Opinión
La escritura y el reino
Una lectura literaria de la realidad: ¿Retornará Cuba a la situación anterior al 31 de julio de 2006?
Cuando Fidel Castro levanta en el aire una máquina de escribir, para luego hacerla pedazos contra el suelo durante 'El Bogotazo', sella su destino como escritor.
Nunca podrá llevar a cabo una obra literaria, los versos quedarán en los cajones, la autobiografía sin comenzar, las memorias habrá que buscarlas en miles de discursos y entrevistas y al final sólo se podrán rescatar algunos párrafos. Pero la idea literaria sigue persiguiéndole siempre, sueña con reencarnar como escritor y no se resigna al destino más vulgar de líder continental y gobernante perpetuo.
Aunque se vanagloria de su historial y del récord de permanecer en el poder por más años que ningún gobernante —sólo superado por la reina Isabel II, apenas una figura decorativa para el turismo y la prensa sensacionalista británica—, aspira a una trascendencia mayor. De joven fanfarronea con la idea de que la historia lo absolverá; al final sabe que el veredicto no es tan fácil y organiza su derrota, con la esperanza de alcanzar un nuevo triunfo.
El 17 de noviembre de 2005, en el acto por el aniversario 60 de su ingreso en la Universidad de La Habana, hace pública su duda: "¿Creen ustedes que este proceso revolucionario, socialista, puede o no derrumbarse?". Luego su principal temor: "la Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos [Estados Unidos]; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra".
Ese temor lo obsesiona y día y noche elabora un libreto para exorcizar la idea. Ahora estamos asistiendo al clímax de una obra teatral que se viene desarrollando desde hace meses.
Vistos retrospectivamente, todos los acontecimientos encajan y marchan hacia este resultado. La obra aún no tiene un final. Su autor no lo ha escrito y se detiene ante los posibles resultados, pero no son pocas las páginas de los actos que se acumulan escenas tras escenas.
Un drama masculino
De pronto la sucesión se convierte en un tema que se ventila en discursos y artículos de prensa. Un tema ignorado o prohibido hasta el momento adquiere una relevancia absoluta, intervienen actores secundarios y entra en escena Raúl Castro como segunda figura. Un drama masculino, sin mujeres y con la acción concentrada en momentos claves.
El toque dramático llega con el viaje a Argentina. El esfuerzo de trasladarse a un país distante para la firma de un acuerdo que sólo consolida otros anteriores, el afán de aparecer en un pequeño balcón cuando los otros mandatarios y sus escoltas huyen de los periodistas, el intercambio con el periodista de Miami como un pequeño alivio cómico —un momento de farsa que relaja al espectador y al mismo tiempo lo torna desprevenido para lo que se avecina—, los actos públicos en un país distante que sólo aspiran a demostrar que el gobernante se encuentra, si no en pleno uso de sus facultades, al menos resuelto y combativo.
El regreso a Cuba y dos actos agotadores, con discursos de varias horas, el 26 de julio, confirman la impresión de que hay Castro para rato. A estas alturas, el golpe de una operación de emergencia, su desaparición pública y la de su hermano —el anciano delfín— sorprende a todos; incluso la Casa Blanca admite la sorpresa y se ve obligada a confesar su falta de información.
Al golpe de efecto se une la naturaleza del mal. El gobernante invencible, el hombre que acaba de regresar de una visita a la casa donde creció Ernesto Che Guevara, el guerrillero "eterno", se ve de pronto reducido por un mal que lo reduce a su condición humana más humilde: sangramiento intestinal. La metáfora de un destino demasiado humano. Tras un esfuerzo heroico, que el protagonista se encarga de destacar en la ya célebre Proclama, un enfrentamiento con la realidad más baja.
La mezcla de escatología y heroísmo de la trama no escapa a los significados medievales. La sucesión se establece según lo acordado por el texto constitucional, pero reafirmando la voluntad del mandatario por encima de los poderes que él mismo ha establecido, dejando en claro que a las instituciones que ha creado sólo les queda la opción de acatar sus destinos.
