DILETANTESINCAUSA: “Sokurov ante el dilema del autor y el personaje”, por Roberto Madrigal
Siete minutos después de haber ganado el León de Oro en el Festival de Venecia, en septiembre del 2011, por su filme Fausto, el cineasta ruso Alexander Sokurov recibió una llamada de Vladimir Putin, quien lo felicitaba por el triunfo obtenido en el certamen. Lo que fue una sorpresa para muchos no es más que una historia que se inscribe perfectamente en la tradición rusa de las relaciones entre el poder y la cultura. No creo que desde principios del siglo veinte haya otro país en el cual las opiniones de los intelectuales, artistas y escritores tenga más peso político que en Rusia, aunque en la gran mayoría de los casos a continuación se procediera a despedazar a las cabezas que pensaron dichas opiniones.
Desde 1997 Sokurov, un realizador hermético y cenacular, cuya obra más popularmente conocida es Russian Ark (2002), estaba interesado en realizar una tetralogía sobre “el poder y sus efectos corruptores”. Comenzó con Moloch (1999), una siniestra sátira centrada en la figura de un Hitler que se parece más al Hynkel de Chaplin que al Führer real, durante un fin de semana en un castillo alpino, en el cual rodeado de sus fieles servidores (Goebbels y Borman entre ellos) discute de política y sufre raptos maníaco-depresivos. Continuó con Taurus (2000) en la cual presenta a un Lenin decrépito, quien atado a una silla de ruedas ve como se le escapa el control sobre sus colaboradores y su propia vida. Le siguió The Sun (2004) en donde un displicente Hirohito insiste en la continuación de la guerra a toda costa, a pesar de que los americanos ya están a unos metros de él, y renuncia a su carácter divino. La pobre distribución de estos filmes, su escaso rendimiento taquillero y la crisis financiera global casi imposibilitaron a Sokurov continuar con su objetivo. Fausto, más centrada en la necesidad del hombre de obtener conocimiento y poder a través de este, sería la obra que iba a cerrar este ciclo, pero el apoyo monetario no aparecía.
Como Putin tiene visiones de la Gran Rusia y ha expresado repetidamente su preocupación por “la decadencia de los valores rusos”, Sokurov, quien piensa que el estado tiene la obligación de defender la cultura nacional, se decidió a visitar a Putin, en su dacha en las afueras de Moscú, para pedirle su apoyo en la realización de su película.