La crisis de la enseñanza de la Filosofía en Cuba

Ariel Pérez Lazo

Comentarios Enviar Imprimir


La filosofía es hoy una de las ramas del conocimiento más odiadas por los jóvenes cubanos. Ahora bien, ¿qué Filosofía se enseña? El primer acercamiento que un joven cubano tiene a la Filosofía en el sistema de educación es la asignatura de Cultura Política. Solamente la lectura del nombre mostraría el equívoco en la interpretación de la Filosofía. Se entiende por Filosofía el fundamento de las ideologías. Ha sido este criterio de raíz marxista el que ha propiciado que los pensadores sean divididos en «reaccionarios» y «revolucionarios», estableciendo en algunas ocasiones grados intermedios, pero suponiendo siempre que la teoría filosófica es calificable a partir de las preferencias políticas del filósofo. Fue este criterio torpe el que hizo de Heidegger un fascista —sólo por su pertenencia al partido de Hitler (algo común para quien no emigrara de Alemania entre 1934 y 1945)—; o de Scheler, un imperialista —por su obra El genio de la guerra y la guerra alemana, donde alababa el poderío militar de la Alemania imperial, a la que no puede ser reducido su pensamiento—; o de Platón, un representante de la aristocracia ateniense, por sus crítica a la democracia esclavista —aquella que llevara a Sócrates al suplicio—. Igual pudiéramos hablar de Spéngler, Ortega y Gasset, Nietzsche (enemigo al mismo tiempo del imperialismo y del socialismo alemanes) y de tantos otros.

De más está decir que en cualquier caso es injustificado establecer esta calificación como medio para medir las obras filosóficas. La filosofía no puede ser reducida a las opiniones políticas de los filósofos. Y la desavenencia que pueda tenerse con las preferencias políticas de los filósofos no puede cegar al reconocimiento de sus aportes a la Filosofía; lo contrario es negar la objetividad científica. Precisamente, aplicar este rasero a la filosofía es una herencia del positivismo más estrecho, de la idea de que la filosofía no es ciencia, ni posee objetividad.

Conste que no hablo sólo de los filósofos de hace 50 años sino de los actuales, aquellos que no se publican en Cuba o que, por idénticos motivos, no se enseñan. Para exponer sólo una experiencia personal: en 2003 presenté a una institución dedicada nada menos que a la investigación y al desarrollo de la cultura cubana un proyecto de investigación sobre la influencia de la filosofía de Ortega y Gasset en la concepción de la cultura de Mañach. La respuesta que recibí de su entonces director fue que en dicha institución no se hacían investigaciones ni sobre el uno ni sobre el otro.

Volvamos entonces al joven estudiante del preuniversitario: debe conocer en una sola asignatura la historia del pensamiento político, de Platón a Marx; la teoría del conocimiento, de Descartes a Hegel, y la ontología, de los presocráticos nuevamente a Marx. Nótese como se hace de Marx el centro de la historia de la filosofía, se sigue haciendo de su figura el alfa y la omega, la culminación de toda expresión filosófica. Al parecer, no se pensó después de Marx, sólo se dice que el marxismo «convirtió a la filosofía en ciencia», o sea, quien no asuma las categorías o las conclusiones del marxismo no hace ciencia filosófica, hace mera especulación, no contribuye al progreso filosófico.

A alguien pudieran parecerle estas palabras contestatarias o excesivamente críticas. No lo son. Sería anticientífico suponer que Marx llegó a la plenitud del conocimiento ontológico o epistemológico, como también que sus ataques a los sistemas filosóficos metafísicos no son cuestionables. Y nótese que no hablo de su pensamiento político, de su idea del socialismo. Se puede ser socialista y ser un crítico radical de las ideas epistemológicas y ontológicas de Marx. Por citar sólo a un pensador socialista y sólo una obra: La obra del artista, de Frei Betto, publicada hace diez años y que, hasta donde conozco, no ha tenido repercusión alguna en el campo académico cubano. Y cito a este autor porque al negar el determinismo, Betto ataca la base de la concepción materialista de la historia. No estoy hablando de los usuales críticas de autores cubanos o latinoamericanos al «marxismo soviético», sino a la crítica de la obra del propio Marx.

