ENRISCO: “Epifanía”, por Enrique del Risco
Tres años atrás, cuando se jaleaba al estudiante Eliécer Ávila –protagonista de un debate con el presidente del parlamento cubano- como nuevo apóstol de la disidencia preferí mantener ciertas reservas considerando que:
No se pasa de la noche a la mañana al campo “enemigo” a menos que sean los otros los que tomen la decisión por ti, algo que las autoridades inteligentemente tratan de evitar. Y es que no basta con criticar el régimen. Junto con la crítica hay que ir creando un nuevo Yo sobre valores distintos para poder liberarse definitivamente de la servidumbre previa. Un Yo que no tema ser llamado “apátrida”, “anexionista”, “contrarrevolucionario” o simplemente “malagradecido”. Que sepa sobrevivir no sólo a la amenaza y la persecución sino a la soledad y a la pérdida de espacio en la escenografía de la Nación tal y como la conciben sus diseñadores. Habrá que buscarse nuevos valores y nuevos vocabularios. La crítica externa debe ser también una liberación interna, una revisión hasta del propio sentido vital porque de lo contrario se corre el riesgo de sentir la tentación de regresar al redil, de lograr un nuevo pacto con el mismo régimen que semanas atrás te parecía intolerable porque fuera de este no encuentras espacio ni sentido.
Ávila está dolido sobre todo porque “ya no cuentan conmigo”. Todavía cree que hay un camino de vuelta para él, que el nicho del que ha sido expulsado todavía lo está aguardando. No lo culpo: es joven y no conoce otra cosa que ese régimen con sus injusticias (que cree que puede ayudar a reparar) pero también con la protección que significa pertenecer a algo que lo ha sido todo para él, que hasta ahora ha constituido su razón de ser. Si no se entiende la profunda dependencia que crea un sistema como el cubano estaremos expuestos a una sucesión de entusiasmos y desengaños con cada nuevo crítico que surja dentro de éste. Y lo que es peor, a nunca liberarnos totalmente de las dependencias –directas o indirectas- que este genera.