ELPAÍS: “Poseído por Changó, amo del trueno”, por Manuel Vicent
El color rojo es un atributo de Changó, el orisha del trueno y de la virilidad. En la religión sincrética de la santería equivale a la santa Bárbara cristiana, que imbuye a sus neófitos arrojo, fortaleza y resistencia. No sería extraño que Hugo Chávez, en uno de sus viajes a Cuba, después de que un babalao le echara los caracoles y le limpiara con coco, hubiera sacrificado a Changó un animal de cuatro patas para ponerse bajo su protección. De hecho, la camisa roja adoptada como uniforme civil por Chávez para su revolución bolivariana obedece a la fuerza irracional, convulsa de este orisha más que al color rojo de la bandera del marxismo leninismo.
Hubo un tiempo en que ser venezolano era sinónimo de ser millonario. Bastaba con decir que tenías un tío en Caracas para que la gente te mirara con respeto, pero en Venezuela la absoluta riqueza de Epulón convivía con la extrema miseria del pobre Lázaro y ambas flotaban sobre un mismo mar inagotable de petróleo. La parábola bíblica del rico Epulón y el pobre Lázaro es la explicación más fiel de la economía neoliberal de la Escuela de Chicago. En la mesa donde comía el rico Epulón con sus amigos había toda clase de manjares y, arrodillado a sus pies, el pobre Lázaro esperaba que cayeran algunas migajas con que matar el hambre. La economía neoliberal está dirigida a que el banquete de Epulón sea cada vez más copioso, de modo que la comida rebose los manteles y finalmente se derrame por el suelo donde espera una legión de desarrapados esta bendición de Chicago. Cuando el señor ya está ahíto, empezará a comer el criado. Así debe ser. Así está escrito.
Hugo Chávez, como todos los caudillos populistas, soñó que un día el pobre Lázaro se rebelaría y, lleno de cólera divina, se levantaría en armas.