DESDELAHABANA: “Los Castro y los Kim: historias paralelas”, por Iván García (Con vídeo)
Los autócratas son clones de una misma camada. A ellos no lo separan las ideologías, los une la ambición enfermiza por el poder. Todos y cada unos de los dictadores modernos se consideran iluminados. Tipos imprescindibles en el mapa nacional. Padres de la Patria. Insustituibles. Narcisistas a más no poder. Egos sobrados. La nación es su finca privada.
Surgen en períodos de mal gobierno, crisis económicas, guerras descolonizadoras o desestabilización política. Suelen tener una fórmula infalible debajo del brazo para catapultar el país hacia delante. Cuando se encuentran en estado embrionarios son muy populares. Los seres humanos necesitan íconos. Héroes. Líderes de mano dura.
Entonces los déspotas entran por la puerta de atrás. En este siglo 21, de internet, redes sociales y digitalización, ya quedan pocos. Se pueden contar con los dedos de las manos. En Guinea Ecuatorial un señor impresentable llamado Teodoro Obiang reúne todos los ingredientes de un dictador.
Las monarquías del Medio Oriente o Marruecos son otra variante de dictaduras. Dinásticas, naturales. Por sangre, el trono le pertenece a una familia. Y nada, o poco, se puede hacer contra eso. Ya en el siglo 18 en media Europa existían monarquías, pero después de la Revolución Francesa, surgieron formas republicanas y los reyes y príncipes quedaron como meros objetos decorativos. Dedicados a hacer obras de caridad o crear fundaciones. Por cierto en una de ellas, el yerno del Rey Juan Carlos, Iñaki Urdangarín, está envuelto en un escándalo de corrupción. De choriceo, digo yo.