Opinión

¿Desunidos y pagados?

La unidad y el financiamiento de la oposición interna, temas favoritos de la prensa extranjera y el gobierno.

En muchos artículos de prensa extranjeros (quizás en demasiados), suelen presentarse comentarios acerca de la necesidad de la unión de los disidentes cubanos de la Isla. Parece existir una especie de obsesión por la unidad a ultranza, así como por la perpetuación del mito de que toda la oposición en Cuba se financia desde Estados Unidos. Este último criterio, por cierto, resulta muy útil al gobierno cubano para reforzar su discurso de que los disidentes son "una partida de mercenarios al servicio del Imperio que nos amenaza".

En relación con el tema de la tan llevada y traída "desunión" de los opositores, resulta bastante ajeno al conocimiento de la realidad cubana pretender que, en el clima de represión en que estos viven, que ni siquiera permite reunirse pacíficamente para debatir posiciones y proyectos, se puedan realizar sesiones asamblearias de amplios sectores de la oposición con programas afines, para la creación de concertaciones.

Por supuesto, no se trata de esperar a que el gobierno otorgue el permiso para oponerse y reunirse, sino de que hay quienes piden a los disidentes la titánica tarea de ponerse de acuerdo en tiempo récord para solucionar la situación cubana.

Sin duda, sería gran cosa que los que aspiramos a construir los espacios democráticos que demanda Cuba, conociéramos todos los proyectos propuestos desde la oposición, los discutiéramos, formuláramos alternativas y ejerciéramos el derecho a la opinión crítica.

En una reciente entrevista realizada a un líder opositor, éste apuntó, con mucho acierto, que lo que mantiene desunida a la oposición es la falta de derechos. Verdaderamente, en muchos sentidos la oposición sí está unida. La necesidad de cambios para Cuba, la demanda de libertad para los presos políticos, el respeto a los derechos humanos, la necesidad de un clima de estabilidad y paz, entre otros aspectos, conforman el reclamo de casi todos los sectores de la oposición, más allá de sus tendencias ideológicas.

Estados Unidos y la gradualidad del cambio

En un orden más específico, las divisiones de la oposición —con independencia de los puntos comunes a algunos proyectos— se manifiestan en dos aspectos fundamentales: uno está determinado por las opiniones y posturas de ciertos grupos en relación con la política norteamericana hacia Cuba; y el otro, por la viabilidad que ofrecen los proyectos de cambio al interior del país, y la gradualidad con que deben aplicarse. Ninguno de estos aspectos resulta baladí, y las pasiones extremas tienden a obliterar cualquier posibilidad de consenso entre las partes.

El primero resulta insoslayable de cara a los cambios que se avecinan, toda vez que las anormales y tensas relaciones entre La Habana y Washington han sido protagonistas en el discurso oficial cubano durante casi medio siglo, han permeado todo el panorama político nacional y han coadyuvado a perpetuar en el poder al régimen.

A la vez, este sustento sirve al gobierno cubano para demonizar a los opositores e incluir en el mismo saco, bajo el rótulo de "traidores", tanto a los más cercanos a la Oficina de Intereses de EE UU en La Habana, como a los que no tienen ningún vínculo con ésta ni con los planes ideados para la Isla por el gobierno estadounidense.

Así, mientras algunos grupos aprueban complacidos las "soluciones" que se refrendan por una política a todas luces de injerencia e irrespetuosa, otros apuestan por programas que refuerzan la soberanía nacional como elemento irrenunciable y base de cualquier transición en Cuba.

El tema de la viabilidad de algunas propuestas, por ejemplo, las que aspiran a transformaciones económicas, al establecimiento de una nueva Constitución o la celebración de elecciones, requiere de un análisis más profundo y objetivo de la realidad. Que se necesitan todas estas cuestiones, es innegable; pero también que los cambios han de ser graduales.

Posiblemente, es más viable la introducción de reformas que reanimen la economía interna y otorguen participación a los ciudadanos para, paulatinamente, ganar espacios de intervención cívica. Lo primero que necesita la población es independizarse del control absoluto que ejerce el Estado, del falso paternalismo que crea la ilusión de protección y seguridad social que, pese a haber perdido credibilidad en los últimos años, todavía ata e inmoviliza a la población.

La sujeción del ciudadano a las "dádivas" del socialismo de Estado es una de las cartas de triunfo del régimen y ha llevado a la nación a la situación de pobreza generalizada que hoy exhibe.

