CUADERNODECUBA: “La pequeña corrupción”, por Alejandro Armengol.
Era a mediados de la década de 1970 y ese día me había tocado ir a la microbrigada. “El es buena gente. Yo he estado en su casa”, dijo de pronto uno que trabajaba a mi lado. Se refería a quien era entonces ministro del Trabajo, un sujeto desagradable y distante, de baja estatura, que siempre asistía a las reuniones enfundado en una chaqueta de cuero negro, para que a ninguno de los asistentes le quedara duda de que vivía en un clima refrigerado.
“¿Y que tu hacías en casa del ministro?”, le preguntó otro, mientras la capa de relleno en la pared seguía aumentando de volumen innecesariamente (“A mí que me importa, no voy a vivir aquí”, había respondido antes, cuando le advirtieron que todo ese cemento y arena, mal mezclado y acumulado terminaría rajándose a los pocos meses).
“Fuimos a hacer un trabajo”, y no había orgullo, pero tampoco pena o bochorno en sus palabras.
“Así que el ministro mandó a hacer una reparación en su casa a miembros de la microbrigada. Yo jamás hubiera ido”, afirmó el que seguía tirando mezcla contra la pared, aunque la mitad de cada paletada caía al suelo.
“No fue un arreglo, fue una ampliación”, dijo el primero, que comenzaba a arrepentirse de sus palabras.