Demasiado literatura
Toda esta elaboración, que sólo ahora es posible contemplar a la distancia, guarda demasiada similitud con una obra de Shakespeare, con el afán de Hemingway por leer sus "obituarios" tras dos accidentes aéreos en África. Hay demasiado de literatura para no sospechar de la existencia de un montaje.
Tanta obstinación en vencer la decadencia inevitable de la edad no escapa a que se haga evidente el mecanismo para intentar derrotar al tiempo. La fecha del cumpleaños, que algunos adulones se empecinan en celebrar, queda de pronto abolida. ¿Qué interés puede tener Castro en que le recuerden una y otra vez que cumple 80 años, que ya es un anciano y que este hecho es irrebatible e irreversible?
La única solución es abolir el cumpleaños y convertirlo en efemérides. Transformar ese ajuste de cuentas anual que nos ocurre a todos en una ocasión para celebrar el nacimiento de un mito. El 2 de diciembre, "Día de las Fuerzas Armadas Revolucionarias" —fecha de la reanudación de la epopeya que lo llevara al poder— resulta un momento más tolerable que cualquier señal de que se le acorta cada vez más el tiempo.
Destino personal y destino revolucionario unidos en una misma figura, como siempre ha pretendido. La angustia de morir fundida con el temor de que la revolución pueda ser destruida. Anticiparse a esa destrucción, abolir el destino con el paso audaz de echarse a un lado, pero sólo provisionalmente, para poder contemplar la reacción de los otros.
¿Padecimiento real o fingido? ¿Grave o leve? Estas interrogantes no pueden ser contestadas de momento. Quizá se sepan dentro de poco. A lo mejor antes de terminar este trabajo, o de que salga publicado, o luego de que pasen horas o días después de impreso. A lo mejor transcurrirá mucho tiempo sin que se conozca realmente lo que ha ocurrido. Queda la inquietud de que la verdad llegue a saberse algún día.
En resumidas cuentas, hasta el momento la situación ha sido manejada con tal astucia que cualquier desenlace que se conozca en un futuro cercano no compromete directamente a Fidel Castro o a su hermano. Sólo Ricardo Alarcón se está jugando su prestigio (es un decir), pero los portavoces presidenciales siempre han estado condenados a este triste destino.
Ficción y realidad
Arriesgando conjeturas, es posible que el gobernante aparezca de nuevo, que a partir de ahora transforme su función para seguir siendo él mismo. La vieja tradición del "hombre fuerte" en la escena política cubana no le es ajena, pese a su carácter revolucionario. Delegar en otros la presidencia y quedarse sólo en su cargo del Partido o asumiendo el rol de "padre fundador" o "héroe nacional" son posibilidades reales pero demasiado hipotéticas para apostar por ellas ahora. Por lo pronto sólo cabe esperar.
Si hemos asistido a la puesta en escena de la obra nacional perfecta, hasta ahora no se puede negar que ha sido un "éxito de público, actores y especialmente del autor": la administración norteamericana y el exilio de Miami han actuado con la torpeza predecible, desempeñando el papel de "claque" que aplaude, ríe y llora en los momentos señalados por el director.
Alentar a una sublevación militar o civil, hacer un llamado a manifestaciones de protesta y enfatizar el interés en un aumento de las transmisiones de Radio y TV Martí a la Isla no sirven más que de pretexto para justificar e intensificar la represión en Cuba. Sólo la actitud de cautela de la disidencia ha sido una señal alentadora.
Puede afirmarse que Cuba no volverá a ser la misma de antes del 31 de julio de 2006. Queda latente la interrogante de hasta dónde intervino el destino y cuán lejos llegó la voluntad de Castro. Al final, todo lo anterior no es más que la pretensión de hacer una lectura casi literaria de los acontecimientos, pero en muchas ocasiones la ficción es la forma más adecuada de interpretar la realidad.
© cubaencuentro
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