Comentario de Anonymous User (Gerardo E. Martinez-Solanas)
Modificado: 02/07/2008 23:00
Siempre defiendo a la Iglesia de las generalizaciones que se traducen en ataques injustos y mal intencionados. Sobre todo cuando se trata de desvirtuarla y descalificarla con base en el comportamiento de ciertos elementos de la Jerarquía eclesiástica a la que se le ha encomendado el papel de guía espiritual de la grey católica. Esos ataques con frecuencia son producto de la ignorancia de quienes no comprenden que al hablar de “Iglesia” estamos refiriéndonos a todos los feligreses y creyentes, y no a los templos ni a sus sacerdotes y funcionarios.
Pero incluso dentro de esa jerarquía eclesiástica coincido plenamente con Yaxys en el sentido de que en nuestros días la abrumadora mayoría de quienes dirigen y/o sirven a la institución mundial son personas abnegadas, devotas y dedicadas de cuerpo y alma al bien de la humanidad.
Empero, esa verdad no obsta para hacer fuertes críticas a destacados sectores de la jerarquía eclesiástica cubana y a quienes desde el Vaticano les hacen el juego.
Por tanto, es legítimo criticar la actitud complaciente del Cardenal Ortega o las declaraciones asombrosas de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes. También aclarar –si fuera posible– las imprecisiones de una declaración de Juan Pablo II sobre el Ché Guevara.
Cuando Juan Pablo II viajaba hacia Cuba, un periodista le preguntó: “¿Qué opina Su Santidad sobre el Ché?” Después reportó que la respuesta había sido: «No lo conozco a fondo, pero sé que se preocupó por los pobres. Consecuentemente, merece mi respeto».
La efectividad propagandística de los medios que divulgaron esta respuesta para favorecer al règimen cubano, se manifiesta en una reciente encuesta callejera de un canal de televisión de Lima sobre la figura y la imagen de Cristo. Cuando preguntaron a una muchacha de unos veinte años qué opinaba de Cristo, respondió: “Cristo fue un gran hombre. Luchó siempre por los pobres. Más o menos, como el Che”.
La eficacia proverbial de la propaganda no nos causaría sorpresa si no llegara a obnubilar también la opinión de nuestro inefable Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, descendiente del Padre de la Patria (lleva su nombre), quien ha sido testigo de los abusos y desmanes del régimen de los hermanos Castro durante 50 años y quien no sólo cita esa entrevista a Juan Pablo II sino que proclama su “admiración entrañable” por el Ché y hace todo un enaltecedor panegírico del “guerrillero heroico”.
Es curioso que nunca se haya hecho una aclaración a la extraña respuesta del Papa a aquel periodista, quien tampoco ofreció nunca una grabación. No obstante, un testigo presencial dijo en privado a un amigo de Radio Vaticano que el periodista había sazonado su pregunta con un preámbulo sobre "la preocupación del Ché por los pobres", y que la respuesta de Juan Pablo II fue ligeramente distinta: «No lo conozco a fondo. Pero si se preocupó por los pobres, consecuentemente merecería mi respeto.» En otras palabras, la respuesta diplomática, mesurada y condicional que podría esperarse del Sumo Pontífice.
Es imposible probar cuál será la versión correcta, pero ésta es mucho más plausible que el texto promovido por aquel periodista.
En cuanto a Mons. de Céspedes, baste recordarle que durante los primeros seis meses de 1959 Guevara fue comandante de la prisión de La Cabaña, donde inauguró el tristemente célebre “paredón” de La Cabaña, que continuó segando las vidas de miles de cubanos durante años. Como miembro de la juventud católica de entonces, me consta el sacrificio y el martirio de muchos de mis compañeros a manos del régimen, pese a que la mayoría de nosotros habíamos apoyado con entusiasmo el triunfo de la Revolución.
Según cuenta Armando Valladares, un testigo presencial, “en 1961, los prisioneros políticos oíamos todas las noches descargas de fusilamientos sumarios, entre cuyas víctimas había jóvenes mártires católicos que morían gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo el comunismo!”. Otro testigo presencial me ha relatado el desprecio con que trataba a los prisioneros y cómo dictaminaba su muerte desde el momento de traerlos a su presencia, sin esperar por juicio alguno. Una madre contaba en una reunión a la que asistí que fue a pedirle clemencia con un amigo que logró llevarla hasta el despacho del Ché, quien prometió que le resolvería el problema esa misma noche. El hijo fue fusilado en la madrugada. Otros testigos presenciales afirman que solía complacerse en darles el “tiro de gracia” a los fusilados.
No existe un solo testigo presencial de la “preocupación” del Ché por los pobres, ni de su generosidad con los necesitados ni de alguna política promovida desde su posición de poder para aliviar su situación. Mucho menos que alguna vez haya sido misericordioso o haya perdonado a algún reo, al menos por la posibilidad de que el acusado fuera inocente.
Ese es el Ché auténtico que no figura en el mito. El Ché que el Papa no conocía a fondo. El Ché por quién Mons. de Céspedes profesa una "admiración entrañable".
