exacta para el mal respectivo. Postulamos que la reversión que se ha vivido en los países que abandonaron el despotismo en las décadas de 1970 a 1990, regresando a estructuras políticas no-democráticas, puede reflejar fallos en la apreciación previa del modelo dictatorial. Estos errores de cálculo han sido cometidos tanto por las democracias que se han interesado en promover la propagación democrática, como por los actores políticos autóctonos dentro de esos lugares donde el despotismo fue derrumbado.

Existe una generosa cantidad de transiciones democráticas que se frustraron. De los veintiocho Estados que declararon haber dejado el modelo comunista soviético en 1991, trece años más tarde, en el 2004, sólo ocho se podían identificar como regímenes democráticos (la República Checa, Polonia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Eslovenia y Croacia). La absorción de la antigua Alemania Oriental por la República Federal de Alemania (antigua Alemania Occidental) también forma parte de este grupo exitoso, aunque no la mencionamos por su forma excepcional de adoptar la democratización. El sombrío record que la matemática revela en el caso del ex bloque soviético, da mérito a nuestro planteamiento. Por una parte, la deficiencia medida por la fomentación democrática exitosa de algunos y, por otra, las reversiones de procesos de transición (o prometedor), requieren del examen cuidadoso de los dos modos con que el mundo libre y los movimientos políticos han intentado promover la democratización.

Básicamente se ha seguido un curso conciliatorio o uno de confrontación. La estrategia conciliatoria busca por medio del intercambio comercial y de acuerdos políticos, alcanzar la cooptación del régimen no-democrático y atraerlo al campo de la democracia. Promueve una coexistencia donde se aceptan las normas dictatoriales y no se cuestiona la legitimidad del régimen. Esta posición se sustenta en numerosas premisas que incluyen la teoría de modernización. Politólogos como Seymour Martin Lipset, han sostenido que los cambios sociales que produce la modernización, concuerdan con la presión poblacional para el establecimiento de la democracia.[2] Varias justificaciones racionalizan esta política hacia la dictadura como medio democratizador.

Se cree que los lazos comerciales establecen una supuesta interdependencia. El incremento de la riqueza nacional produce una subsecuente elevación en el estándar de vida de la sociedad. Esto, se espera, estimularía la cúpula dictatorial a sentirse segura y buscar acomodar una apertura política. Se considera con esta premisa que la sociedad civil, agente indispensable en cualquier democracia, recogería fuerza y haría una contrapresión al oficialismo despótico. Otra noción promovida es que buenos lazos comerciales forjarían una efectiva campaña de relaciones públicas que sobrevolaría la censura dictatorial y estimularía un reclamo popular del cambio. También se apuesta a que voces moderadas dentro del régimen no-democrático, podrían romper el tímido silencio e iniciar un carril de pacto con la oposición, persuadiendo a los duros a transitar hacia la democracia.

La creencia subyacente detrás de la metodología conciliatoria, termina reposando siempre en que la democracia será el producto final de buenas relaciones de negocios, de un trato amistoso con el mundo democrático y de una mejoría material en la calidad de vida. La fórmula de la confrontación es diametralmente opuesta. La misma presupone un repudio del régimen democrático hacia el no-democrático. Moralmente, el mensaje es claro. Esto difiere de la postura ética de la estrategia conciliatoria que puede, por un lado, criticar a la dictadura por violaciones a derechos básicos y, a la misma vez, intercambiar mercancía, otorgar créditos, promover inversiones, etc. La línea de enfrentamiento no permite ambivalencias morales en su posición. El dominio dictatorial, bajo esta postura, no es reconocido como legítimo en su reclamo del poder político. La confrontación será manifestada en diversos modos.

Presente siempre en la metodología de confrontación, está la amenaza bélica. Esta puede ser directa, indirecta o imaginaria más que real. El ostracismo es otra arma poderosa para facilitar la caída del régimen no-democrático. Esta intención se despliega en foros internacionales, instituciones financieras, organismos comerciales, etc. Naturalmente, las relaciones comerciales relevantes con el mundo libre estarían fuera de consideración, siendo eso una inmerecida premiación. Una estrategia de enfrentamiento comercial genuina, requeriría la extensión de embargos y sanciones a proporciones internacionalistas entre los aliados democráticos. La idea es simple. Para una dictadura, sobre todo las totalitarias, los costos de mantenerse en el poder por la fuerza, resultan en una enorme suma de dinero. Elevar el costo operativo del régimen despótico, busca negarle a los órganos represivos los fondos necesarios para conducir su trabajo: el de inhabilitar la coordinación política de la oposición. La metodología referenciada al confrontar la dictadura en numerosos frentes, busca allanar la alternativa de un cambio sistémico, preferiblemente, desde adentro. La vía violenta de una rebelión o de un golpe de Estado, no son las únicas alternativas viables. También se aspira a romper el cerco monolítico de la élite gubernamental e iniciar una liberalización integradora del sistema político, no sólo del lado económico. Una salida pactada pero sin concesiones de exención punitiva, pudiera producir una transición sólida hacia la democracia.