Regresemos a nuestro joven estudiante de preuniversitario. Después de escuchar que existe un «materialismo» y un «idealismo» (en este último podrá encontrar a filósofos tan dispares como Platón, Hume o Hegel), que existe un «problema fundamental de la Filosofía», un método de conocimiento «metafísico» y otro «dialéctico» ingresará a la universidad. ¿Qué encuentra allí? Si tiene la dicha de estudiar alguna carrera de las llamadas —por ese criterio tan positivista— «Humanidades», podrá conocer con un poco más de amplitud aquel pensamiento filosófico que le fue reducido al abstracto concepto de materialismo —y al no menos abstracto de idealismo— como las dos únicas posiciones posibles frente al «problema fundamental» arriba señalado. Si su vocación es científico-natural o técnica, sea técnica jurídica o ingeniería o medicina, recibirá una asignatura nombrada Filosofía y Sociedad, donde recibirá con un nivel un poco más profundo aquello que recibiera en el preuniversitario. El antecedente de esta asignatura es la antigua Fundamentos de Filosofía Marxista-Leninista, abolida en Cuba entre 1990 y 1991, entre otros motivos, porque su texto había sido redactado en la urss antes de la perestroika. Es curioso que el texto que hoy se utiliza en los cursos para trabajadores en las sedes municipales haya sido hecho en 1991. Texto en el que aún se habla de «el partidismo filosófico» —léase el carácter político de toda obra filosófica—, donde incluso se hace una crítica ¡a la teoría física del Big Bang! Sus autores se sitúan en la misma línea de pensamiento que en los años 30 condenó en la urss como «seudociencia burguesa» la genética, la teoría sobre el origen del sistema solar de Jeans, la mecánica cuántica y el psicoanálisis.

Yo fui profesor de esta asignatura durante el curso 2002-2003 y, nuevamente, en el primer semestre del curso 2005-2006. Aún recuerdo los debates en el departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Los estudiantes que fungíamos como alumnos ayudantes planteábamos la crítica al programa de estudios al que todos coincidíamos en catalogar como escolástico.

En una de las clases metodológica que los alumnos de cuarto y quinto año de Filosofía recibíamos en el curso 2002-2003, recuerdo haber señalado la división artificial de los problemas filosóficos hecha por dicho programa. En el marxismo es casi imposible separar la concepción materialista de la historia de las ideas ontológicas y gnoseológicas, algo de lo que sí se ocupa dicho programa, teniendo como resultado que el estudiante crea tener que preguntarse lo mismo al enfrentarse a un examen. Para poner sólo un ejemplo de esta diferenciación arbitraria del marxismo: por una parte, se habla de las fuentes del marxismo que, como todos sabemos, son tres —según la ortodoxia interpretativa de Lenin—. Hay que explicar la llamada Filosofía Clásica Alemana, que incluye la referencia a la disparidad entre las lógicas de Kant y de Hegel y, nuevamente, enfrentarnos a la misma pregunta al tener que explicar la diferencia entre el método metafísico y el dialéctico o entre las categorías y las leyes de la dialéctica.

Mi breve experiencia como profesor de esta asignatura y las conversaciones frecuentes con los alumnos de la misma me permiten afirmar que esta exposición de la Filosofía es completamente estéril. El alumno no logra reconocer la importancia de la lógica, no ya de la dialéctica, no logra comprender para qué puede servirle. Considero que esto es el resultado de no conocer previamente y en profundidad la lógica formal, única forma de poder ver una posible superación de ésta por la dialéctica.

Quien no conozca la lógica aristotélica, por un lado, y el fundamento lógico de su metafísica, y con ella de toda la metafísica posterior hasta Leibniz y la llegada a las antinomias kantianas, no podrá entender la dialéctica planteada por Hegel. Nuevamente nos encontramos con el antiguo problema metodológico de si ha de ser enseñado el marxismo partiendo de la exposición de los conceptos o de la historia de cómo estos han ido apareciendo; un problema que no es sólo del marxismo sino de toda filosofía.

