Cuando murió, besaba un libro de John Donne

Poesía

Emilio García Montiel

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Cuando murió, besaba un libro de John Donne, y hubo que despegar sus labios de esas páginas consteladas de versos que él nunca imaginó escribir, pero que fueron todo lo que tuvo al final de sus días.
Desterrado en su propia inocencia, la felicidad que alguna vez hiciera levitar con sus palabras fue demasiado suya como para que, al hacerlo, no dudara de ello, y no destruyera cada frase con la misma obsesión de un aprendiz.
Yo lo vi en la casa de los muertos, cianótico, como si me observara yo mismo en un espejo, y lo envidié por sus labios y su lengua ya vacíos y por sus versos, que él creía sufrir sólo para acercarse un poco más a la tierra.
Sé que lo que calló, John Donne lo hubiera dicho, porque nada en su vida fue distinto de un alma redimida. Murió y no le importaba; vivir nunca llegó a ser gran cosa para él, salvo por ciertas circunstancias más o menos carnales a las que, a veces, les llamaba amor.

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