Comentario de Anonymous User (Gerardo E. Martinez-Solanas)
Modificado: 02/07/2008 23:00
Siempre defiendo a la Iglesia de las generalizaciones que se traducen en ataques injustos y mal intencionados. Sobre todo cuando se trata de desvirtuarla y descalificarla con base en el comportamiento de ciertos elementos de la Jerarquía eclesiástica a la que se le ha encomendado el papel de guía espiritual de la grey católica. Esos ataques con frecuencia son producto de la ignorancia de quienes no comprenden que al hablar de “Iglesia” estamos refiriéndonos a todos los feligreses y creyentes, y no a los templos ni a sus sacerdotes y funcionarios.
Pero incluso dentro de esa jerarquía eclesiástica coincido plenamente con Yaxys en el sentido de que en nuestros días la abrumadora mayoría de quienes dirigen y/o sirven a la institución mundial son personas abnegadas, devotas y dedicadas de cuerpo y alma al bien de la humanidad.
Empero, esa verdad no obsta para hacer fuertes críticas a destacados sectores de la jerarquía eclesiástica cubana y a quienes desde el Vaticano les hacen el juego.
Por tanto, es legítimo criticar la actitud complaciente del Cardenal Ortega o las declaraciones asombrosas de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes. También aclarar –si fuera posible– las imprecisiones de una declaración de Juan Pablo II sobre el Ché Guevara.
Cuando Juan Pablo II viajaba hacia Cuba, un periodista le preguntó: “¿Qué opina Su Santidad sobre el Ché?” Después reportó que la respuesta había sido: «No lo conozco a fondo, pero sé que se preocupó por los pobres. Consecuentemente, merece mi respeto».
La efectividad propagandística de los medios que divulgaron esta respuesta para favorecer al règimen cubano, se manifiesta en una reciente encuesta callejera de un canal de televisión de Lima sobre la figura y la imagen de Cristo. Cuando preguntaron a una muchacha de unos veinte años qué opinaba de Cristo, respondió: “Cristo fue un gran hombre. Luchó siempre por los pobres. Más o menos, como el Che”.
La eficacia proverbial de la propaganda no nos causaría sorpresa si no llegara a obnubilar también la opinión de nuestro inefable Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, descendiente del Padre de la Patria (lleva su nombre), quien ha sido testigo de los abusos y desmanes del régimen de los hermanos Castro durante 50 años y quien no sólo cita esa entrevista a Juan Pablo II sino que proclama su “admiración entrañable” por el Ché y hace todo un enaltecedor panegírico del “guerrillero heroico”.
Es curioso que nunca se haya hecho una aclaración a la extraña respuesta del Papa a aquel periodista, quien tampoco ofreció nunca una grabación. No obstante, un testigo presencial dijo en privado a un amigo de Radio Vaticano que el periodista había sazonado su pregunta con un preámbulo sobre "la preocupación del Ché por los pobres", y que la respuesta de Juan Pablo II fue ligeramente distinta: «No lo conozco a fondo. Pero si se preocupó por los pobres, consecuentemente merecería mi respeto.» En otras palabras, la respuesta diplomática, mesurada y condicional que podría esperarse del Sumo Pontífice.
Es imposible probar cuál será la versión correcta, pero ésta es mucho más plausible que el texto promovido por aquel periodista.
En cuanto a Mons. de Céspedes, baste recordarle que durante los primeros seis meses de 1959 Guevara fue comandante de la prisión de La Cabaña, donde inauguró el tristemente célebre “paredón” de La Cabaña, que continuó segando las vidas de miles de cubanos durante años. Como miembro de la juventud católica de entonces, me consta el sacrificio y el martirio de muchos de mis compañeros a manos del régimen, pese a que la mayoría de nosotros habíamos apoyado con entusiasmo el triunfo de la Revolución.
Según cuenta Armando Valladares, un testigo presencial, “en 1961, los prisioneros políticos oíamos todas las noches descargas de fusilamientos sumarios, entre cuyas víctimas había jóvenes mártires católicos que morían gritando “¡Viva Cristo Rey! ¡Abajo el comunismo!”. Otro testigo presencial me ha relatado el desprecio con que trataba a los prisioneros y cómo dictaminaba su muerte desde el momento de traerlos a su presencia, sin esperar por juicio alguno. Una madre contaba en una reunión a la que asistí que fue a pedirle clemencia con un amigo que logró llevarla hasta el despacho del Ché, quien prometió que le resolvería el problema esa misma noche. El hijo fue fusilado en la madrugada. Otros testigos presenciales afirman que solía complacerse en darles el “tiro de gracia” a los fusilados.
No existe un solo testigo presencial de la “preocupación” del Ché por los pobres, ni de su generosidad con los necesitados ni de alguna política promovida desde su posición de poder para aliviar su situación. Mucho menos que alguna vez haya sido misericordioso o haya perdonado a algún reo, al menos por la posibilidad de que el acusado fuera inocente.
Ese es el Ché auténtico que no figura en el mito. El Ché que el Papa no conocía a fondo. El Ché por quién Mons. de Céspedes profesa una "admiración entrañable".