GENERACIÓNY: “No es la misma agua”, por Yoani Sánchez
Cae agua desde los balcones. Son las doce de la noche y cataratas sonoras se precipitan desde las ventanas, desde las puertas que dan a la calle y los patinejos. Es el líquido sobrante de un lento fregado, el residuo de un baño nacional hecho a golpe de jarrito y sin jabón. El cuerpo del país mal lavado, con churre aquí, frustraciones allá, oliendo a sudor pero aún así con la coquetería de echarse talco en las axilas, perfume por encima del hedor, con el pañuelo de guapo secándose la frente. Si ese torrente de medianoche hablara, si en lugar de terminar sobre el asfalto y salpicar a los curiosos, dijera algo. Sería un grito, un estertor. El agua ha sido el ingrediente permanente de cada 31 de diciembre, el más constante. Cuando faltaba el cerdo, los tomates, cuando incluso una libra de arroz costaba la mitad de un salario mensual, teníamos todavía tan elemental y complejo líquido para descargar con él la ira, la frustración, el miedo. Los padres esparcían la comida sobre el plato, la regaban para que pareciera más, pero a la hora de tomar el cubo y lanzar su contenido hacia la oscuridad no escatimaban. Iba repleto, rebosado, como nuestro hastío.
Hace unos días un científico de blanquísima bata explicaba en la televisión que el agua tiene memoria, guarda las impresiones y las huellas de lo que tuvo cerca. Así, los chorros que discurren cada noche de San Silvestre por nuestras fachadas, nos delatan. Si se les pusiera bajo el ojo escrutador de un microscopio revelarían partículas en forma de remo, balsa, moléculas que han adoptado el perfil de una máscara, de un carnet rojo que algunos prefieren esconder en el fondo de una gaveta. Tiene nuestro rictus de por la mañana, el sonido de los nudillos en el lavadero, el borboteo del hervor donde se prepara la tisana. Cada gota de esa sustancia es el informe más completo que se puede escribir hoy sobre todos nosotros. El viaje por las cañerías, las oxidadas y agujeradas de algunos; las nuevas de plástico y teflón de otros. El grifo que se abre de un solo toque o aquel otro remendado con alambre para que no lagrimee por la madrugada. Y, después, cayendo sobre los platos de metal combado que tienen muchos o atomizada por la presión encima de la impoluta vajilla de alguna casa en Atabey.