Las transformaciones que necesita la Constitución son harina de otro costal. Una Constitución no es un programa, es el reflejo de los avances alcanzados por una sociedad determinada, refrendados en leyes. Resulta contradictorio que, por un lado, la opinión pública se cuestione el tema de la "unidad" de la disidencia cubana, mientras por otro, algunos apoyan la propuesta de lanzar una nueva Constitución en una Cuba donde la gente ha perdido las más elementales nociones de lo que es el derecho. ¿Hay algo que recabe más unión y consenso que una Constitución?

Si hasta hoy la oposición no ha logrado una concertación capaz de sentarse a dialogar sobre sus coincidencias y disensos, ¿estaremos en estos momentos en condiciones de fundar una Asamblea Constituyente capaz de refrendar los derechos y aspiraciones de todos los cubanos? Porque lo que sí resulta inaceptable es que un sector de la oposición ponga delante de cualquier cubano una Constitución, ya redactada y completa, para que el individuo se limite a sancionarla con su voto a favor, sólo por el hecho de que el país necesita cambios.

Eso equivaldría a sustituir un paternalismo por otro. Pese a la necesidad de refundar la nación, este es un proceso, no un acto; y por tanto, requiere de un período más prolongado que el que precisan los cambios económicos.

En un caso similar se encuentra el tema de las elecciones. Sólo cuando se recuperen los espacios de libertades cívicas, cuando la población tenga acceso a la información, cuando se legalicen las alternativas políticas que hoy se mueven en Cuba en el peligroso limbo de la trasgresión y se puedan divulgar ampliamente sus programas, los cubanos tendrán la opción de elegir, sin que ese ejercicio responda a un reflejo de inercia, disimulo o simple simpatía por algún político más o menos carismático. Demasiado daño han hecho ya los engañosos carismas y la falta de cultura cívica.

Maldito dinero

Es casi absurdo considerar lo tocante al financiamiento de los opositores, que tan sugestivo resulta a La Habana. Sólo algunas preguntas y breves comentarios al respecto: ¿alguna vez el régimen ha rendido cuentas por las fuentes de financiamiento que apoyaron al movimiento que derrocó a Fulgencio Batista? ¿Acaso no recibieron entonces apoyo financiero del exterior?

Todos, absolutamente todos los opositores de todos los tiempos, han recabado el apoyo económico, no sólo de sus nacionales en el exilio, o de los simpatizantes extranjeros, sino también de muchas instituciones y organizaciones sociales, y hasta de muchos gobiernos. ¿Qué factores y quiénes son los sujetos que determinan la legitimidad o no de una fuente de recursos?

No tengo la intención de mostrar simpatía por los 80 millones aprobados por el gobierno de Estados Unidos para "acelerar la democratización de Cuba", pero me cuestiono la legitimidad de los petrodólares con que el gobernante venezolano mantiene hoy, de manera artificial, la vida de esta entelequia que llaman "Revolución cubana"; como la mantenía antaño la difunta hermana Unión Soviética, por sólo citar dos ejemplos.

Un gobierno que se sostiene mendigando sobre la base de una mal entendida solidaridad y exprimiendo a sus nacionales, incluidos los cubanos que desde el exterior apoyan con sus recursos a sus familiares de la Isla y que son inescrupulosamente multados con un 20% de gravamen so pretexto de un mentido incremento del valor de la moneda cubana; un gobierno que niega la posibilidad de trabajar a quienes se atreven a disentir, salvo casos excepcionales, no tiene derecho a cuestionarse las fuentes de financiamiento de los opositores.

¿De qué se supone viven los disidentes? ¿Cómo se podría hacer política sin recursos mínimos para sostenerse? Justamente por esta causa, el gobierno ha mantenido siempre al pueblo en el límite de la indigencia. Quienes están perennemente ocupados en la supervivencia, no tienen tiempo ni disposición para hacer política.

Los opositores no tienen acceso al "mercado del trabajo", con independencia de sus capacidades y calificación. Un opositor es una suerte de excomulgado que, no obstante, al recibir algún financiamiento, contribuye indirectamente al sostenimiento de las arcas del régimen, puesto que también lo que recibe desde el extranjero sufre el gravamen que permite al gobierno escamotear "legalmente" una parte significativa de esas contribuciones. Sin contar el hecho de que es dentro de Cuba donde se gastan esos fondos, cerrándose así un ciclo que, se quiera o no, acaba por beneficiar también al gobierno.

Así pues, ¿de qué se quejan? Más les valdría ser discretos y continuar recogiendo silenciosamente su parte, en tanto las circunstancias lo permitan.

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