Opinión
'Exitoso' modelo fracasado
Los cubanos pagan un alto precio por la negativa oficial a liberalizar la economía, en un país donde la riqueza de los ciudadanos es ilegal.
Muchas veces nos preguntamos por qué si los cubanos son modelo de éxito y prosperidad profesional y económica en cualquier rincón del mundo —aun enfrentando los más difíciles obstáculos y dificultades—, la Isla vive una larga saga de fracasos, estancamientos y retrocesos que la han convertido en ejemplo de debilidad material y crisis vivencial para la mayoría de sus ciudadanos, donde el mayor referente de prosperidad es abandonar la nación.
En una ocasión, un amigo se alarmó ante la noticia de que el gobierno cubano había firmado un convenio de asesoría y colaboración en la rama agrícola con un "hermano" país africano. La razón lógica de su inquietud era que si la agricultura en Cuba era un verdadero caos que obliga a sufrir la permanente pesadilla de la escasez y los precios inalcanzables, ¿cómo puede ayudarse a otros en el desarrollo de tan importante sector económico?
La explicación fue sencilla: el problema en Cuba no es técnico ni académico, es estructural y sistémico. Son precisamente las estructuras y el sistema vigente los que impiden que el reconocido talento y capacidades de los profesionales, especialistas y técnicos cubanos se concreten en el avance económico, social y personal que tanto se necesita. Es fácil de entender porque esas mismas personas logran éxito y renombre en otras latitudes, ya sea en proyectos personales o misiones oficiales.
La autoridad única e inapelable que por varias décadas rige los destinos del país fue construida a costa de cerrar los espacios al libre desenvolvimiento de los individuos, suprimir la sociedad civil y condenar a la atrofia e inmovilidad a los poderes intermedios, locales y sectoriales —ministros, gobernadores, alcaldes, directores y gerentes carecen de la capacidad de decisión, la independencia institucional y los recursos que necesitan para cumplir su cometido— para lograr decidir todo, y por todos, sin asumir responsabilidades.
El verdadero objetivo
En los inicios mismos de la revolución, el alto liderazgo aseguró que por fin se alcanzaría el tan anhelado equilibrio pleno entre las libertades individuales, la soberanía nacional, el desarrollo económico sostenido —con la consiguiente prosperidad equitativamente compartida— y la justicia social; pero la historia parece haber demostrado que el verdadero objetivo era el establecimiento de un poder tan eterno como absoluto.
A todas luces, ambos cometidos son plenamente incompatibles, puesto que para alcanzar las más altas cotas de desarrollo económico, social y cultural, en una nación occidental como lo es Cuba, es irremisiblemente necesario garantizar la libertad y estimular la iniciativa, capacidades y ambiciones positivas de los ciudadanos.
Por otra parte, la hegemonía excluyente necesita anular al individuo y controlar todos los espacios de desenvolvimiento social y económico. De hecho, ese alto liderazgo ha logrado mantenerse en el poder por casi medio siglo a costa del desquiciamiento material y espiritual de una nación que se debate entre la intolerancia irresponsable de los gobernantes y la creciente desesperanza de los gobernados.
Varias grandes oportunidades ha tenido el gobierno cubano para concretar el tan esperado equilibrio entre prosperidad material y bienestar generalizado. Al triunfar la revolución en 1959, Cuba contaba con enorme estabilidad y potencialidad económica y el poder naciente con el respaldo mayoritario de la ciudadanía. Los cuantiosos montos financieros que las sociedades de Hacendados y Ganaderos aportaron en 1959 a la reforma agraria son muestra inequívoca de las expectativas que tenían amplios sectores en el naciente proyecto sociopolítico; pero el alto liderazgo de la revolución prefirió la polarización político-ideológica, el despojo y la confrontación.
Durante la década de los sesenta, mientras se definía qué naciones marcarían la vanguardia del concierto económico mundial, los gobernantes cubanos se empeñaron en toda suerte de experimentos voluntaristas y fallidos que, junto a la liquidación de la más mínima iniciativa independiente, lastraron para siempre las relaciones económicas. Ni siquiera los cuantiosos subsidios soviéticos pudieron salvar la Isla de la "anarquía revolucionaria", el derroche y las costosas aventuras bélicas alrededor del mundo, en un país donde, por demás, no existen sujetos independientes con espacios y capacidad para la crítica o el cuestionamiento a la gestión o los designios del poder.
Remedo de capitalismo
La última década del pasado siglo encuentra a varios países tradicionalmente retrasados (China, Chile, India, Vietnam) en franca y sostenida expansión económica, y a Cuba sumida en la recesión de una economía seriamente descapitalizada y expuesta a vivir de las remesas de los siempre despreciados exiliados y de las migajas solidarias del siempre satanizado capitalismo.
Ni el tardío impulso a la industria turística, ni otorgar a los extranjeros espacios y derechos económicos —que se les niegan a los cubanos— para introducir un remedo de mediatizado capitalismo, ni la dolarización de la sociedad, pudieron salvar a la economía de un deterioro sostenido e irreversible que incluye el agotamiento y derrumbe de los sectores tradicionales.
Por muchos años las autoridades de la Isla han preferido "resolver" los acuciantes problemas económicos en la esfera de la circulación monetaria —arbitrarios e indiscriminados aumentos de precios y caprichosa manipulación de las paridades cambiarias— o a través de los vínculos externos —Unión Soviética, China, Venezuela y la controversial "compra sin venta" de productos agropecuarios a Estados Unidos—, sin dar impulso y garantías a la iniciativa ciudadana y fomentar un dinámico mercado interno.
