LAOTRAESQUINADELASPALABRAS: “La pausa que refresca”, de Reinaldo García Ramos
Para aludir a aquel antiguo anuncio de la Coca-Cola, confieso que para mí la lectura del libro de cuentos de Ernesto G., Los relatos de Maurice Sparks, ha sido “la pausa que refresca”. Lo he leído con alivio, con un particular regocijo. Sus páginas tienen un sabor muy diferente a lo que habitualmente producen nuestros narradores cubanos del exilio. Desde las primeras páginas, uno capta ese sabor diferente, las burbujas picantes del refresco, la brevedad calculada, que mata la sed pero que aún deja cierto deseo de seguir bebiendo.
Y es que el autor no pierde tiempo en nada que no le sirva para darnos alivio, para despejarnos del agobio conocido y relajarnos sin pretensiones ostentosas: sus rápidas historias, a veces relampagueantes, dejan a un lado de golpe las solemnidades del sufrimiento, las interminables nostalgias (decenas de páginas para recordar el silloncito en que se mecía la tía Eulalia, y cosas por el estilo), para darnos sencillamente una perspectiva más dinámica, tal vez más acorde con la rapidez de la vida actual y sus ritos.
Sus relatos son eso, relámpagos que estremecen el aire con el anuncio de algún aguacero cercano, chispazos en la oscuridad, que buscan hacernos ver, pero sólo a medias, alguna aventura fugaz, alguna manía íntima, alguna salvajada o depravación, o presentarnos sin mucha formalidad un personaje sospechoso o siniestro, insólito o senil. Este libro no nos atosiga con lloriqueos ni desfiles de víctimas, ni con otras chaturas aburridas de la inmanencia; nos habla sin engolamiento ni severidad, y eso es ya una conquista estilística para un narrador que salió de Cuba en 1995 y que desde entonces vive en Miami.