¿Cambios versus Transición?

Pablo Díaz Espí

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Cambios estructurales y de concepto ha sido la fórmula utilizada por Raúl Castro para dejar inaugurada la más reciente convocatoria a debate nacional sobre los problemas que aquejan a los cubanos. Lo hizo el 26 de julio de 2007, justamente un año después de que su hermano delegara en él, con “carácter provisional”, sus funciones como primer secretario del Comité Central del Partido Comunista, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y presidente del Consejo de Estado y del Gobierno.

Alentados por las autoridades a que sean “valientes” y “sinceros”, a la vez que tratados con sordina por los medios de comunicación, los debates han dejado una profusa lista de temas a la cual el Gobierno aún no ha dado respuesta, más allá de la intervención del propio Raúl Castro en la Asamblea Nacional del Poder Popular. Entonces, tras hacer explícito el apoyo de su hermano, el interino anunció: se avanza en los estudios y “continuará actuándose con toda la rapidez que permitan las circunstancias”.

Hay 1.3 millones de planteamientos emitidos, dijo, en 215.687 debates.

El desplome de los sistemas de salud y educación, la precariedad de los salarios, la vivienda y el transporte, las trabas a la iniciativa privada, la necesidad de entregarle la tierra a los campesinos o de ampliar las formas de inversión extranjera, la imposibilidad de viajar libremente y la maraña de prohibiciones son sólo algunos de los puntos que han venido a sumarse a una serie de desafíos cada vez más abiertos, planteados al Gobierno por la sociedad civil: las campañas por el fin de la dualidad monetaria, por la libertad de los presos políticos y por la autonomía universitaria han sido presentadas a la Asamblea Nacional con el apoyo de decenas de miles de firmas.

Ante este panorama —que incluye una dependencia energética y política de Venezuela que ha llevado a una zona de la nomenklatura a lanzar la idea de una Confederación de Repúblicas o de un país (Cuba) con dos Presidentes (uno de ellos, Chávez)—, los cubanos se mueven en un mar de incertidumbre en el que lo único tangible parece ser el escepticismo. Es demasiado profundo el convencimiento de que debates semejantes fueron convocados en el pasado tan sólo con fines utilitarios, seguidos de purgas, a regañadientes o para mitigar coyunturas adversas. A fin de cuentas, nada sustancial ha cambiado en las últimas décadas. Procesos como el de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, eslóganes como el de “Ahora sí vamos a construir el Socialismo”, o la propia denominación de la crisis tras el derrumbe de la URSS como Período Especial (apelativo que implica un final, un cierre jamás visto hasta ahora, casi veinte años después), planean como grotescos nubarrones sobre el aparente pragmatismo de Raúl Castro y sus herederos.

Sin embargo, sí habrá un cambio, ineludible y determinante: la desaparición de Fidel Castro.

Sin su máximo jefe, el castrismo está obligado a cambiar. El inmovilismo no es salida. El gatopardismo —cambiarlo todo para que todo siga igual— resulta inviable. El propio Fidel Castro, con su omnipresencia y egolatría, se ha encargado de liquidarlo como opción (adiós, por tanto, a una versión cubana del priísmo mexicano). El dilema al que se enfrenta el régimen, entonces, es qué cambiar, y hasta dónde; el reto, controlar los cambios, evitar demandas aperturistas más allá de las estrictamente necesarias. Queda, pues, la duda de si estamos ante la perspectiva de una serie de cambios cuyo objetivo no sea otro que evitar una verdadera transición a la democracia, una transición en la que se planteen cuestiones fundamentales como la libertad de expresión, asociación y demás puntos recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos. ¿Podría afirmarse que estamos ante el intento de implementar una sarta de cambios menores diseñados para evitar otros grandes y necesarios, ante una operación de cosmética que ayude a eludir la cirugía, o, al contrario, deberían verse estos cambios estructurales y de concepto, en caso de que se lleven a cabo, como previos a otros, como antesala y parte misma, en fin, de una transición?

Probablemente, la respuesta a ambas hipótesis sea afirmativa.

A diferencia de otros dossieres publicados en Encuentro, éste no sólo contiene miradas polémicas entre sí, sino visiones diametralmente enfrentadas. De la disonancia entre ideas, sociedad e individuos que analiza Manuel Cuesta Morúa al raulismo de Domingo Amuchástegi, todos los autores coinciden, eso sí, en un punto: el deshielo del castrismo ha comenzado.

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