Vista así la cuestión, la solución posible sería un programa menos escolástico, es decir, menos creador de divisiones artificiales en las materias. En realidad, ésta no sería la solución. En dicho programa aparecen cuestiones propiamente escolásticas como la del «problema fundamental de la filosofía» planteado, como es sabido, por Engels. Este filósofo reduce el problema de la unidad del mundo o problema ontológico y el problema epistemológico de la cognoscibilidad del mundo a un solo problema que es el de la relación entre el ser y el pensar. En el programa nunca se plantean preguntas como: ¿existe una unidad entre los fenómenos? ¿es esta unidad cognoscible? Sino que se plantean dos categorías, las de ser y pensar, tan abstractas, que llegan a oscurecer totalmente el problema en el alumno. Pero lo peor no es la oscuridad de las categorías, sino que el alumno previamente conoce la respuesta a la pregunta. Por tanto, se elimina la posibilidad de que haya una alternativa a la respuesta anticipada. La filosofía deja de ser inquietud y búsqueda para convertirse en una certeza que el alumno probablemente no siente, porque ésta es resultado de una pregunta que seguramente no se ha hecho.

Es comprensible que Engels respondiera esta pregunta casi al comienzo de su célebre Ludwig Feuerbach y el fin de la Filosofía Clásica Alemana, pues esa era su interrogante y su respuesta, pero no ha de serlo para los alumnos que en el siglo xxi se enfrentan a su obra.

Nótese que la asignatura Filosofía y Sociedad no se enseña como una Historia de la Filosofía Marxista, donde sería más legítimo ese absolutismo en las respuestas pues se trata de una historia. Esta asignatura pretende ser la filosofía y no la historia de su evolución, por tanto, es el compromiso con uno de los sistemas filosóficos históricamente dados: el marxismo. El resto de las ideas filosóficas —en el caso de los sistemas anteriores a Marx— son presentadas como mero tránsito hacia su realización en el marxismo. Esto es de por sí un grave error de perspectiva, pero no es el peor. ¿Qué es la filosofía posmarxista? ¿Qué hacer con la larga marcha filosófica de Schopenhauer a Sartre, por sólo citar una parte del trayecto? Hasta 1991, la solución era cómoda y para ello teníamos la obra de Lúckas, El asalto a la razón. La filosofía postmarxista es anticientífica, irracional, imperialista, degenerada, decadente y progenitora del fascismo.

Pero ¿después de aquel año qué? El esquema del filósofo húngaro se mantiene aún rondando en los programas de estudios filosóficos cubanos. Y aquí aparece Lenin con una obra Materialismo y empiriocriticismo. Afortunadamente para los amantes de la filosofía, Lenin no llegó a conocer la obra de los existencialistas o de los fenomenólogos, de lo contrario, hoy tendríamos que estudiar sus críticas a estos pensadores elevadas a la categoría de dogmas. Sin embargo, Lenin dejó establecido su concepto de materia que, lógicamente, no tiene resonancia alguna en la filosofía contemporánea. Para el programa de la asignatura Filosofía y Sociedad, Lenin, con su ataque al empiriocriticismo, al neokantismo, etc., logra barrer con toda la filosofía posterior a Marx. ¿Se propuso semejante tarea Lenin? Es obvio que no, y precisamente esto es lo que impide situar tanto a Marx como a Lenin en el espacio que deben ocupar dentro del análisis de los problemas filosóficos contemporáneos. Pero supongamos que sí se lo propuso; aun en este caso, suponer que su breve obra epistemológica logra liquidar intelectualmente a la enorme masa de filósofos posteriores a Marx hasta su tiempo implicaría estudiar a dichos filósofos. Un alumno que reciba la asignatura Filosofía y Sociedad ignora a los neokantianos Cohen y Natorp que Lenin critica, así como a los empiriocriticistas como Mach o Avenarius. Se enseñan respuestas a teorías que no se le imparte al alumno.

Y nuevamente vendría el problema, pues el programa cubano ha heredado la manía soviética de tomar acríticamente la epistemología de Lenin y hacer de ella el rasero para medir la validez de toda la epistemología posterior. Pregunto entonces: ¿puede un profesor someter a crítica la teoría del reflejo de Lenin desde la fenomenología de Husserl? ¿Contempla esa posibilidad el programa? De modo alguno.

Sin embargo, se nos dirá que este programa escolástico sólo se enseña en las sedes municipales y, de hecho, siempre hay profesores que se abstienen de repetir como un dogma las ideas de Engels sobre cuáles son los problemas fundamentales de la filosofía y las de Lenin sobre la conciencia. Veamos el programa tal y como se enseña en la Universidad de La Habana, en el curso diurno de una de sus facultades. Me refiero a la asignatura Filosofía y Sociedad I. Los temas son:

"

Filosofía y concepción del mundo. Lo material y lo ideal en la cultura. Cultura e identidad. La filosofía como aproximación teórico-práctica a la realidad. La ruptura del marxismo con el pensamiento filosófico anterior. Racionalidad, modernidad y posmodernidad. Práctica y subjetividad. La concepción materialista de la historia (CMH) como fundamento teórico-metodológico del nuevo materialismo. Formación económico-social (FES). Estado, clases y sujeto histórico. Progreso científico-técnico y desarrollo social. El pensamiento cubano y latinoamericano.