Cabe preguntarse: ¿por qué si los avatares del destino obligaron a las autoridades cubanas a retomar mecanismos y resortes capitalistas de gestión económica, no son los nativos los primeros en participar del nuevo experimento?
Tal parece que para el alto liderazgo de la Isla los cubanos son capaces de llevar adelante exitosas campañas bélicas en las junglas y desiertos africanos, cortar árboles en la fría Siberia o enfrentar la desconocida y peligrosa Amazonia para curar a personas que nunca han visto un médico, pero ineptos para operar, con derecho e interés, una pequeña empresa en La Habana o en Manzanillo.
La historia más reciente muestra varios regímenes autoritarios, dictatoriales, incluso represivos (Franco en España, Pinochet en Chile, China, Vietnam), que intolerancia política aparte han impulsado el renacimiento y la prosperidad material de sus naciones garantizando a sus ciudadanos los espacios de desenvolvimiento y participación. La Habana parece debatirse en la encrucijada de propiciar el necesario despegue económico y su necesidad vital de negar a los cubanos los derechos y potestades que naturalmente les corresponden.
Desesperanza por decreto
Las autoridades de la Isla no sólo persisten en impedir la libertad empresarial y la liberalización de la fuerza de trabajo, sino que niegan o condicionan el acceso a varios de los elementos que definen el bienestar y la modernidad: la vivienda confortable, la recreación de excelencia, los automóviles, la telefonía celular e Internet están en Cuba reservados a los extranjeros o a una élite cada vez más reducida y distanciada de la sociedad.
La economía cubana y el futuro del país pagan un alto precio por la sostenida negativa oficial a liberalizar la economía, crear ese mercado interno y abrir los mercados de bienes de consumo y bienes de capital.
Los gobernantes cubanos parecen tener bien claro que una persona con patrimonio, con movilidad, comunicada e informada es una persona libre y mucho más difícil de manipular o coaccionar; por lo que a cuenta de mantener su dominio absoluto imponen a la sociedad el retraso, la desesperanza, la desvalorización y el escapismo.
Son varias y graves las manifestaciones y consecuencias de este inmovilismo inducido e interesado: la corrupción se generaliza como conducta predominante y lastra las referencias morales de la sociedad cubana. La estrechez y carencia material limitan de manera considerable las capacidades cívicas del pueblo cubano, la preocupación permanente por las cosas elementales y cotidianas impide a la generalidad de los ciudadanos pensar y sobre todo ocuparse de temas más esenciales y trascendentes.
Ni siquiera las personas que muy a pesar del sistema cuentan con apreciables recursos económicos se atreven a adoptar posiciones independientes y contestatarias, aun sintiéndose libres de la directa dependencia del Estado. En Cuba, la "riqueza" de los ciudadanos es ilegal y marginal, y por eso no genera autonomía y protagonismo cívico.
En Cuba, el trabajo y el talento han perdido su valor. El hecho de que los profesionales no cuentan aquí con espacios de ejercicio laboral independiente, con el reconocimiento social que merecen, ni con una remuneración acorde con su aporte a la sociedad, facilita al gobierno la posibilidad de enviar masivamente a especialistas y técnicos a los más diversos rincones del planeta, donde —en difíciles condiciones y a costa de enormes sacrificios— pueden obtener para sí y sus familiares los beneficios materiales con que no pueden siquiera soñar trabajando en Cuba.
El envío de enormes contingentes de profesionales, especialistas y técnicos de las más diversas ramas a países más o menos necesitados de tres continentes, reporta algunos considerables beneficios para los intereses del gobierno cubano. En primer lugar, apreciables recursos financieros. Por otra parte, con estas bien propagandizadas incursiones, pretende alcanzar la influencia política que finalmente no pudo lograr con varios años de exportación de la violencia revolucionaria.
Finalmente, las autoridades de la Isla parecen respirar tranquilas al saber que por mucho éxito y prestigio que signifique la labor de los profesionales y técnicos allende las fronteras, desde allí no podrán construir la independencia institucional y el protagonismo cívico tan necesarios para la sociedad y tan preocupantes para ese poder total con vocación de eternidad.
Una terrible encrucijada
Cuba hoy vive una encrucijada terrible. Los líderes incombustibles del agotado modelo saben que no abrir la economía profundizará la crisis hasta límites destructivos, pero que abrirla significará la pérdida irremediable de sus dominios y controles. La incapacidad tantas veces demostrada del sistema de generar riqueza y prosperidad, dimanada del pecado original del sistema de centralismo estatista, con su invariable hipertrofia burocrática, ineficiencia, improductividad, retraso tecnológico, falta de estímulo, con el consiguiente desinterés de los trabajadores y extendida corrupción, se une hoy a la necesidad de impedir, a toda costa, que el ciudadano se convierta en sujeto económico y, por inducción lógica, en un ente político alternativo y beligerante.
De momento, el alto liderazgo revolucionario va logrando lo que ha sido a todas luces su objetivo capital: perpetuarse en el poder, pero al alto precio de traicionar sus promesas originales y las esperanzas de todo un pueblo. Ese poder se ha mantenido hasta ahora absoluto e interminable, sólo a costa de disolver el prestigio y la credibilidad que una vez tuvieron sus beneficiarios, a costa de caotizar el presente e hipotecar el futuro de la nación que juraron liberar y enaltecer.
© cubaencuentro
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