ELNUEVOHERALD: “Mismo Putin, nuevas aguas”, por Jorge Ferrer
Como tantos occidentales que han visitado Rusia, Alexander von Humboldt no lo tuvo fácil cuando viajó allá en 1829. Nicolás I asignó un funcionario que velara por la buena marcha de la expedición del célebre naturalista. Pero el sabio y su involuntario cicerone no se entendían. Cuando el primero arrancaba hierbas de las márgenes de un río y pedía al segundo hundir los pies en el agua y alcanzarle una porción de cieno, el ruso creía que buscaba humillarlo. El alemán buscaba comparar los brotes que crecían en tierra firme y los que lo hacían bajo el agua. Pero el ruso –se lo contó a Alexander Herzen–, se hacía el sordo. Humboldt se desesperaba y ello solo servía para que su ayudante se afianzara en la idea de que el despótico occidental buscaba algo más que comparar hierbajos. Era otro el déspota al que servía, pero una equívoca idea del orgullo y una peor noción de la libertad le impedían cobrar conciencia de que le estaba negando un servicio a la ciencia, a su país.