Opinión

Antropología de la represión

Consecuencias y mensajes peligrosos: ¿Policías orientales contra delitos habaneros?

La represión a la que me referiré no es la de tipo político, la que ataca las otras conciencias organizadas de una sociedad. Quiero dialogar acerca de la represión normalizada que ejerce la policía en cualquier lugar del mundo frente al delito posible o de hecho. Está claro que, como decía Foucault, toda represión tiene un sustrato político: en última instancia los poderes reprimen la criminalidad que segregan con sus malas y a veces nefastas políticas públicas.

Esa represión normalizada ha adquirido en la Isla un peligroso carácter antropológico. ¿Qué es un policía? Un funcionario público que, inscrito en las instituciones globales del Estado encargadas del orden, disuasión y represión de los actos delictivos, ejerce su función dentro de un territorio específico y atendiendo exclusivamente a criterios de orden legal y social.

Los Estados modernos evitan, por ejemplo, la policía étnica. Esta existe desde luego en aquellos países donde los Estados siguen, junto a la continuidad territorial, una continuidad étnica. Es lógico que en Ruanda sea recomendable que los tutsis tengan una policía tutsi y no hutu.

Fuera de esas consideraciones, la policía tiene un carácter nacional y se organiza en torno a las unidades administrativas del Estado: municipio, condado, distrito, región, etcétera. Teniendo en cuenta que su función disuasoria corre pareja con su función represiva, la policía se nutre, en parte, dentro la propia comunidad donde actúa, para garantizar la simpatía que puede proporcionar la convivencia.

Sin embargo, en Cuba se está dando el caso, hasta ahora circunscrito a la capital, de una policía antropológica que ejerce su función atendiendo no tanto a las infracciones visibles de las leyes, sino a criterios de comportamiento cultural.

¿Meter en cintura a los habaneros?

La policía en La Habana no viene a cuidar y restablecer, allí donde sea roto, el orden público, sino a meter en cintura a los habaneros. Como la talla de arrogancia de los habaneros es de garrocha, se necesita una arrogancia más o menos de altura similar que lidie con el desorden cosmopolita de la capital.

Para ese propósito, los orientales son los más aptos. Orientales según la vieja división administrativa de Cuba, que unifica, antropológicamente, a las hoy provincias de Las Tunas, Granma, Santiago de Cuba, Holguín y Guantánamo, y que define, con la fuerza tradicional de su denominación, la vieja rivalidad entre el Oriente y Occidente del país, capitaneada desde siempre por Santiago de Cuba y La Habana.

Debe haber en la capital policías de las restantes provincias, seguro casi ninguno de Pinar del Río y Matanzas, pero el grueso son de las diversas provincias orientales.

¿Cuál es la distinción antropológica del oriental? Que es un tipo aguerrido, que se alza rápidamente, que no la piensa dos veces y que está especialmente dotado para la acción y reacción violenta que se necesita en cuestiones de orden público.

En esto hay de mito y también de realidad, por lo que la vieja rivalidad entre dos aproximaciones culturales diferentes se actualiza a través de los mecanismos de represión, y más que administración de justicia, se parece todo eso a administración de venganza. La proyección y expresión de muchos policías en La Habana tiene más de densidad cultural que de derecho.

Las consecuencias y mensajes que esta antropologización de la policía están dejando son extremadamente peligrosos. Ante todo, La Habana no es menos caótica ahora, ni ha reducido sus niveles de criminalidad. Más bien crecen.

Por otra parte, y esto es fundamental, la policía, por sus orígenes, no se inserta en la comunidad, sino que parece en cada barrio o comunidad un ejército de ocupación diseminado en territorio extraño; razón que explica por qué la policía se vincula más con los marginales en cada lugar que con las personas probas y decentes de la comunidad.

La rivalidad cultural no resuelve los problemas

En otro sentido, se está alimentando una histórica rivalidad regional y cultural que atiza un conflicto bien y positivamente canalizado a través del deporte, que no es más que un juego.

Se está, también, alimentando la imagen, totalmente falsa, de que todo lo oriental significa vulgaridad, atraso, violencia, machismo y pulsión vengativa hacia una capital abierta, afeminada, viva para el negocio y la mentalidad flexible, y preocupada por la cultura, el buen vestir y las actividades superiores.

Si uno se atiene al hecho de que las personas que vienen desde cualquier punto de las provincias orientales para ejercer de policías son las menos instruidas y educadas, la conclusión de una joven quinceañera nacida y criada en Miramar, blanca por demás, va a ser una enteramente despreciativa y racista.

Por ese camino, las necesarias instituciones que tienen que ver con el orden y la paz ciudadana pierden fuerza, prestigio y capacidad de acción en una ciudad absorbente como lo es La Habana.

Es nefasta la idea de que el orden se puede lograr intimidando desde la diferencia, porque reproduce la rivalidad cultural y no resuelve los complejos problemas que, en cualquier ciudad del mundo con más de dos millones de habitantes, se presentan como desafío para ciudadanos y autoridades.

Para su eficacia, es imprescindible restituir la idea de que la policía en Cuba tiene un carácter nacional, no regional, y que la delincuencia se combate con más fuerza por la entidad, extensión y calidad del crimen, no porque es cometido por el diferente.

© cubaencuentro

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