"

Este es el contenido que debe ser dado en un semestre. Aunque en esta versión del programa se ha obviado el conocido «problema fundamental de la filosofía» —¿es acaso la «simplificación» que criticaba una de las ponentes en un jueves de la revista Temas dedicado a la enseñanza de la Filosofía en Cuba?—, se incluye la ruptura del marxismo con el pensamiento filosófico anterior. Subraye el lector esas palabras, porque constituyen la clave del problema. Significan, simplemente, que toda la filosofía anterior a Marx queda reducida a unas pocas horas de clase. Este es todo el espacio que tienen veinticuatro siglos de historia de la filosofía, hasta Marx, para ser conocidos por un estudiante que no sea de algunas de las llamadas carreras de Humanidades.

Si un joven estudia alguna de dichas carreras —me refiero a Historia, Sociología, Comunicación Social, Psicología, Historia del Arte, etc.—, recibirá previamente un semestre de Historia de la Filosofía que, al parecer, justificaría esta ausencia en la asignatura Filosofía y Sociedad I (debería llamarse Marxismo y Sociedad). Pero ¿qué contiene dicho programa? Veamos:

"

 
La historia de la filosofía como ciencia. Su objeto de estudio y tareas. Condiciones del surgimiento de la filosofía en el mundo antiguo: Grecia, Roma. La filosofía en la formación económico-social feudal. Predominio de la Iglesia como institución oficial. Nominalismo. Realismo. La filosofía moderna. Principales tendencias y figuras. Empirismo. Racionalismo. La filosofía clásica alemana. Premisas y problemáticas.

"

Obsérvese como la filosofía griega no aparece contemplada en dicho programa. Se incluyen las «condiciones del surgimiento» de la filosofía en el mundo antiguo (¿Roma?), pero nada con respecto a las figuras de la filosofía griega. Asimismo, se excluye la patrística y los problemas de la filosofía medieval quedan reducidos al de la disputa sobre la realidad de los universales, lo cual tendría sentido si previamente se conoce la lógica de Aristóteles y los estoicos con cierta profundidad. Cualquier profesor de Historia de la Filosofía en Cuba podrá coincidir conmigo en lo difícil que resulta a partir de este programa hacerle comprender a un alumno el sentido del problema de los universales. De igual manera, los problemas de la filosofía moderna quedan reducidos a la disputa entre el racionalismo y el empirismo. ¿Podrá algún alumno, al llegar a Filosofía y Sociedad I, entender la ruptura del marxismo con el pensamiento filosófico anterior? ¡Y todavía hay quién afirma que la Filosofía tiene «demasiadas horas» en la educación superior! De seguir esta tendencia, en un futuro no tendremos universitarios, sino especialistas carentes de la más elemental formación cultural.

Lo que más irrita en estos programas es el tiempo que se le dedica a los seudoproblemas filosóficos propios del tiempo en que vivimos. Digo seudoproblemas porque cualquier persona con una formación filosófica media podrá desechar temas como el de «cultura e identidad (¿nacional?)» ¿Es esto objeto de la filosofía del siglo xix donde se ubica el marxismo? Si se quiere exponer un concepto de cultura desde la filosofía, hágase, pero para eso debería hablarse de lo que entendieron por cultura Hegel, Comte o la Ilustración, y no hablar en sentido abstracto de «lo material e ideal en la cultura», como si hubiera una sola respuesta a dicha relación. Me temo que el «problema fundamental» de Engels ha sido sustituido por el de «lo material e ideal en la cultura» y el de la «cultura e identidad». ¿Por qué no fueron consecuentes y conservaron la forma soviética clásica?

