GENERACIÓNY: “Basílica menor”, por Yoani Sánchez.
Una amiga me cuenta que cuando se siente muy abrumada por la cotidianidad se va a la Habana Vieja. Toma su bolso y enfila el rumbo hacia algunas de esas calles restauradas que le recuerdan a Barcelona, donde tiene dos hijos que emigraron hace una década. “Me quedó mirando los campanarios y los palacetes para creer que ya no estoy aquí”, aclara un poco melancólica. Pero inmediatamente me apunta con una risa: “¿Tú no te has fijado que hasta los vendedores callejeros de la zona dicen ‘pop corn’ en lugar de rositas de maíz y pregonan ‘news’ y no periódicos?”. Muchos habaneros como ella han encontrado en esos nuevos sitios reconstruidos un espacio para pasear, llevar a sus hijos, sentarse bajo la sombra de una buganvilia. Lo que hace unas décadas era un barrio en ruinas, hoy ya tiene verdaderas islas de comodidad y belleza, aunque alrededor miles de vecinos todavía carguen el agua a cubos o vivan entre las maderas que apuntalan su techo.
Anteayer, fui a esa otra ciudad coqueta y turística de iglesias por todas partes y adoquines en el suelo. Me quedé un par de horas dentro de uno de sus sitios más distinguidos: la basílica menor del convento de San Francisco.