Como se puede apreciar, estas dos manifestaciones de políticas confeccionadas para llegar a una democratización en regímenes donde no existe, ha tenido resultados mixtos. Esto ha ocurrido dentro de la aplicación de ambos formatos metodológicos. De manera que la evidencia apunta a que la problemática no descansa en la especificidad de cada modelo estratégico per se. Tanto el modo conciliatorio como el de confrontación, tienen historias de éxitos y de fracasos. La deficiencia queda señalada como una de aplicación errónea, atribuible a una falsa percepción del modelo dictatorial en cuestión. Equivocadas suposiciones en el análisis del fenómeno político, conllevó a la ejecución de la estrategia democratizadora inapropiada.

La historia demuestra que el formato conciliatorio, con sus acercamientos comerciales, acuerdos y alianzas establecidas entre el dominio no-democrático por un lado y el orbe libre por el otro, tiene una sólida trayectoria. Pero este no ha sido el caso a través del tablero. El éxito del modo conciliatorio/comercial solamente ha rendido frutos democráticos en las dictaduras que se subscribían netamente al autoritarismo. Taiwán, Corea del Sur, Brasil y España[3] son algunas de las democracias actuales, donde esta política conciliatoria desembocó en democracia. Su aplicación al despotismo totalitario, sin embargo, ha demostrado ser un fracaso contraproducente.

El comunismo asiático con sus casos emblemáticos como China comunista y Vietnam, han dado evidencias del error que constituye el aplicar un molde conciliatorio con el totalitarismo. La premisa de que la democracia pudiera llegar por medio del intercambio comercial, de modificaciones en la economía, de avances materiales indiscutibles y de una aparente política de coexistencia con las democracias del orbe, queda hasta el día de hoy, invalidada. Las dictaduras de dominación total han demostrado una inmunidad a cualquier efecto de contagio democrático, producto de la comercialización y la modernización. Todo lo contrario. Uno de los fundamentos de la metodología estratégica conciliatoria es la anticipada expansión de la sociedad civil. Aquí vemos otra demostración de ignorancia que resulta negligente y dañina hacia pretensiones democratizadoras.

La relevancia de ampliar la sociedad civil es enorme. El vínculo entre esta institución plural (por su efecto competidor con el Estado) y la democracia, es real. El aporte que brinda la comercialización al acrecimiento de la sociedad civil en regímenes dictatoriales, es válido cuando el modelo socio-económico no es de planificación. Muchas dictaduras autoritarias encajan en esta descripción. No es el caso en los regímenes de dominación total. Pese a una falsa percepción predominante (como hemos ya enfatizado), el mercantilismo que se ejerce en China comunista y Vietnam (para dar sólo dos ejemplos obedece a un plan central coordinado por y subordinado al poder político. No son economías de mercado, aunque se muevan dentro del mercado global del comercio. Mucho menos son capitalistas, a pesar de estas acumular capital y de poseer propiedad (bajo las directrices del oficialismo). Consecuentemente, toda la actividad económica en estos modelos depende del consentimiento dictatorial político. Esto es el caso, tanto dentro del sector público como del privado. La comercialización que recibe licencia de la política conciliatoria, fortalece, no a la sociedad civil, sino a las instituciones represivas que están bajo el mando del poder político. El resultado es una domesticación social, la cooptación generalizada y el fortalecimiento de la cultura totalitaria enrolando a la sociedad en masa en la promoción tácita de la ineficacia política.