También se incluye un tema muy en boga en los años 70 (1), «Racionalidad, modernidad y posmodernidad». Lo primero que merece ser anotado sobre este tema es lo siguiente: ¿Conoce un estudiante de primer o segundo año de una carrera de «Humanidades» (al que se le ha reducido el conocimiento de la historia de la filosofía a lo que más arriba fuera expuesto) qué es esa entidad abstracta denominada «modernidad» y la no menos abstracta «racionalidad»? ¿Qué sentido tiene enseñar las características de la posmodernidad a quien probablemente no sepa qué es la modernidad? Y ya vimos que ni siquiera sabe qué es la antigüedad a menos que alguien diga que se puede conocer la antigüedad sin estudiar a Platón, por sólo citar un ejemplo. ¿Por qué no se terminó la gran construcción metafísica del programa y se dividió la historia en Premodernidad, Modernidad y Posmodernidad?

Al parecer, los autores del programa pretenden situar el problema (¿actual?) de «la posmodernidad» para, a continuación, situar el tema «Práctica y subjetividad» y la «concepción materialista de la historia». Nótese que la concepción materialista de la historia es descontextualizada y mostrada como solución a un problema planteado en las décadas del 60 y 70 del pasado siglo por obra de los «posmodernos». Si este es el sentido del programa, pues, francamente, no puedo reconocer otro, ¿por qué mejor no se explicaron en un buen curso de Historia de la Filosofía lo que buscaba responder la modernidad filosófica? ¿Se pretende enseñar el posmodernismo en un tema de un semestre fuera de un curso de filosofía contemporánea? Es obvio que sí. Caemos nuevamente en lo ya señalado en las páginas anteriores: se prescinde de la Historia de la Filosofía, se expone un esquema vago y abstracto de algunas corrientes filosóficas para luego pasar a criticarlas desde el marxismo, el cual ha sido previamente sacado de su contexto.

Lo peor es que no se entiende que cualquier enfrentamiento de las ideas de Marx con el pensamiento posterior a él ya deja de ser obra de Marx para ser la obra de un contemporáneo con el pensamiento atacado. Es por esto que no tiene sentido hablar del marxismo-leninismo. Lo que hay es marxismo, hecho por Marx, y leninismo, hecho por Lenin, así como también hay un estalinismo (hablo de la teoría, no de los campos de concentración).

Finalmente, se exponen dos temas: «progreso científico-técnico y desarrollo social». Es curioso atacar al posmodernismo manteniendo la categoría de «progreso», tan positivista. El programa ha asumido el concepto de «progreso científico» propio de la filosofía de la ciencia de Comte o Spencer. El estudiante aceptará la idea del «progreso» científico sin conocer que la filosofía de la ciencia, la sociología del conocimiento y la sociología de la ciencia, la antropología social y varios de los filósofos de la primera mitad del siglo XX —el «reaccionario» Ostwald Spéngler, por poner sólo un ejemplo— sometieron a crítica esta idea; algo que, obviamente, no pudo hacer Marx —menos aún, Engels— por hallarse instalado en el credo positivista de su tiempo.

El otro de los temas es «el pensamiento cubano y latinoamericano». Para alguien medianamente informado, la filosofía en Cuba, especialmente dos figuras consideradas emblemáticas, Varela y Luz, no puede ser entendida sin conocer previamente, por un lado, la filosofía de Condillac y de los «ideólogos» franceses —una corriente filosófica de finales del siglo XVIII considerada por los historiadores de la filosofía como menor—, y la de Víctor Cousin, igualmente considerado menor. ¿Alguien que ignore a Maine de Birán y conozca poco a Locke, Kant y Hegel podrá valorar la trascendencia de la obra de Varela y Luz? Es imposible. Estudiar el pensamiento filosófico cubano y latinoamericano tiene sentido para quien conozca con cierta profundidad la historia de la filosofía. ¿Cómo valorar la crítica a la escolástica si el estudiante apenas conoce a Aristóteles? El nacionalismo y el latinoamericanismo expresado en el programa de estudios de Filosofía no puede consistir en descontextualizar y sobrevalorar a figuras que sólo tienen sentido dentro de las polémicas filosóficas universales de su tiempo.

No pretendo haber abordado aquí todos los problemas relativos a la enseñanza filosófica en Cuba. Baste señalar uno de los fundamentales: el de la ausencia de suficiente espacio para la historia de la filosofía, la que se quiere sustituir no ya por una cantidad de horas dedicadas al pensamiento de Marx sino por categorías hipostasiadas, o de artificial construcción, de otros autores, como las arriba citadas de «identidad», «material e ideal», o «posmodernidad».

Página de inicio: 137

Número de páginas: 7 páginas

Download PDF [83,30 kB]