Así de sencillo

José Kozer

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Le impresiona ver crecer la hierba, abrirse una amapola.
Y no es para menos: todo el Orbe concurrir.
Ryokan se enfunda en su capa raída, roca despacio, mineral
inmanente.
Oye deambular: fuera de la propia postura, y del destartalado
chamizo donde pasa el
invierno presente de su
edad provecta.
Adentro teje (interior) una araña: algo cercano mas no visible
se desmenuza. Alas
(polvillo) membranas:
la viruta tal vez de una
sombra. Afuera, alta la
hierba, señal de calor,
se abrieron unos crocos
morados, por seguro
que el invierno acabó:
ahora es que escucha
el golpe seco de unos
carámbanos, y ve
amapolas (abiertas):
se sitúa de espaldas.
Canta, canta con rigurosa concentración, el asidero de una canción
plebeya ajena a los sutras,
oda de la comunidad, allá
abajo. Se arrebuja más, en
la capa plagada de zurcidos,
en el cuerpo magro cual
piedra inamovible,
costurones, seco manadero.
La letra de la canción,
hacia adentro, abajo, más
abajo (adentro) crece la
hierba mala (no hay tal
cosa) hierba cana y
pangola, una hierba
mineral abriendo paso a
la verbena, a un campo
tocado de blancas
amapolas, una amapola
roja acullá: Ryokan se
sobreexcita, la belleza,
la belleza (se ruboriza)
contrición (se reconcentra)
canta (canta) cata letra a
letra la letra de la canción
(calla hace una hora).
Sólo ahora puede salir para perderse entre los últimos vestigios de
la escarcha (resquebrajarse)
mendigar (cuesta abajo).
Alumbrado o no hay que
comer. Un té de saúco,
una torta de arroz, jugar
a las prendas, a ver quién
trae la mejor ofrenda a
Sakyamuni (la peste el
último, y a la desbandada).
Desde un escondrijo
Ryokan observa a los
arrapiezos jugar sin salir
de sus criaturas. Sakyamuni.
Un gajo de tomillo, una
china pelona, una varilla
de metal: flor de juncia,
dos cocuyos apacibles en
un pomo.
Ryokan sale de su escondite. Ahora le toca a Ryokan: le hacen corro,
se desgañitan (rechiflas, lo
azuzan). Silencio. La hierba
calla, la amapola se inclina,
se desvarilla el metal, la
piedra cabrillea: Ryokan
avanza hacia Sakyamuni
remedando a un oso
ladeándose (a punto de
desplomarse) recupera
el equilibrio: se vuelve
a ladear a poniente, se
abisma y recupera el
equilibrio (la hierba
por un instante deja de
cundir) se desembaraza:
dos venias de Ryokan,
entrega primero en el
cuenco de las manos,
y luego cual si llevara
un canasto entre los
brazos abiertos de par
en par, dos veces (2)
la misma cantidad.

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Revista Encuentro de la Cultura Cubana, 48/49, primavera/ verano de 2008