ELPAÍS: “Sorpresas viriles en la hora del cambio”, por Roger Salas.
Cuando el Ballet Nacional de Cuba (BNC) estrenó la obra en 1996, tuvo una buena acogida en todas partes, cosechando grandes críticas. En Madrid fue en el teatro Albéniz, donde los artistas cubanos gozaban de público fidelísimo. La compañía sigue teniendo el lógico interés, y debe verse con la perspectiva del presente.
Consuegra revisó a fondo su versión anterior de la Ópera de Marsella de 1988 y explotó las posibilidades técnicas de los cubanos que despuntaban entonces (una generación vital). Han pasado 15 años y el ballet global ha cambiado mucho las cosas, los objetivos de las puestas en escena, los rigores de su ensamblaje y presentación. Hay productos coréuticos que soportan mal el paso de lustros y algunos acusan en lo que fueron ocasionales virtudes, costuras y obsecuencia a ciertas modas. El trabajo clasicista de Consuegra retiene el brío, se valida en la materia bailable, pero la producción debe ser ya otra. Detalles a revisar hay muchos, pero salvables, como el tono de la paráfrasis de La Cachucha de Fanny Elssler (que debe respetar lo vernáculo, consustancial a la forma musical). El divertissement final, claro homenaje al gran Petipa coral, consigue elevar la cota y redime, espuma el desenlace en un tutti bien matizado, desde la danza de carácter a la expresión purista del pas de deux.