Opinión
El muro del exilio
¿Qué culpa tienen de la permanencia de Castro en el poder quienes se benefician con las veinte mil visas? ¿Por qué negarles un derecho que otros ejercieron?
Alguien en Miami por fin ha encontrado la clave para acabar con el régimen de Fidel Castro: suprimir las veinte mil visas que cada año entrega el gobierno norteamericano a los cubanos. Por eso, la noticia de la nueva crisis entre la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana y el gobierno instalado en la Plaza de la Revolución lo llena de entusiasmo.
Si se cierra esta oficina consular, los habitantes de la Isla tendrán de nuevo que recurrir a terceros países, costosos trámites y largas esperas para poder reunirse con sus familiares en Estados Unidos, a no ser que decidan lanzarse al mar en una balsa o paguen los servicios de un contrabandista. Piensan estos "líderes del exilio" que llegó la hora de poner freno a otras alternativas: o acaban con Castro o la pasan bien difícil para irse.
¿Qué culpa tienen de la permanencia de Castro en el poder quienes se benefician con las veinte mil visas anuales? ¿Qué responsabilidad mayor puede caer sobre sus hombros, por encima de los reproches discutidos una y otra vez entre los miembros del exilio, cansados ya de inculparse mutuamente por el triunfo revolucionario?
¿Son más responsables que los auténticos, ortodoxos, batistianos y revolucionarios de la primera, segunda, tercera y cuarta generación? ¿Hicieron algo peor que los que no hicieron nada? ¿Cuál es su "pecado original"?
Inmoral, injusto y disparatado
Algún motivo contundente debe existir para que aquí en Miami algunos quieran que los futuros inmigrantes se queden en Cuba y resuelvan lo que no han podido o querido resolver tantos y tantos que vivimos exiliados desde hace más o menos años.
Si se les preguntara si buscan un éxodo desesperado, miles de compatriotas sometidos a la injusticia de la medida de "pies secos/pies mojados" y el panorama de cadáveres flotando sobre las aguas, responderían inmediatamente que no. Castro es el responsable de que tantos quieran irse. Es cierto. Pero ese mismo Castro estaba en el poder cuando ellos se fueron. ¿Por qué negarles a los demás un derecho que ellos ejercieron?
Alentar desde afuera esta negativa a que otros abandonen el país es inmoral e injusto, pero también disparatado. De una forma o de otra, Castro ha logrado que Cuba nos abandone a todos. Y no se le puede negar a un ciudadano común y corriente que vive en la Isla el derecho de intentar recobrar sino la patria al menos la vida en el exilio.
Para entender los intereses que se mueven detrás de esta intención de cerrar puertas en Miami, no hay que olvidar su lugar de origen. Esta es la ciudad de los "anticomunistas de posición vertical" y de los "combatientes de línea dura", quienes desde que amanece salen a la calle dispuestos a inventar cualquier combate que les sirva para justificar su papel de guardianes ideológicos del exilio —desde una remesa familiar a un libro infantil.
No importa que las energías se gasten en campañas ridículas. Lo importante es encontrar un pretexto que les permita seguir evadiendo el enfrentarse con la realidad cubana. La clave que explica este comportamiento es la desesperación por aferrarse a un mundo que sobrevive en las mentes de unos seres que con el paso del tiempo se han vuelto ajenos al país de donde salieron y han terminado por inventarse uno propio.
En momentos en que Castro cierra cada vez más la Isla al mundo, algunos aquí quieren contribuir a ese cierre. En lugar de denunciar la política de La Habana —que levanta barreras, desprecia la ayuda europea y se aísla tras el petróleo que le envía Chávez—, en La Calle Ocho no quieren que vengan nuevos refugiados. El exilio está lleno hasta el tope. Se llegó al cupo. No cabe uno más.
¿Inmigrante yo?
Quienes abogan por el fin de las veinte mil visas son los mismos que quieren cerrar las fronteras de este país a la inmigración. Sólo que no nacieron en algún rancho de las praderas ni en las ciudades industriales ni en los campos de algodón. Tomaron un avión y aterrizaron aquí. Nadie les niega el recorrido, la espera y los sufrimientos que pasaron antes de venir. Pero si se olvidan de que son inmigrantes, ¿por qué no se olvidan también de que fueron cubanos y se buscan otro negocio?
Algunos explican su rechazo a los nuevos inmigrantes con descripciones de años de separación familiar, sacrificios e injusticias. Es un sentimiento vengativo, pero no deja de tener una justificación emocional. La carga de mezquindad que los mueve lleva también la marca de la derrota: es evidente que quieren un castigo similar para los otros y no esperan que el fin del castrismo esté cercano.
Sin embargo, para los promotores de la idea no está en juego sentimiento alguno. Su fin es más ruin: poner en práctica una campaña política que contribuya a ocultar su ineficacia y les permita continuar ejerciendo el poder. Son unos demagogos iguales que los miembros del régimen castrista, que llaman a la honestidad y el sacrificio mientras disfrutan de sus privilegios.
Nunca como ahora el enfrentamiento entre Washington y La Habana ha estado tan de cara a Miami. Esto garantiza que se pierda en gestos estériles, retórica de micrófonos y medidas injustas e inútiles.
¿Alguien puede probar lo contrario, tras casi dos años de las restricciones a las remesas y los viajes a la Isla? ¿Dónde están los datos de que éstas han afectado a la tiranía, contribuido a disminuir la represión y perjudicado económicamente al régimen, como se argumentó en su momento?
No basta con la construcción de un muro en la frontera sur de Estados Unidos, no es suficiente el aislamiento y la centralización que impulsa en la Isla el gobernante cubano: algunos exiliados en Miami quieren su propia valla, y para lograrlo se han propuesto destruir la esperanza que representan veinte mil visas.
© cubaencuentro
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