El método de enfrentamiento no solamente tiene aplicación en torno a producir la caída del despotismo. Los procesos de transiciones han visto igualmente la encrucijada de decidir entre cuál de los procedimientos aplicar. El ex bloque socialista nos ofrece en este tema, un laboratorio excelente para acentuar nuestro punto. Gran parte de los ejemplos que alcanzaron grados satisfactorios de democratización, fueron esos que habilitaron un enfrentamiento contra, no sólo el dominio no-democrático per se, sino contra el sistema íntegro propiamente (el comunista), e.g., Polonia, la República Checa, Lituania, Estonia, Lituania, Alemania Oriental, Hungría, Eslovenia y Croacia. La teoría de confrontación, como estos casos dejan ver, consiste de movimientos desde abajo conteniendo elementos no-colaboracionistas con el sistema y desafectos dentro del gobierno. La democratización cursó un tránsito más sólido en estos casos, producto de la metodología escogida. En el timón de los nuevos gobiernos, estaban líderes comprometidos con el desmantelamiento del régimen totalitario preexistente, no con su reforma y menos con su “salvación”.

La imposición (directa o indirecta) desde abajo, como sugieren los casos referenciados de Europa Centro-Oriental (hoy democracias funcionales) previamente expuestos, da muestras del superior efecto que tuvo el curso de la confrontación sistémica, cuando se trata de dictaduras de dominación total. Rusia, Kazajistán, Tayikistán, Mongolia y Rumanía son sólo algunas muestras de transiciones democráticas fracasadas o aún en gesta, muchos años después de la supuesta “caída” del comunismo soviético. En estos ejemplos, la actitud hacia el dominio dictatorial preexistente no fue la de enfrentarlo, desplazarlo y democratizarse en la praxis. En estos casos mencionados, pese a una verbosidad inicial sobre lo contrario, el cenit del nuevo poder se acomodó en conciliación armoniosa con el ancien régime. Estos procedimientos lograron cambios pero dentro del marco autocrático.

Kazajistán y Tayikistán representan solamente dos de las antiguas repúblicas anexas a la extinta Unión Soviética que nunca abandonaron un régimen no-democrático. Más interesante es el propio caso ruso. Boris Yeltsin, figura emblemática de la caída del comunismo soviético, falló al priorizar reformas económicas antes que las políticas. El parlamento cuasi-democrático en marzo de 1990 consistía, predominantemente, de comunistas. La crisis constitucional que conllevó al país al caos, con el ascenso de Vladimir Putin, vio la expiración de la transición democrática en Rusia. Mongolia no presenció directamente un cambio del monopartidismo, sino hasta 1996. Rumanía, quien concluyó violentamente con el régimen del dictador comunista Nicolae Ceaușescu, daba toda la apariencia de tipificar un usuario del método de confrontación. El caso rumano resultó más bien un caso de simulador oportuno. El Frente de Salvación Nacional, entidad política dominada por comunistas que tomaron las riendas del poder tras la ejecución de Ceaușescu, desmanteló la figura del dictador pero no el sistema no-democrático. Rumanía presenció sólo para el 2004, quince años más tarde de la llamada revolución rumana de 1989, el primer ascenso al poder de un demócrata.

El punto debe de presentarse ya como obvio. Perspectivas democráticas urgen la valoración del punto de partida. Dictaduras totalitarias requieren un enfoque considerablemente más integrador, cuando se pretende institucionalizar un modelo socio-político tan pluralista como la democracia. Para provocar la caída del régimen dictatorial totalitario, la confrontación es la vía más viable y eficiente. Una vez desplazada la dictadura de dominación total, hay que suministrar igual energía y enfoque para asegurar que la transición hacia la democracia no se trunque. El mecanismo que más seguridad ofrece para poder completar el proceso democratizador, es el reto frontal al sistema preexistente. Esto requiere su desmantelamiento y la obstaculización de corrientes extremistas anti-sistemas que, seguro, conspirarán para tratar de tomar nuevamente el poder. Sería una triste ironía que esto sucediera a través del mismo modelo que aplastaron: la democracia. La inversión para promover el capital democrático entre la sociedad es imperativo.

La realidad que se conoce o que se percibe es delimitada por la cultura. Los regímenes totalitarios conocen esta realidad. La imposición y manutención de la contracultura es un medidor del éxito dictatorial y de sus movimientos afines. La consecución triunfal de una sociedad libre en democracia, evoca una concienciación cívica democrática, en otras palabras, la propagación de una cultura de libertad. Sin una fundamentación que sostenga en qué consiste esta forma politizada de practicar la barbarie, los sistemas democráticos y sus sociedades quedan en el riesgo de despedazarse. Sin un asentamiento adecuado, ¿cómo se espera que caigan las dictaduras más recalcitrantes que han sobrevivido y que transiten a la democracia con libertad?



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