ELNUEVOHERALD: “Gross en el desierto de Nuevo México”, por Miguel Cossío.
Tras un largo almuerzo, que tuvo como tema central el mejoramiento de las relaciones entre Washington y La Habana, Bill Richardson escuchó el recado del anfitrión: no se llevará de Cuba a Alan Gross; tampoco podrá verlo durante su estancia aquí; ni tendrá una reunión con mi jefe, el general Raúl Castro.
Vaya postre el que le tenía reservado Bruno Rodríguez Parrilla, el aún canciller de los Castro, debió de pensar el ex gobernador y, quizás, el político demócrata fuera de la administración Obama con mayor acceso al Salón Oval cuando de asuntos cubanos se trata.
Richardson había llegado a La Habana casi una semana antes con la ilusión, tal vez bien fundada, de solucionar el caso del contratista estadounidense, condenado a 15 años de cárcel. Pero el colofón de aquel almuerzo deshizo de golpe y porrazo todos los buenos oficios y la promesa a la señora Judy Gross, de que vería a su marido y comprobaría personalmente su verdadero estado de salud. “Me quedé perplejo”, declaró luego el ex gobernador.